La universidad vende carreras a trozos para obligarte a pagar un máster
Echemos la vista atrás un momento. Hubo una época en la que la universidad expedía títulos que la gente normal entendía. Eras Licenciado en Historia, en Derecho, en Química, en Filología o, en mi caso, Ingeniero Agrónomo. Salías de allí con una base sólida, un equipaje intelectual potente y los cimientos bien puestos para adaptarte a lo que el mercado laboral te echara encima. Pero llegó el Plan Bolonia, los despachos descubrieron el negocio de trocear el saber y convertimos las facultades en tiendas de recuerdos con microtitulaciones de escaparate.
Hoy, el catálogo de grados universitarios y másteres da vergüenza ajena. Parece el menú de Netflix o HBO. Hemos sustituido el conocimiento generalista y profundo por una hiperespecialización ridícula que caduca antes de que al alumno le llegue el título impreso a casa.
Darse una vuelta por la oferta de las universidades públicas -y ya ni hablemos del festival de las privadas- es para echarse a llorar. Ya no se estudia Administración de Empresas a secas, ni tampoco Biología; ahora te encasquetan un grado en Gestión de la Sostenibilidad, Transformación Digital y Medioambiente o te venden uno superespecializado titulado grado en Biología Ambiental. Lo sé, también sucede en FP donde, en los últimos tiempos, han aparecido títulos de especialización que, lo único que hacen es aumentar los títulos hasta el infinito y más allá.
Es una estafa intelectual como una catedral. Le hacen creer a un chaval de 18 años que por elegir un nicho ultraespecífico va a ser el rey del mambo, cuando lo que están haciendo es capar su flexibilidad mental. Le enseñan a usar la herramienta concreta de este año, ignorando que dentro de dos esa tecnología estará obsoleta. Al fragmentar las asignaturas, dejamos al alumno sin cimientos. Le vendemos el tejado antes de haber puesto el primer ladrillo.
La jugada maestra de los rectorados, gracias a un plan maestro para toda Europa denominado Bolonia, fue recortar la inmensa mayoría de carreras a cuatro años (los famosos grados) con la única intención de vaciarlas de contenido y obligar al alumno a pasar por caja un quinto o sexto año con un máster. El Grado se ha convertido en el nuevo Bachillerato. Estamos dando, en demasiadas ocasiones, un papel mojado que no te acredita para casi nada en el mundo real. Si quieres ser alguien, tienes que pagar el impuesto revolucionario del máster de turno.
Hemos convertido la educación superior en una estafa piramidal donde el conocimiento se vende en porciones de saldo. Un estudiante termina pagando una pasta indecente para que en un postgrado le den la profundidad y el rigor que antes se exigía en tercero de Licenciatura. Es un sacacuartos institucionalizado para mantener vivos departamentos universitarios enteros que de otro modo estarían vacíos. No hemos de olvidarnos tampoco de la gran cantidad de docentes que se han contratado. Después de Bolonia, ha aumentado la plantilla de profesorado de la universidad pública, con una reducción aproximada de medio millón de estudiantes en sus universidades, un 10%. Lo sé. No deja de ser paradigmático. Antes de que se me olvide… el incremento de personal ha venido especialmente por un aumento de la figura de profesor asociado y ayudante doctor.
Permitidme un inciso. No quiero olvidarme en este artículo del cerca de medio millón de alumnos que están matriculados actualmente en algún máster. Másteres que, curiosamente, salen a precio por crédito mucho más caros que los créditos de grado. Los datos para la pública son unos 15 a 20 euros por crédito ECTS en primera matrícula en grado y de unos 30 euros por crédito en másteres no habilitantes (los habilitantes serían el máster de secundaria, el de abogacía, psicología sanitaria, etc.). Insisto. Estoy hablando de la pública. En la privada los precios están por las nubes aunque no hemos de olvidar que, en el caso de la pública, los créditos están subvencionados en gran medida por la administración y que el alumnado solo paga, aproximadamente, un 20% del coste real de su matrícula. Lo que implica que un estudio de grado sin subvencionar en la pública costaría entre 6000 y 9000 euros por alumno y año.
El resultado de este delirio es la creación de profesionales hiperespecializados que sufren una invalidez cultural alarmante. Tienes graduados que manejan un software específico de análisis de datos logísticos pero que son incapaces de redactar un correo sin cometer faltas de ortografía de primaria. Tecnólogos que pretenden programar algoritmos sin haber leído una sola línea de lógica o filosofía en su vida.
Al cargarnos el enfoque generalista, hemos destruido la capacidad de conectar ideas y de tener una visión de conjunto. Hemos sustituido a las mentes amuebladas por operarios de alta gama que no saben mirar más allá de su pantalla.
Tengo una propuesta. Sí, siempre hago propuestas aunque, en este caso, creo que nadie, por los intereses creados, se atreverá a hacerlo. Mi propuesta sería podar el sistema universitario, volver a las licenciaturas y no permitir la existencia de un número infinito de plazas homologadas, mejorando los organismos de verificación de calidad (que funcionan como funcionan). Esta propuesta consistiría en dos fases: una primera que sería fusionar los grados Frankenstein, volviendo a carreras troncales, potentes y generalistas, con menos nombres comerciales y más asignaturas de las de verdad y convertir el máster en una excepción. El título universitario de base tiene que ser autosuficiente para salir a buscarse la vida con garantías. El máster debe volver a ser una especialización real para la investigación o sectores ultraespecíficos, no una prórroga forzosa para que los decanatos cuadren sus balances.
Una Licenciatura generalista sólida te daba los fundamentos para aprender cualquier especialidad en tres meses de trabajo real en una empresa. Un graduado hiperespecializado sin base no puede recuperar los años de cultura, lógica y fundamentos que el sistema le robó para poder hacer una foto bonita en el folleto promocional de la facultad. No todas las decisiones educativas deberían estar basadas en la obtención de beneficios. Algo que no excluye tener en cuenta cuánto cuesta cada medida que se aplica y mantener una eficiencia del sistema educativo (tanto en etapas postobligatorias como obligatorias).
Lo sé y no hace falta que me lo digáis… con lo que estoy escribiendo últimamente me estoy llevando collejas por doquier. Pero, a partir de una cierta edad, eso cada vez me importa menos. Menos todavía cuando mi único interés con lo que estoy escribiendo o proponiendo es para mejorar las cosas. Eso sí, como siempre digo, puedo estar equivocado.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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Inmejorable reflexión. Estoy acabando mi curso nº 37 en la enseñanza secundaria pública. Tengo, por tanto, perspectiva y he visto y veo el deterioro sin que se ponga freno porque no se quiere mirar de frente la sarta de equivocaciones y tropelías cometidas desde principios de los años 90.
Gracias, Jordi, porque al leer tus reflexiones no me siento un «alien trasnochado».
En la mayoría de países europeos, el Grado es de 3 años. Y hay países, Alemania p.ej donde el Master es gratuito. Incluso los hay, Alemania, Austria.. que pagan, y muy bien para hacer el doctorado en condiciones de cierta estabilidad. Lo de hacer un Grado de 4 y un mierdimaster de 1 año ( no hay tiempo para profundizar de verdad en una especialidad concreta) y además pagarlo a precio de oro, fue algo específico de nuestro sistema propio. En efecto, fue para cuadrar balances de universidades, por el tijeretazo de la financiación post-crisis.