El debate educativo actual apesta a inteligencia artificial
A estas alturas de la película, confieso que me cuesta horriblemente leer la prensa digital, repasar X, Facebook, Instagram o, simplemente, algún artículo que alguien escribe en su blog educativo (en los pocos que quedan) sin que se me active un resorte automático en la cabeza. Es un tic defensivo. Una especie de sospecha permanente que nos hemos visto obligados a desarrollar en los últimos tiempos para que no nos la cuelen. Me estoy refiriendo a la sospecha de si esto que tengo delante es la reflexión de un tipo que alguna vez ha pisado barro o sabe de lo suyo o, simplemente se trata de un algoritmo metiendo paja pedagógica más o menos plausible.
Hemos inundado la red de textos clónicos, asépticos, perfectos y ridículamente correctos. El debate público ha sido colonizado por una neolengua de silicio que no huele a aula, no sabe a trinchera y, sobre todo, no molesta a nadie en ninguno de esos despachos en los que, en los días buenos, se gestionan muchas cosas. Y en medio de ese desierto de ceros y unos, cuando alguien levanta la voz con un poco de nervio, la paranoia colectiva a falta en ocasiones de argumentos, salta de inmediato con el dedito acusador.
Sé perfectamente lo que dicen algunos. Sé que de un tiempo a esta parte, cuando un artículo se lee con claridad y el hilo de X sale rápido, algún iluminado murmura entre dientes… «ahí hay truco, a este se lo escribe todo una máquina».
La realidad de mis artículos es bastante más mundana y mucho más analógica. Este blog va camino de cumplir las dos décadas de vida. Dos décadas. Eso significa que llevo casi veinte años tecleando en la misma mesa (bueno, no siempre ha sido la misma), analizando leyes educativas que solo cambian de siglas para ocultar los mismos fracasos de siempre, intentando aprender algo sobre mi profesión consciente de lo mucho que me queda por descubrir, opinando sin esconderme, con nombre y apellidos, de lo que creo debe opinarse y escuchando las mismas milongas de los gurús de moqueta. Y también, como no podría ser de otra manera, viendo la degradación humana de algunos en las redes sociales ante cualquiera que piense diferente de ellos o, simplemente, para satisfacer su ideología inamovible.
Cuando llevas media vida en esto, contando más de veinte años de aula con grupos variopintos y casi seis en la zona gris (de la que hablaré con calma en un futuro) con dos gobiernos de signo político contrario, no necesitas un prompt ni un asistente de inteligencia artificial para parir un texto al momento. Tardo muy poco en escribir un artículo porque el texto me sale del tirón, de memoria, impulsado por la pura frustración de ver cómo se degrada el sistema. Escribo rápido porque escribo con rabia acumulada o intentando trasladar algunas reflexiones que se me pasan por la cabeza y que, en el momento en que abro este blog, me aparecen con un flash. No escribo con un manual de instrucciones. Mi teclado tiene las letras borradas por el desgaste real de mis dedos, no por un filtro estético. Y también, aunque quede mal, voy a deciros que el teclado está un poco guarrete.
Si tengo que ser honesto y confesar dónde está el truco artificial en toda esta historia, es en el envoltorio, jamás en la sustancia. A mí lo que me gusta y lo que intento perpetrar, de forma más o menos coherente, es el dato, el argumento y el debate en los comentarios. El diseño gráfico y la estética web, francamente, me la traen sin cuidado. Me dan una pereza soberana.
Por eso, cuando termino de vomitar el texto y necesito vestirlo para que quede un poco bonito, recurro al pragmatismo más vago. Abro herramientas de imágenes libres -mi preferida es Pixabay- y pillo lo primero que rime con el titular o con alguna cosa que aparezca en el artículo. Y sí, lo reconozco sin anestesia, últimamente tres cuartas partes de los catálogos de esas webs están saturadas de ilustraciones generadas por IA. Las selecciono en dos clics, las subo y a otra cosa. Mi contenido es de carne y hueso. La foto de portada es un simple peaje para poder seguir haciendo lo que me gusta… escribir.
No voy a ponerme a grabar un vídeo tecleando en directo ni voy a pasar mis opiniones por esos detectores de IA de chichinabo que fallan más que una escopeta de feria. Me da exactamente igual la etiqueta que me quieran colgar los inquisidores del pedigrí analógico. Si a algún mediocre le reconforta pensar que detrás de mis críticas al colapso de las ratios, al fraude de la burocracia o a la farsa de las notas infladas hay un software avanzado, adelante. Cómprate esa dosis de consuelo. Es una reacción muy humana. Siempre será más fácil asumir que compites contra un programa informático que aceptar que hay un docente real escribiendo desde las entrañas.
La verdadera tragedia de la sospecha permanente no es que los robots hayan aprendido a simular la inteligencia; es que las personas que gestionan y opinan sobre la educación han empezado a escribir de forma tan cobarde, predecible y automatizada que parecen máquinas de serie. Frente a esa epidemia, esta trinchera va a seguir oliendo a café, a tiza y a crudeza. Que piensen lo que quieran los que no se lo creen. No necesito justificarme. Al fin y al cabo, esto es algo que disfruto haciendo y sería un poco estúpido dejar que lo hiciera una IA porque entonces no disfrutaría nada.
¿Era necesario escribir este artículo? No, pero después de tener, desgraciadamente, otra noche de insomnio más, me ha surgido este tema mientras me estaba haciendo el primer café del día. Un tema del que creo que es importante hablar porque al final, ese estado mental de pensar que todo está hecho con IA, es un problema social. La sospecha permanente nunca es buena. Ni en esto, ni en nada.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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