2025: el año en el que la educación se acabó de convertir en un lodazal ideológico

Este es el último artículo de 2025. Y no, no es un balance amable. Es un resumen honesto de lo que ha sido la conversación educativa durante los últimos doce meses. Un ruido constante, una repetición infinita de debates y una escalada preocupante de insultos disfrazados de pensamiento crítico.

Si alguien pregunta de qué se ha hablado en educación este año, la respuesta es sencilla… de lo mismo de siempre, pero peor.

Las metodologías han vuelto a convertirse en identidades personales. La pedagogía ha sido tratada como una religión. La tecnología, como un enemigo o como un salvador, según el día. La inclusión, como palabra comodín para justificar cualquier cosa o para señalar a quien no repite el discurso correcto con suficiente entusiasmo.

Nada nuevo. Todo más tóxico.

El gran cambio de 2025 no ha sido el tema, sino el tono. El debate educativo ha terminado de caer en el lodazal. Ya no se discute para entender. Se discute para ganar. Para exhibirse. Para señalar. Para dejar claro quién está moralmente por encima del resto.

Y aquí conviene hablar sin rodeos. El insulto ha dejado de ser anecdótico. Se ha normalizado. Cada vez es más habitual leer desprecio explícito hacia quienes no comulgan ideológicamente con determinados marcos. No desacuerdo. Desprecio. Todo envuelto en un lenguaje supuestamente inclusivo, dialogante y progresista que se desmorona en cuanto aparece la discrepancia.

Siempre son los mismos. Las mismas cuentas. Los mismos colectivos. Las mismas voces que dicen defender la diversidad mientras no toleran que alguien piense diferente.

En 2025 se ha consolidado una idea peligrosa. La de que pensar distinto es sospechoso. Matizar es traicionar. Preguntar es atacar. Pedir evidencias es no entender nada. Y cambiar de opinión solo es aceptable cuando lo hace el grupo adecuado y sin hacer demasiado ruido.

Mientras tanto, las aulas han seguido funcionando. Con problemas reales. Con alumnado diverso. Con profesorado agotado. Con contextos complejos que no caben en un tuit ni se arreglan con consignas ni panfleto y sí con mucho trabajo desde muchos lugares. Pero de eso se ha hablado poco. No genera likes. No incendia timelines. No sirve para construir trincheras.

Las redes sociales han hecho el resto. Han premiado el exceso, la caricatura y la simplificación. Han convertido la educación en un espectáculo donde gana quien grita más fuerte y pierde quien intenta pensar despacio. Y muchos medios han entrado encantados en ese juego, amplificando polémicas estériles y dándole altavoz a quien mejor sabe embarrar el debate.

Así ha sido 2025 en educación. Mucho ruido, pocas ideas nuevas, y una sensación constante de estar discutiendo en círculos mientras todo lo importante sigue sin resolverse.

No escribo esto esperando que 2026 sea radicalmente distinto. En redes sociales y en artículos de opinión no espero milagros. El modelo funciona así. Premia el conflicto. Castiga el matiz. Y quien quiera visibilidad tendrá que seguir revolcándose en el barro.

Pero al menos queda dejar constancia. Decir que no todo vale. Que no todo desacuerdo es una amenaza. Y que convertir la educación en una guerra ideológica permanente no mejora absolutamente nada, aunque genere miles de interacciones.

Este es el último artículo de 2025. No es optimista. No pretende serlo.

A veces cerrar el año consiste simplemente en llamar a las cosas por su nombre y recordar que educar debería ir de algo más que de ganar discusiones en internet.

Nos leemos en 2026.

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Un comentario

  1. Creo que ni siquiera se generan miles de interacciones; se impone el hastío y el silencio en muchas cuentas que no desean ser objeto de una «shitstorm» por un comentario sacado de contexto o desafortunado, que todo puede ser.
    Algunos nos refugiamos en los blogs, otros emigran a IG (me he encontrado muchos docentes que han dejado X) y en general se impone el nivel bajo por mera supervivencia. Esa polarización nos lleva a negar el pan y la sal a los diferentes. Con el regocijo o la indiferencia de X, incapaz de regular nada.
    Un saludo y feliz año, Jordi.

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