El circo de agosto en el Diario Oficial… cuando la ideología cotiza al alza y el aula importa una mierda
Hay una tradición estival en Campanar, al igual que sucede en los lugares de gestión educativa en otras Comunidades, que no falla nunca. Me refiero a esperar a mediados de agosto, cuando el docente está desconectado en la playa y la comunidad educativa sintoniza la radio en modo vacaciones, para colar por el Diario Oficial de la Generalitat Valenciana (DOGV) la dosis correspondiente de burocracia infame, control ideológico y cortinas de humo institucional.
Da igual quién ocupe los despachos de la Conselleria de Educación. Cambia el color del logotipo, cambia la pancarta de la puerta y cambia el carnet del conseller de turno, pero la estrategia de fondo es trágica y matemáticamente idéntica. Lo ideológico frente a lo eficaz, lo cosmético frente a lo urgente y el debate estéril como escudo para tapar que la gestión real de los centros educativos les importa un soberano pimiento. O, en caso de importarles (que sé de buena tinta que importa a más de uno), se pospone por motivos variopintos y decisiones muy poco educativas que se priorizan.
Las normativas que asoman estos días en el DOGV vienen cargadas con el veneno de la paranoia y el populismo barato. En lugar de dotar a los centros de recursos o simplificar la gestión diaria, la Conselleria se descuelga con un paquete de ocurrencias diseñado a la medida de su parroquia de votantes (enlace al DOGV, donde se hallan en el capítulo VII). Unas medidas que van desde el refuerzo del papel de la inspección educativa para fiscalizar la ideología de los docentes, la creación de un canal de denuncias anónimas contra el profesorado, una guerra del menú escolar y resoluciones para vetar prendas que cubran el rostro en los centros educativos. Debates, como siempre, más ideológicos y para alimentar tertulias, que para solucionar los problemas reales de convivencia en los centros educativos. Y ojo, que hay medidas en las que se puede estar de acuerdo pero, ni son las formas (en agosto o la tipología del redactado), ni son las medidas más prioritarias a tomar.
Les chifla a todos controlar lo que se dice, cómo se dice y qué sesgo tiene cada coma que se pronuncia en la tarima, no vaya a ser que a algún docente se le ocurra pensar por su cuenta o salirse del dogma oficial del gobierno del momento.
Mientras gastan recursos públicos y horas de inspección en preservar relatos políticos y perseguir fantasmas, las cuestiones que de verdad sostienen la enseñanza naufragan en el olvido más absoluto. Ni está ni se espera un solo plan de choque serio para la comprensión lectora, ni una medida drástica para recuperar la exigencia, ni un gramo de sentido común para frenar la sangría de contenidos y el analfabetismo funcional rampante. Y, en cuanto a las infraestructuras de los centros, seguimos con colegios e institutos cayéndose a pedazos, barracones estructurales convertidos en paisaje urbano y una gestión de recursos donde nadie sabe muy bien en qué se ha gastado el dinero presupuestado para ventilación y climatización. Eso sí, para redactar resoluciones de control ideológico y dogmatismo burocrático siempre hay partida presupuestaria disponible.
Lo sangrante del asunto es comprobar cómo, con el horizonte electoral próximo, la Conselleria ha entrado en modo rodillo mediático. Necesitan carne fresca para alimentar a sus huestes en redes sociales y tertulias. Necesitan batallas culturales de trazo grueso para que la opinión pública se dé de hostias por asuntos menores, innecesarios o directamente inventados, mientras la realidad cotidiana de las aulas se desmorona a velocidad crucero.
Les da exactamente igual el chaval de segundo de la ESO no sepa redactar un párrafo sin faltas de ortografía. Les da igual la maestra que tiene que bregar con veinticinco niños sin apoyos para la inclusión real. El alumnado les interesa una mierda. Para la moqueta política, el alumno solo es un número con el que maquillar las estadísticas de éxito escolar falso, o una excusa de cartón piedra para jalear a su parroquia en el telediario de la noche.
Y que nadie en la oposición se ponga estupendo ni intente dar lecciones de moral, porque la memoria no se borra. Al menos no la mía.
Lo que estamos viendo ahora es la copia exacta, con distinto signo ideológico, de lo que hicieron los de antes. Unos venían a evangelizar con su catecismo pedagógico de colorines, su jerga de laboratorio y su apuesta, tanto económica como política, por gastar en dinero en cosas que los suyos les compraran. Los de ahora vienen a imponer su propia cruzada ideológica y su rodillo de control. Pero la jugada es la misma. Usar la educación como campo de batalla político, despreciando olímpicamente a los docentes que sostienen el sistema cada mañana, a las familias y, lo que es más importante, al alumnado.
Se acerca el inicio de curso y volveremos a lo mismo. Burocracia asfixiante, debates estériles en los periódicos sobre chorradas accesorias y el profesorado vendido a su suerte en un aula sin recursos.
Misma comedia, distinto apuntador. Y la educación, como de costumbre, pagando la fiesta de las elecciones.
Finalmente me gustaría insistir en lo que he dicho, de forma muy tangencial, en el artículo. No todo se está haciendo mal en los despachos, al igual que con los otros tampoco se hacía todo mal. El problema es que se dedica (estos y los de antes) mucho tiempo a chorradas ideológicas y muy poco tiempo a tomar medidas que, aunque no permitan que la ciudadanía, anestesiada por la ideología pueda exasperarse o darse golpes en el pecho en las redes sociales, podrían mejorar la educación.
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