En primer lugar centrémonos en la premisa fundamental acerca del objetivo de nuestro sistema educativo. Si todos tenemos claro que el objetivo fundamental del sistema educativo es que el alumnado aprenda y llegue a su máximo aprendizaje, creo que estaremos de acuerdo en que el tema de la inclusión no se está haciendo bien. Si el objetivo es otro, ya compro lo que queráis que compre del discurso oficial acerca del modelo de inclusión que se está realizando desde hace décadas en los centros educativos.

Están llegando tropocientos alumnos a los centros educativos procedentes de la guerra en Ucrania y, al igual que llevamos haciendo durante muchísimo tiempo, especialmente desde que somos tierra de acogida, estamos cometiendo el error de incorporar al alumnado en un determinado curso según su edad fisiológica. Da igual que uno no sepa leer ni escribir. Da igual que en su país de origen no haya estado escolarizado. Si es del 2008 lo metemos en segundo de ESO y chimpún. Ya tenemos otro alumno de cuerpo presente y mente ausente en clase. Otro mueble más que debe de padecer horrores al ver que, sin saber la lengua del país, se ve obligado a vegetar en un aula. Y, en ocasiones se hace la aberración de decir a los «más buenos» de la clase, de forma vergonzante porque no es su trabajo ni debería serlo, que se hagan cargo de ese alumnado que acaba de llegar. O se sacan horas debajo de las piedras para sacarlos alguna semana del aula y darles nociones básicas de idioma. Y, seguramente, hayan aprendido o no el idioma y tengan o no los mínimos adquiridos, pasarlos de curso en función de factores que poco tienen que ver con lo que saben.

Creo que todos los que trabajáis en un centro educativo de etapas obligatorias sabéis que la inclusión no funciona. Que tener varios niveles en el aula no funciona. Que ese desfase perjudica, tanto a los que podrían aprender más como a los que necesitan más ayuda. Ya no digamos a la mayoría de alumnado «normal» (sí, sé que no hay alumnado «normal», pero es para que entendáis a quienes me refiero). Es por ello que si, por ejemplo en un aula tienes a gente que a duras penas sabe leer y escribir, mientras en la misma tienes a gente que sabe hacerlo en condiciones, no tiene ningún sentido que estén haciendo lo mismo. Y eso es imposible, tanto si hay un solo profesor en el aula, como si hay dos. Eso debe hacerse en bloque, con los recursos finitos, tanto humanos como materiales, de los que dispone el sistema educativo. Sí, debemos empezar a asumir que la mejor manera de realizar una inclusión en condiciones es hacer una diversificación completa bajo criterios de aprendizaje. Repito lo que he dicho al principio del post: si el objetivo del sistema educativo es otro, lo que estoy diciendo no tiene ningún sentido.

Hace tiempo propuse dinamitar los cursos como tales. No tiene ningún sentido que exista un primero, segundo, tercero,… de nada. Lo que debería haber son módulos de las diferentes asignaturas, muy bien hilvanados y con un currículo que permitiera, en lugar de ser un despropósito como el de ahora en muchas asignaturas, ir avanzando según las posibilidades de cada alumno. A mí me da igual que uno con catorce años esté en el módulo 1 de Lengua y en el módulo 4 de Matemáticas. Me importa poco que se mezcle alumnado de 12 con alumnado de 16 en la misma aula (hablo de la ESO, pero en Primaria el modelo que aplicaría sería el mismo). Lo que me importa es que en todos esos módulos el alumnado se sintiera cómodo y aprendiera lo suficiente para pasar al siguiente módulo. Sí, estoy planteando una agrupación por niveles. Es que ya está bien de tanta falsa inclusión que se convierte en una exclusión garantizada para muchos.

Al igual que planteo los módulos, voy a plantear también en este post (ya buscándome las críticas por todas partes de los «buenistas») la necesidad de que, antes de incorporar al alumnado que llega de otros países a nuestro sistema educativo, haya aulas específicas para atenderlos. Aulas dotadas de especialistas y cuya función sea la de incorporarlos, tanto a la lengua como a la sociedad a la que, sin pedirlo (es una decisión de sus padres), han recalado. Muchos vienen sin haberlo querido, dejando atrás a todos sus amigos. Y otros, como ya sabéis, huyendo de situaciones muy duras. Por eso se merecen una atención cuasi individualizada. Me da igual el coste. Parte del ahorro que sacamos haciendo agrupamientos como los que planteo, podemos dedicarlo a este alumnado.

Seguro que alguno prefiere perder a alumnado por el camino antes de abordar medidas que, sin ser mediáticamente incorrectas, están muy alejadas de lo que nos están vendiendo y obligando a hacer como inclusión. En mi caso creo que la verdadera inclusión, que debe de ir de la mano con la integración, es dar a cada alumno lo que necesite. Algo que solo puede hacerse, salvo que se reduzcan las ratios a un número imposible, permitiendo que el alumnado vaya avanzando a su ritmo, cargándonos los agrupamientos por edad fisiológica, eliminando la repetición (adecuar el alumnado a un módulo que puede asumir implica que lo va a superar) y realizando un encaje de bolillos para que los horarios de los centros educativos puedan atender a este nuevo modelo educativo. Puede hacerse. Yo lo he simulado en un centro educativo real, con datos reales de alumnado. Otro tema es que quiera hacerse, que lo permita la administración y que se acabe con el discurso de la falsa inclusión que tan bien les sienta vender a algunos.

Por fin es jueves. Sí, sé que me he metido en un charco pero, como siempre digo, ésta es simplemente mi opinión. Ojalá todos los docentes hicieran propuestas en abierto y alguien les escuchara y no les sancionara por estar en contra del «discurso oficial». Pero bueno, yo ya estoy muy mayor para callarme ciertas cosas. Y, por suerte, vivo de dar clase y, a menos que suba mucho más el combustible, todavía puedo usar el coche y calentarme en invierno aunque, visto lo visto, creo que ya queda poco para poder seguir haciéndolo.

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