Turismo educativo: el caso finlandés

Es que… es Finlandia. Es que… sus centros educativos son fantásticos, están muy limpios y sus docentes son de otra galaxia. Es que… ojalá fuéramos aquí igual que ahí. Son frases dichas, de forma habitual, tanto por quienes no han visitado nunca un centro educativos finlandés o por quienes han visitado Finlandia, dentro de esos proyectos de viajes, pagados con dinero europeo, que sirven solo para que algunos entramados económicos se saquen una pasta, para montar turismo educativo.

A ver si nos entra en la cabeza de una vez que lo que nos venden, cuando vamos a visitar tres días un centro educativo, es solo un trampantojo. Que, en el caso de Finlandia, se trata de una estrategia de mercadotecnia muy bien calculada para vendernos cosas que, ya de entrada, queremos comprar. Que el sistema educativo finlandés es muy diferente de las fotos que cuelgan nuestros compañeros, en ese blog que valida el pastizal del viaje, cuando se van de Erasmus. Es solo querer pensar un poco.

Mi centro educativo, caótico a todos los niveles, puede venderse muy bien cara al exterior si los llevamos solo a determinadas clases o montamos proyectos específicos para los que vienen a verlo. Se caen las paredes, necesita una capa de pintura urgente y, como todos los que trabajamos ahí sabemos, hay grupos en los que dar clase se convierte en una auténtica odisea. Es algo parecido a lo que sucede en la mayoría de centros educativos de este país. Eso sí, ahora tenemos unos noruegos de Erasmus que van a ver proyectos que se montan ad hoc para ellos, van a conocer a alumnado filtrado y se les va a vender, en unos pocos días, las bondades de lo que hacemos. Y esto no tiene nada que ver con la realidad de nuestros centros educativos.

Llega un momento en que hay tendencia en creer. Hay docentes que creen en lo que les venden. Además hay países, como por ejemplo Finlandia, que ha sabido explotar muy bien, a nivel de mercado, su sistema educativo. Un sistema educativo que hace aguas por todas partes pero que, como siempre sucede, con una campaña de promoción brutal, parece que estemos hablando del maná.

Irse de viaje con dinero público un par de días (incluso una semana) para que, como sabréis los que participáis en esto, os monten determinadas actividades y os muestren, de forma muy tangencial, ciertas cosas, no tiene nada que ver con conocer el sistema educativo de ningún sitio. Además, en el caso concreto de Finlandia, hay un proceso de selección para conocer qué centros educativos les interesa vender al turista. No lo digo yo. Me lo han dicho personas que participan en la organización, desde la administración, en este tipo de cosas y la lista que se les ofrece desde la administración educativa finlandesa. Y quién dice Finlandia dice otros países.

Vamos a ser sinceros. La única manera de conocer un sistema educativo es desde dentro. No con un viaje turístico edulcorado de unos pocos días. Eso sí, eso no interesa porque, quizás descubriríamos que ciertas motos que nos están vendiendo no llevan ningún tipo de mecánica dentro de ellas. Un simple decorado que demasiados están comprando de forma acrítica.

El turismo educativo mola. Mola, como docente, irte de vacaciones unos días con alumnado filtrado a que te monten actividades chulas y te vendan las bondades de ciertas cosas. El problema es que, al final, esto no deja de ser algo inservible para el aula. Algo inservible que, al igual que muchas de las cosas que se están haciendo en educación, solo sirven para que cuatro se saquen una pasta. Como digo siempre… follow the money. Esta es la clave de muchas cosas.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel). Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. Además, adquiriéndolo ayudáis a mantener este blog.

  • A mí con esto de los viajecitos de Erasmus me hierve la sangre. Es una muestra clarísima de que dar clase tiene “cero importancia”. No pasa nada por dejar a los alumnos sin profesor una semana porque dicho profesor está de viaje. Nadie se queja, a todos les parece estupendo. Es más, el profesor que se va de viaje gana visibilidad, el centro lo vende como algo cojonudo… Dar clase no “da puntos”. Dejar a los alumnos sin clase para irte de viaje turístico, sí. Una mierda todo.

    • Me gustaría romper una lanza en defensa del profesorado que se lo cree y que trabaja (no poco) para montar este “turismo”. El problema es que, por desgracia, la utilidad de estas cosas es nula. Y el dinero que tiramos en ellas, demasiado.

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