De educación, gimnasios, microondas y plantas
El microondas no cocina mal. ¿Cocina? rápido. Y esa es exactamente la diferencia que muchos han decidido ignorar. Calienta, sí. Cumple su función. Pero nadie en su sano juicio diría que una paella hecha en microondas es comparable a una hecha a leña. Sin embargo, en educación llevamos años intentando «microondar» (a ver si la RAE me lo acepta) procesos que necesitan tiempo, y luego nos extrañamos de que el resultado sepa a poco.
Vivimos obsesionados con acortar tiempos. Aprender más rápido. Evaluar antes. Intervenir cuanto antes. Mostrar resultados cuanto antes. Todo tiene que ser inmediato, visible y, si puede ser, compartible. La educación ha entrado de lleno en la lógica del «listo en dos minutos», aunque siga pretendiendo resultados que solo llegan con horas, semanas y años.
Como con el gimnasio en enero.
Apuntarse es fácil. Sacarse la foto también. Lo complicado es ir cuando no apetece, cuando no se ve progreso, cuando nadie te mira. En educación hemos convertido el acto de apuntarse en el objetivo. Metodologías, proyectos, planes, siglas nuevas… todo el mundo se apunta. Pocos se quedan cuando el esfuerzo deja de ser visible.
La educación no fracasa por falta de ideas. Fracasa por abandono silencioso.
También pasa con las plantas. Todos queremos plantas bonitas, pero pocos aceptan que hay que regarlas incluso cuando no crecen. Que hay épocas en las que no pasa nada. Que forzar el crecimiento suele acabar matándolas. En educación, en cambio, nos incomoda que no haya cambios constantes. Confundimos estabilidad con estancamiento y crecimiento lento con fracaso.
Así que agitamos la maceta. Cambiamos la tierra. Probamos otro abono. Y cuando la planta se muere, culpamos a la planta.
Ahora entra la inteligencia artificial. Y vuelve a pasar lo mismo. Se presenta como el microondas definitivo. Como la herramienta que acelera todo. Preparaciones, correcciones, decisiones, respuestas. Y claro que puede ayudar. Pero acelerar no es educar. Es solo acelerar.
La IA no convierte un mal proceso en uno bueno. Lo hace más rápido. Y eso, en educación, puede, en ocasiones, ser incluso peor.
El problema no es la herramienta. Es la expectativa. Queremos que la educación funcione como una app. Que tenga actualizaciones frecuentes, resultados inmediatos y métricas claras. Pero educar se parece mucho más a cocinar a fuego lento, entrenar sin espejo o cuidar algo que no siempre responde cuando tú quieres.
Y eso incomoda…
Por eso triunfan los discursos simples. Las soluciones rápidas. Las respuestas automáticas. Porque pensar despacio en un mundo que corre parece casi un acto de rebeldía. Y educar bien, hoy, es profundamente contracultural.
No tiene nada que ver un microondas con una escuela. Ni un gimnasio con un aula. Ni una planta con un proceso educativo.
O quizá sí…
Quizá la educación se entiende mejor cuando dejamos de mirarla solo desde la pedagogía y empezamos a verla desde la vida. Desde todo aquello que sabemos que no funciona cuando se hace deprisa, por postureo o para cumplir.
Educar no es calentar. No es aparentar. No es forzar.
Educar es sostener procesos aunque no luzcan. Aunque no se viralicen. Aunque no tengan foto.
Y eso, curiosamente, es lo único que nunca se puede hacer con un microondas.
Lo sé. En ocasiones creeréis que se me va un poco la pinza cuando escribo, pero os prometo que tenía muy claro qué quería deciros cuando he empezado el artículo de hoy.
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