Si queremos depurar el aula empecemos por los nostálgicos del Gulag

El revuelo de los últimos días en redes sociales tras mi anterior artículo (enlace) ha sido revelador. Entre la habitual lluvia de insultos y exabruptos, ha emergido con fuerza un argumento tan recurrente como peligroso. Dicen algunos, envueltos en la bandera de la superioridad moral, que no se puede equiparar nada. Que la izquierda es la encarnación de la justicia y que hay que depurar el sistema expulsando de las aulas a cualquier docente al que califiquen de «fascista».

Es enternecedor comprobar cómo quienes se autoproclaman guardianes de la democracia caen con tanta soltura en la tentación del tribunal purificador.

Ya que nos ponemos estupendos y abrimos el melón de la purga ideológica en la enseñanza, juguemos a su mismo juego, pero con el espejo bien limpio. Si el criterio para prohibir la entrada a un aula es la adhesión a ideologías sangrientas, autoritarias o liberticidas, ¿qué hacemos con los docentes que lucen con orgullo la hoz y el martillo en la solapa, en sus perfiles públicos o en la propia sala de profesores o que, simplemente, se autodeclaran abiertamente comunistas?

Si nos ponemos rigurosos a la hora de medir el impacto histórico de las ideologías, las cuentas de la utopía comunista son sencillamente espeluznantes. Hablamos de regímenes que dejaron tras de sí decenas de millones de muertos por hambrunas planificadas, purgas sistemáticas y campos de trabajo forzado desde la Unión Soviética de Stalin hasta la China de Mao, pasando por la Camboya de Pol Pot.

Resulta fascinante la gimnasia mental que realizan algunos para indultar el comunismo mientras exigen guillotina para el resto. ¿Con qué cara se le da lecciones de derechos humanos al alumnado cuando se mitifica a figuras como el Che Guevara? Ese mismo personaje que en sus diarios y discursos dejó perlitas homófobas escalofriantes y que convirtió el campo de trabajo de Guanahacabibes en el preludio del encierro sistemático de homosexuales en Cuba bajo el lema «el trabajo los hará hombres».

Hay una prueba del algodón histórica que destroza cualquier tratado teórico de trescientas páginas. Muro de Berlín. La gente no saltaba el hormigón, esquivando minas y disparos de los guardias del lado oriental, para huir del paraíso socialista hacia la supuesta tiranía capitalista. Salían corriendo en una sola dirección porque en un lado había libertad y en el otro un Estado policial. Sin embargo, en el microcosmos de algunos, la hoz y el martillo siguen pasando por un tierno símbolo de fraternidad universal.

Si la regla del juego es inhabilitar a cualquier docente cuya matriz ideológica cargue a sus espaldas con la vulneración masiva de los derechos humanos y la represión de libertades individuales, la purga en los centros educativos tendría que ser masiva y devastadora.

Pero bajemos a la tierra y salgamos de este delirio inquisitorial…

Exigir la expulsión de un docente por su ideología particular -sea de extrema izquierda, de extrema derecha o del partido de los vegetarianos- es una auténtica salvajada antidemocrática. Es la semilla del totalitarismo implantada en el propio corazón de la escuela.

A un docente no se le contrata para que pase un test de pureza ideológica ni para que comulgue con el catecismo moral de la Consejería de turno. A un docente se le exige idoneidad técnica, dominio de su materia, rigor pedagógico y un respeto escrupuloso a la neutralidad del aula.

Lo que hay que perseguir y sancionar con contundencia infalible no es lo que un docente piense en su esfera privada o vote un domingo cada cuatro años. Lo que hay que expulsar del aula es el adoctrinamiento directo, el uso del alumnado como público cautivo, la manipulación de los datos históricos, el sectarismo y la falta de respeto a la pluralidad del alumnado.

Quienes piden listas negras y expulsiones por motivos ideológicos demuestran que no les molesta el autoritarismo; lo único que les molesta es no ser ellos quienes manejan la guillotina. La escuela se defiende con ciencia, cultura, rigor y libertad, no con comisarios políticos jugando a la caza de brujas.

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3 comentarios

  1. Sr Marti, parece que ya ha conseguido darse más publicidad con sus últimos artículos. Por cierto, al menos en facebook, las contestaciones han sido educadas y argumentadas pero usted prefiere enconar las conversaciones. No sé en qué institutos ve usted hoces y martillos la verdad, yo en 30 años como profesora en la pública no lo he visto. Lo que si estoy viendo es otro tipo de posicionamientos a careta quitada últimamente. El debate, si me permite, no es el que plantea, el verdadero debate es si usted está de acuerdo en que hay que trabajar el respeto a los derechos humanos, el cambio climático con rigor, la igualdad entre seres humanos… o no, que es lo que está en PELIGRO tanto socialmente como en los centros educativos con la llegada a los gobiernos autonómicos de ciertos partidos. No creo que a eso haya que llamarlo ideología ( a no ser que usted diga que eso es ideología de izquierdas y se posicione ya sin tapujos) ¿Para cuándo un artículo sobre la presencia de las fuerzas de la legión en los colegios y el aumento de actividades relacionadas con la semana santa quitando el tiempo necesario para matemáticas, historia, lengua… que usted siempre dice que es sagrado? Un saludo

  2. No puedo más que aplaudir sus palabras y animarle en su cruzada, dado que, por lo menos, en la Comunidad Valenciana, es muy difícil erradicar el adoctrinamiento que hemos tenido que aguantar durante muchos años. No sólo ha sido moral, sino ético y lingüístico.

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