¿Se debe juzgar a un docente por su vida personal?
Hay algo que, con el paso de los años, cada vez me incomoda más del ecosistema educativo. Bueno, no solo del sistema educativo. De la sociedad en general. Y me estoy refiriendo a la creciente tendencia a mezclar planos que deberían permanecer claramente separados. Me refiero, por supuesto, a esa difusa línea que separa lo profesional de lo personal. Una frontera que parece haberse erosionado hasta casi desaparecer en determinados contextos.
Ser docente -o cualquier otro profesional vinculado a la educación- implica una responsabilidad evidente. Trabajamos con personas, con procesos de aprendizaje, con decisiones que tienen impacto real en otros. Por eso, es lógico (y necesario) que nuestra labor profesional sea observada, analizada, criticada y, llegado el caso, cuestionada. Faltaría más. La rendición de cuentas forma parte del contrato implícito que adquirimos, especialmente cuando desarrollamos nuestra actividad en el ámbito de la administración educativa.
Ahora bien, una cosa es eso y otra muy distinta es el escrutinio constante de la vida personal. Porque, sinceramente, ¿desde cuándo lo que alguien hace fuera de su horario laboral define su valía profesional? ¿En qué momento decidimos que las opiniones, aficiones o decisiones personales deben convertirse en argumento para validar o invalidar el trabajo de alguien?
Confundir ambos planos no solo es injusto, sino profundamente peligroso. Desplaza el foco de lo importante -la práctica profesional- hacia lo accesorio. Y cuando eso ocurre, dejamos de hablar de metodologías, de atención al alumnado, de evaluación, de innovación (o de la ausencia de ella), para centrarnos en aspectos que, en realidad, no deberían tener cabida en el debate profesional.
A un docente hay que exigirle por cómo enseña, por cómo evalúa, por cómo acompaña a su alumnado, por cómo se implica (o no) en su centro. A un inspector, por cómo supervisa. A un gestor educativo, por las decisiones que toma. Y así sucesivamente. Ese es el terreno donde deben producirse las críticas, los debates y, si procede, las discrepancias.
Lo demás pertenece a otro ámbito. Porque todos, absolutamente todos, tenemos una vida fuera del trabajo. Una vida que no siempre es perfecta, que no tiene por qué ser ejemplar y que, desde luego, no debería convertirse en objeto de juicio público salvo en situaciones que afecten directamente al desempeño profesional. Pretender lo contrario es asumir una especie de vigilancia permanente que, además de inviable, resulta profundamente deshumanizadora.
Quizá el problema es que nos hemos acostumbrado demasiado a opinar de todo. A emitir juicios rápidos, muchas veces basados en fragmentos, en percepciones parciales o en simples prejuicios. Y en ese contexto, lo personal se convierte en munición fácil, en atajo para desacreditar sin necesidad de entrar en lo realmente relevante.
Pero no deberíamos caer en esa trampa.
Si de verdad queremos mejorar el sistema educativo, el debate debe centrarse en lo que ocurre dentro de él. En las prácticas, en las decisiones, en los resultados. En aquello que tiene impacto directo en el aprendizaje y en la equidad. Todo lo demás es ruido. Y el ruido, ya sabemos, no ayuda a construir nada.
Así que quizá convendría recuperar una idea básica. La idea de que cada ámbito tiene su espacio y sus reglas. Lo profesional se evalúa en lo profesional. Lo personal se gestiona en lo personal. Y mezclar ambos, lejos de aportar claridad, solo contribuye a distorsionar el debate y a desviar la atención de lo verdaderamente importante.
El artículo de hoy procede de una reflexión que he oído a un docente en sus redes sociales acerca de las personas que no saben diferenciar su rol de profesor de Matemáticas con su rol de bailarín. Por cierto, baila muy bien… y algunas de sus reflexiones educativas me gustan pero, por lo que deberíamos juzgarle, aplaudirle o criticarle es por su faceta delante de su alumnado y el aprendizaje del mismo. Lo demás es su vida personal. Una vida, seguramente, mucho más interesante que las de los que, a falta de argumentos, acuden a cuestionar lo que alguien hace en su tiempo libre.
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