Contrastar y buscar las fuentes estropea un buen eslogan (no solo) educativo

Hoy me he levantado a la misma hora de siempre aunque, como bien sabéis, esta mañana han cambiado la hora y he podido dormir una hora menos. Bueno, he dormido las mismas aunque, según el móvil (no el reloj analógico que tengo, al que debo cambiar la hora) me haya despertado una hora más tarde. Y esto, aunque no os lo creáis, me ha dado para reflexionar y perpetrar el artículo que vais a leer a continuación. Un artículo muy relacionado con saber qué hora es realmente ahora y saber por qué se hace este cambio de hora. O, simplemente, saber de dónde viene y pensar acerca de si tiene su sentido en la actualidad.

Pero dejadme que os hable de temas educativos. Y hoy, por motivos desconocidos, metiéndome de nuevo en un cenagal de considerables proporciones porque, lamentablemente, conforme pasa el tiempo cada vez me gustan más los datos y las fuentes, y no quedarme en el discurso o relato que montan «los que piensan lo más parecido a mí». Lo sé. Soy así de raro. Me gusta pensar por mi mismo y que no piensen por mí. Así pues, dejadme escribir esto para incentivaros, no a que cambiéis vuestra ideología, si no a contrastar y buscar las fuentes de todo lo que sucede (no solo) en educación.

Hay algo profundamente preocupante, y cada vez más extendido, en el debate educativo actual. Me estoy refiriendo a la absoluta falta de interés por entender cómo funcionan realmente las cosas antes de opinar sobre ellas. No hablo de discrepar. Discrepar es sano. Hablo de esa costumbre tan arraigada de tragarse cualquier explicación simplista, que normalmente viene de alguien con muchos seguidores, de un titular llamativo o del sindicato de turno, y repetirla como si fuese una verdad revelada.

Sin matices. Sin contexto. Sin la más mínima intención de comprobar nada. Porque investigar cuesta. Y pensar, aún más.

Lo estamos viendo constantemente. Sale un tema en redes y, en cuestión de horas, ya hay un relato construido. Ya tenemos a los culpables claros, las soluciones mágicas y una indignación perfectamente empaquetada. Da igual que la realidad sea más compleja. Da igual que haya normativa, contratos, condicionantes legales o económicos detrás. Eso no interesa. Interesa el eslogan.

Un ejemplo reciente lo tenemos con el famoso asunto del renting de ordenadores en Cataluña. De repente, aparecen docentes indignados porque «les cambian un portátil que funciona perfectamente». Y, claro, el relato se construye solo… despilfarro, mala gestión, decisiones absurdas de la administración. Fin del análisis.

Nadie -o casi nadie- se molesta en revisar el convenio asociado a ese servicio. Nadie se para a entender que un renting no es una compra, sino un contrato con condiciones específicas, que implican renovación periódica obligatoria, mantenimiento incluido y amortización planificada. Funciona así aquí y en cualquier otro ámbito. No es un capricho. Es, precisamente, la lógica del modelo. Un modelo que nos puede gustar más o menos como modelo de distribución de equipos, pero que nada tiene que ver con lo que dicen la mayoría de los que he leído en las redes.

Pero eso no cabe en un tuit. Ni tampoco cabe en un reel de Instagram o vídeo de TikTok. Además, todos sabemos que es más fácil indignarse que informarse. A mí también me pasa en ocasiones. También compro mentiras interesadas. Lo intento hacer lo menos posible pero, en un mundo donde la información está siendo manipulada por algoritmos, es cada vez más complicado.

Otro caso recurrente: los fondos europeos. Cada vez que llegan partidas económicas, aparecen voces exigiendo que «se inviertan en lo que realmente necesitan los centros». Suena bien. De hecho, suena tan bien que nadie parece cuestionarlo. El problema es que esos fondos, en muchos casos, son finalistas. Es decir, vienen con unas condiciones de uso muy concretas… digitalización, infraestructuras específicas, formación en determinadas áreas… No puedes decidir alegremente destinarlos a otra cosa porque, sencillamente, no te dejan.

No es una cuestión de voluntad política local. Es una cuestión de marco legal. Pero, de nuevo, eso no genera titulares.

Y así podríamos seguircon las ratios, currículos, oposiciones, metodologías… Todo reducido a explicaciones de trazo grueso que encajan perfectamente en una pancarta pero que no resisten el más mínimo análisis. Y ojo, no estoy hablando de que no sea todo revisable, cuestionable y se pueda establecer mejoras en todas esas cosas de las que estoy hablando ahora. Ni mucho menos. Ya lo sabéis los que os pasáis habitualmente por aquí.

Lo más curioso es que esta indignación selectiva no es constante. Se activa y desactiva según quién esté gobernando. Cuando las decisiones las toman «los tuyos», se buscan justificaciones. Cuando las toman «los otros», se convierten automáticamente en desastres irreparables. Y lo más curioso es que muchas de las decisiones (no solo) en educación son continuistas o heredadas.

Pero eso tampoco interesa contarlo porque entonces habría que reconocer algo incómodo. Tendríamos que reconocer que el sistema educativo lleva años arrastrando problemas estructurales que no dependen exclusivamente de un color político. Y que, probablemente, ninguno de los bandos tiene la solución mágica que promete cuando está en la oposición. Es mucho más complicado y, por desgracia, algunos siempre miran a un corto plazo y a la inmediatez. Tan solo hace falta que miremos cuántas leyes educativas se han aprobado en nuestro país. Por cierto, en democracia, todas menos una (que jamás se desplegó del todo), aprobadas por los mismos. Esto son datos. Esto son hemerotecas.

El problema de fondo no es solo la desinformación. Es la pereza intelectual. Esa tendencia a delegar el pensamiento crítico en terceros. En influencers educativos, medios con agenda, sindicatos o ese compañero que «conoce a alguien que sabe cómo funciona esto». Cadena de transmisión perfecta para el bulo.

Y mientras tanto, el debate educativo se convierte en un ruido constante donde cuesta distinguir lo relevante de lo anecdótico, lo estructural de lo puntual, lo real de lo inventado.

¿Significa esto que no haya motivos para criticar? En absoluto. Hay muchísimos. El sistema educativo tiene carencias evidentes y decisiones discutibles a todos los niveles. Pero criticar sin entender no mejora nada. Solo alimenta la frustración y perpetúa una conversación estéril.

Quizás ha llegado el momento de exigir algo más. Menos consignas y más contexto. Menos titulares y más normativa. Menos «me han dicho que…» y más «he comprobado que…». Porque la educación es demasiado importante como para reducirla a una cadena de opiniones mal informadas. Aunque, visto lo visto, parece que eso da mucho más juego.

Os pido disculpas si alguien se ha sentido interpelado en el artículo. Yo mismo me he sentido interpelado en el mismo y, conforme iba escribiéndolo, me he dado cuenta de que todo esto, antes de empezar a leer con profundidad acerca de ciertos temas, leer más normativa o entender el funcionamiento de ciertas cosas, he sido en ocasiones el artífice de esa desinformación porque me he tragado ciertas cosas. Y he hecho, por desgracia, lo mismo que estoy cuestionando ahora… el hablar sin contrastar e informarme correctamente.

Un abrazo a los que os pasáis por aquí. Disfrutad de vuestra Semana Santa los que ya estéis inmersos en ella y disfrutadla, en pocos días, los que ya estáis tocándola con los dedos… Y recordad que toda la comunidad educativa, toda, sois lo más importante en educación. Especialmente esos millones de alumnos que están en nuestros centros educativos y sus docentes (junto con el personal de administración y servicios), ya que sin ellos no sería posible que los primeros tuvieran futuro. Sin olvidarme, claro está, de esas familias imprescindibles para que el taburete, de tres patas, no tenga que hacer cosas raras, ni de todos los demás que intervienen en el sistema educativo (inspección, sindicatos, administración, etc.).

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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