Quizás para mejorar la educación no necesitemos a los mejores docentes, sino a los mejores equipos docentes
Hoy he escuchado a alguien que ha dicho que prefería tener jugadores no tan buenos capaces de trabajar en equipo que a superestrellas. Estaba refiriéndose a un deporte concreto pero la charla se podía extrapolar fácilmente a lo que sucede en un centro educativo. Ello me ha hecho pensar… y no poco. ¿Y si realmente fuera así? ¿Y si en las aulas necesitáramos a los mejores equipos de docentes y no a las mejores individualidades docentes? Así pues, como es lógico, voy a trasladar esa idea a formato post. Un post que, como todos los que escribo, tienen dos limitaciones: los tiempos de escritura y la incoherencia. Así pues, disculpadme de antemano…
El sistema educativo está obsesionado con encontrar a los mejores docentes, como si la escuela fuera una especie de competición olímpica donde cada profesor compite en pruebas de innovación, alfabetización emocional o salto mortal metodológico. Parece que todos debamos aspirar a ser esa figura brillante, carismática, hipereficiente, visionaria, capaz de transformar vidas antes del recreo y de mejorar las estadísticas de rendimiento en lo que dura una reunión de evaluación.
Y, sin embargo, cuanto más tiempo pasas en un centro y consigues ser objetivo, más claro lo ves. No necesitamos héroes individuales. Necesitamos equipos que funcionen de verdad.
El mito del mejor docente es muy seductor, claro. La narrativa del genio pedagógico que resuelve todo con creatividad infinita y una sonrisa perfectamente iluminada queda fenomenal en charlas, congresos y redes sociales. Pero en los pasillos, donde las cosas no siempre son tan poéticas, la mayoría de milagros educativos ocurren porque un equipo se coordina, se cubre, se apoya y comparte lo que sabe. No porque exista un docente estrella que lo hace todo mejor que nadie.
He visto centros con docentes brillantes donde, sin embargo, el clima era insoportable porque cada cual iba a lo suyo. Personas excepcionalmente competentes incapaces de cooperar entre sí, como si la educación fuera una colección de proyectos personales en lugar de un esfuerzo común. Y también he visto centros sin nombres rimbombantes, sin grandes divos de la pedagogía, donde el trabajo fluye porque nadie pretende ser más que el otro. Se comunican, se reparten las cargas, se apoyan en los momentos difíciles, se cubren las espaldas cuando los días se complican. Y los alumnos lo notan. Vaya si lo notan.
La paradoja es que los famosos mejores docentes casi nunca son los que más ruido hacen. Suelen ser discretos, saben cuándo pedir ayuda, cuándo ceder, cuándo coordinarse. Porque educar no es demostrar que sabes más que nadie, sino encajar en una estructura donde tu trabajo mejora el de los demás.
Pero seguimos atrapados en una cultura que premia la individualidad. Se celebra al docente que innova en solitario, que rompe moldes sin contar con nadie, que se convierte en referencia sin mirar a los lados. El problema es que ese tipo de figuras funcionan muy bien como relato, pero muy mal como modelo. Porque pueden ser brillantes, sí, pero no siempre sostenibles. No siempre compartibles. No siempre replicables. Y, sobre todo, no siempre generosas.
La escuela, en cambio, necesita algo más terrenal. Necesitamos gente normal que trabaje bien junta. Personas capaces de coordinarse sin drama, de pactar criterios, de no competir por ver quién es más moderno o quién explica mejor. Gente que pueda compartir materiales sin pensarlo dos veces, que pregunte sin vergüenza tú cómo lo haces, que admita cuando algo no funciona, que no vaya por la vida compitiendo con sus propios compañeros como si fueran rivales de un concurso.
Quizá el error de fondo es pensar que el aprendizaje del alumnado depende principalmente del talento individual del docente. En realidad, depende mucho más del ecosistema en el que ese docente trabaja. Un equipo cohesionado puede sostener a un colega que tiene un mal trimestre. Puede contener tensiones que de otro modo estallarían. Puede ofrecer continuidad a alumnos que la necesitan desesperadamente. Puede construir un clima estable aunque haya tormentas.
Un docente excelente que trabaja solo rara vez cambia un centro. Un equipo sólido, aunque esté formado por personas normales con días mejores y peores, sí puede hacerlo.
Tal vez por eso habría que empezar a hablar menos de captar a los mejores docentes y más de construir los mejores equipos. Equipos que hablen, que se escuchen, que discutan sin romperse, que se apoyen sin paternalismos, que se repartan el peso sin dejar a nadie fuera. Equipos donde nadie necesite brillar más que los demás porque la luz se comparte.
Y, quién sabe, quizá entonces descubramos que lo que hace funcionar a un centro no es la suma de figuras individuales, sino esa arquitectura invisible de colaboración que convierte el caos en algo trabajable. Porque los mejores docentes del mundo no sirven de mucho si trabajan aislados. En cambio, un buen equipo puede convertir a casi cualquier docente en alguien mucho mejor de lo que sería en solitario.
Si la educación va de comunidad, no estaría mal empezar por aplicarlo dentro de los propios centros.
Finalmente deciros que lo que he escrito hoy no hace referencia a seleccionar a malos profesionales. Hace referencia tener a gente que sepa en las aulas y que, dentro de esos saberes, uno de los más importantes (no el único) sea el saber trabajar en equipo.
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Y el tiempo que requiere el trabajo en común ¿de dónde sale?, es decir, ¿qué trabajo del que hacemos dejamos de hacer para hacer ese trabajo en común? ¿O es que tenemos tanto tiempo libre que necesitamos que alguien nos dé faena?