Personas que vienen y van
Hay una mentira sutil que nos tragamos sin rechistar durante la primera mitad de la vida. Me estoy refiriendo a la idea de que las personas, las amistades y los compañeros de viaje están destinados a durar para siempre. Nos educan para acumular vínculos como si fuéramos coleccionistas de recuerdos, convenciéndonos de que perder el contacto con alguien es un fracaso personal, una traición o una muestra de egoísmo.
Qué desgaste tan absurdo. Y qué falta de perspectiva.
La realidad -así, en frío y sin necesidad de adornarla- es que la inmensa mayoría de la gente que cruza tu vida no viene a quedarse. Viene a cumplir un ciclo, a compartir un tramo de carretera, a enseñarte algo (a veces por las buenas, otras por las malas) y a seguir su camino. Y pretender retener a todo el mundo a tu lado es como intentar aguantar el agua entre los dedos. Solo consigues cansarte y hacer el ridículo.
A quienes llevamos años en la docencia esto nos suena dolorosamente familiar, aunque a veces nos cueste admitirlo. En los centros educativos la transitoriedad es la única norma fija. Cambias de instituto, cambias de claustro, cambias de destino o de curso, y con cada traslado dejas un reguero de rostros con los que compartiste batallas diarias.
Hay compañeros con los que viviste una complicidad absoluta. Gente con la que te desahogabas en los recreos, con la que compartías la indignación por la última normativa infame de la consejería o con la que sobrevivías a base de humor negro a los viernes a última hora. En ese momento, en esa trinchera concreta, esas personas eran tu tabla de salvación. Parecía imposible que aquello se diluyera.
Y, sin embargo, se diluye.
Llega septiembre, las comisiones de servicio cambian los destinos, alguien saca la plaza a doscientos kilómetros o, simplemente la vida te lleva por otros derroteros. Los primeros meses mandas algún mensaje, comentas alguna publicación, dices el típico tenemos que quedar para comer. Luego, las conversaciones se distancian, los chats de grupo mueren y de pronto te das cuenta de que aquella persona con la que compartías confidencias vitales entre clase y clase se ha convertido en un nombre más en tu agenda de contactos.
Y no pasa nada. De verdad. No hay drama. No hay que forzar reencuentros impostados ni intercambiar felicitaciones vacías por compromiso cada Navidad.
Hay personas que son estrictamente de temporada. Tuvieron su sentido, su momento y su belleza en un contexto determinado. Pretender estirar esas relaciones cuando ya no existe el nexo que las unía es desvirtuar lo que fueron.
Luego están los otros, claro. Los que entran en tu vida, se aprovechan de tu energía, te desordenan el espacio y se van sin hacer ruido en cuanto consiguen lo que querían. De esos también se aprende. Te enseñan a poner cerrojos más altos y a seleccionar con mucho más filtro a quién dejas pasar a tu salón.
Madurar no es tener la agenda llena de compromisos ni mantener viva la llama de amistades que ya no existen. Madurar es entender la impermanencia. Es aprender a disfrutar de la compañía de alguien con intensidad mientras dura el trayecto, sin exigirle promesas de eternidad que nadie puede cumplir. Y, sobre todo, es saber despedirse con elegancia, sin guardar deudas pendientes y sin el apego infantil de quien no sabe caminar solo.
Al final, la vida se parece bastante a un tren. Unos suben en la estación de la juventud, otros se bajan en la parada de los desencantos y muy pocos -los que se cuentan con los dedos de una mano y te sobra alguno- se quedan en el vagón hasta la última parada.
A los que se fueron, buen viaje y gracias por lo compartido. A los que están, un abrazo sincero. Y a los que vendrán… que pasen. Encantado de compartir parte del viaje con vosotros.
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