Más vale tarde que nunca: cuando los gurús educativos recogen cable
Qué espectáculo tan curioso el de los últimos tiempos. Algunos de esos personajes que llevaban años pontificando contra el esfuerzo, la disciplina o la “obsoleta” lectura de libros, aparecen ahora con semblante serio, reconociendo —oh, sorpresa— que igual algo de eso sí era importante. Que quizá la comprensión lectora importa más que pintar murales, que escribir con coherencia es más útil que grabar vídeos, que aprender a concentrarse en silencio vale más que bailar en corro. Y lo más gracioso no es que lo digan ahora. Lo más gracioso es que esperan aplausos por haber redescubierto lo obvio.
Fundaciones que hace nada patrocinaban congresos llenos de eslóganes huecos, personajes que miraban por encima del hombro a cualquiera que hablara de disciplina o de contenidos básicos, ahora nos venden el retorno al sentido común como si fuera un hallazgo revolucionario. Y claro, cuesta no sonreír ante tanta recogida de cable. La misma gente que llamaba retrógrado al que pedía rigor, hoy organiza jornadas sobre “la importancia del esfuerzo”. Los mismos que decían que la memorización mataba neuronas, ahora defienden que sin memoria no hay aprendizaje posible. Un giro tan brusco que deberían dar vértigo, pero que se vende con total naturalidad.
Y aquí es donde muchos se equivocan. No hay que reírse de este espectáculo. No hay que fustigarles por haber tardado décadas en decir lo que cualquier docente con dos dedos de frente ya sabía. Al contrario… hay que aplaudirlos. Porque aunque lleguen tarde, aunque lo hagan después de haber arrasado con discursos vacíos, aunque parezca un chiste que lo presenten como novedad, es mejor tenerlos a bordo de la sensatez que anclados en el delirio.
¿Que ahora nos dicen que la comprensión lectora debe ser prioritaria? Bienvenidos. ¿Que reconocen que sin escritura sólida no hay pensamiento crítico? Menos mal. ¿Que admiten que la disciplina es condición de posibilidad para aprender y no una reliquia franquista? Más vale tarde que nunca. El aplauso no es por su valentía, sino porque al menos la música empieza a sonar parecida a la realidad que se vive en las aulas.
Por supuesto, uno no puede evitar cierta ironía. Durante años, quien decía estas cosas era señalado como anticuado, como enemigo de la innovación, como tóxico para la escuela del futuro. Ahora resulta que hasta los gurús más relucientes hablan de recuperar prácticas que siempre funcionaron: la lectura diaria, la escritura constante, la concentración sin distracciones, la exigencia como respeto al alumnado. ¿Dónde estaban cuando se necesitaban esas voces? Justificando proyectos huecos, pintando carteles, organizando congresos. Pero ahora no toca ajustar cuentas, toca aprovechar el viraje.
Porque la verdad es sencilla: nunca debimos abandonar lo básico. Nunca debimos creer que proyectos vistosos podían sustituir a la lectura seria, que dinámicas grupales podían reemplazar a la escritura rigurosa, que llenar las paredes de colores podía compensar la falta de comprensión lectora. Todo eso ha sido una gigantesca pérdida de tiempo que ahora se intenta maquillar con discursos de vuelta al sentido común. Y aunque la tentación sea reírse en su cara, lo sensato es celebrar que por fin lo digan.
La recogida de cable, en educación, es casi siempre una buena noticia. Significa que el ruido pierde fuerza y que, poco a poco, vuelve a colarse la evidencia. Que los discursos de “aprender jugando” empiezan a convivir con la certeza de que sin esfuerzo no hay aprendizaje. Que las modas de “aprender en proyectos” empiezan a desinflarse frente a la necesidad de enseñar lo que de verdad importa: leer, escribir, comprender, pensar.
Así que, sí. Celebremos esta conversión repentina, aunque huela a oportunismo. Aplaudamos que quienes antes se reían del esfuerzo ahora lo defiendan. Ríanse con ironía, si quieren, de tanto gurú reciclado, pero celebren que al menos la brújula apunta en la dirección correcta. Porque el alumnado necesita más que discursos brillantes. Necesita que la escuela vuelva a ser escuela. Y si hasta los conversos empiezan a decirlo, es que aún queda esperanza.
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No solo los gurús recogen cable. Hasta el gobierno se empieza a dar cuenta de q sin bajadas de ratios no hay nada q hacer. Algunos llevamos décadas diciéndolo.
Y hasta el ínclito Zafra, especializado como periodista lameculos del gobierno en educación, reconoce en su noticia de hoy que «La investigación educativa ha demostrado, además, que la reducción de las ratios (sobre todo si es potente) mejora los resultados sobre todo del alumnado desfavorecido». A ver qué documento final reciben los sindicatos, que aunque le pese a Gortazar, algunos tenemos muy claro que mejorar nuestras condiciones laborales ( directa o indirectamente, como sería conn una bajada de ratios), no solo nos beneficia como docentes, es que beneficia SOBRE TODO a nuestro alumnado.
Maravilloso. Enhorabuena.
Bueno…quienes dan bandazos en este océano que es la educación no son de mucho fiar: lo mismo en el siguiente terminan por hundir el barco y es seguro que en este momento nuestro alumnado, mucho de él, ha caído por la borda y no lleva flotadores.Qué digo! Ni manguitos lleva!
Así que…que semejante panda de iluminadas-os cierren la puerta al salir! (Ya echo yo la llave en lo mío…o así me gustaría)