No por repetidas, hay cuestiones que dejan de chirriar en educación. Decenas de mantras y suposiciones, basadas en estudios imaginarios o declaraciones interesadas, que hacen que más de uno acabe creyéndose ciertas estupideces que, vuelvo a repetirlo, no por ser ampliamente difundidas, no dejan de ser una auténtica aberración para el sentido común. Un sentido que, da la sensación -y no solo en educación- que sea el menos común de los sentidos.

Un mantra educativo es el del uso de psicología positiva o la búsqueda de la felicidad a cualquier precio. Curiosamente defendido por los mismos que defienden, de forma machacona, el salir de la zona de confort. ¿En qué quedamos? ¿ES necesario y positivo estar siempre inquieto o, simplemente debemos buscar un estado de zen educativo en el que, por determinados motivos muy personales, nos encontremos cómodos? La felicidad es un estado puntual, totalmente matizable y que, por desgracia, va siempre en detrimento de muchas otras cuestiones. Muchos alumnos serían más felices si no tuvieran que aprender porque, al final, el mantra de que el alumnado quiere aprender -salvo excepciones muy excepcionales- no cuela para nadie que haya dado clase. Con lo fácil que es observar, como docentes o padres, lo poco que les gusta a sus hijos ponerse a trabajar. Incluso que sean de esos trabajos megamotivadores que plantean algunos.

Otro mantra curioso es que algunos defiendan que en inglés (o en un idioma extranjero, alejado del materno o del contextual) se aprende lo mismo. Va, el mantra de los docentes que creen que pueden dar clase en un idioma que han aprendido en una academia, sacándose o comprando un B2 del mismo, ya es de traca. Y que además crean que su alumnado va a ver reforzado su aprendizaje con lo anterior, de chiste malo. Otro de esos mantras que tanto gustan a algunos.

Si seguimos con el tema de los mantras, podemos analizar el de los que se creen que su asignatura es el sanctasanctórum del aprendizaje. A ver, que dar más horas de algo no implica automáticamente que el alumnado aprenda más. El mito de las 10.000 horas de práctica de un instrumento para dominarlo como si se fuera un músico de nivel es un bluf. Al igual que entrenar tropocientas horas en un deporte. Hay alumnado al que se le va a dar mejor y a otro peor. No todo el mundo es un Messi o un Ara Malikian en potencia. No se trata de tener seis, siete o nueve inteligencias, como dicen algunos timadores. Se trata de entender que no todo el mundo sirve para todo ni se le dan bien las mismas cosas. Eso sí, con práctica pueden hacerse cosas medianamente bien porque nadie -repito, nadie- es un inútil a la hora de montar muebles de Ikea.

Los mantras de que las metodologías o las tecnologías mejoran de forma global el aprendizaje también es un mantra de esos curiosos. Si se asocia a la globalización de un método en el aula (por ejemplo en cuarto de Primaria que alguien decida hacer ABP o Flipped), en lugar del establecimiento de personalizaciones en ese aprendizaje, tiene cuajo. Bueno, el mismo que tiene dar una charla magistral para decir que las clases magistrales no funcionan. Es que los mantras son tan curiosos como surrealistas.

Podría seguir con una lista enorme, pero aún algunos estamos impactados por las felicitaciones en clave educativa que hemos recibido en estos días (por cierto, sin ningún tipo de originalidad) y por haber visto en algún tuit predicciones educativas a un año vista. Es que es un no parar. Es lo que tiene vivir en pandemia permanente… que algunos, por desgracia, cada vez tengan más pájaros en la cabeza y unas neuronas más estropeadas. De covid no nos moriremos -o eso espero- la inmensa mayoría, pero no digo yo que no acabemos extinguiéndonos por un “mátame camión”. O por pensar que, en lugar de investigar, podemos seguir avanzando con creencias personales en mantras que, solo se sustentan, por la creencia de lenguajes mágicos con poderes inverosímiles.

Reconozco que he usado el concepto de mantra de forma muy alegre, como el “en plan” o el “o sea”. Espero que nadie se quede solo con ello 😉

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Acerca del Autor

Jordi Martí

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