Los trabajos en grupo: una visión muy personal

Ahora que acaba de empezar el curso (¡con alumnado!) en algunos sitios y está a punto de hacerlo en la mayoría, es bueno recordar algo sobre una práctica que, no por extendida y mediatizada como “innovadora”, no deja de ser uno de los mayores despropósitos pedagógicos que conozco. Bueno, según mi opinión y siempre con todos los matices que uno quiera ponerle a la misma. Estoy hablando, por si alguno no os habéis leído el título, de los trabajos en grupo. Especialmente sangrante la situación en aquellos que, en demasiadas ocasiones, se obligan a realizar al alumnado fuera de su horario escolar.

Hay docentes que, por suerte, tenemos la posibilidad de opinar de ambos lados de la trinchera (como docentes y padres). Es algo que enriquece nuestra visión y nos permite jugar con una cierta ventaja ya que podemos sufrir y hacer sufrir determinados despropósitos pedagógicos. Bueno, si algún docente hace ciertas cosas en su aula sabiendo lo que pasa en su casa tiene un problema. Bueno, más aún lo tienen aquellos que no se acuerdan de lo que sucedía en su etapa como estudiantes. Todos hemos pasado por ello y sabemos qué nos gustaba y qué no pero, no olvidemos que el gustar no significa que sea lo que debemos hacer porque, a veces en esta vida, hay que hacer cosas que nos gustan menos o nos cuestan un cierto trabajo para avanzar en ella y mejorar como personas. Nada, que como siempre sucede a estas horas, me acabo liando.

Quiero hablaros, como os he dicho antes, de los trabajos en grupo. Un modelo que se está implantando -y lleva mucho tiempo haciéndose- en muchas de nuestras aulas. Bueno, ahora se llama ABP, PBL o cualquier modelo de siglas que, seguramente, habréis visto en muchos sitios. Se diseña un proyecto, se eligen o permite elegir a los propios alumnos que monten sus grupos y, al final sale algo que, en ocasiones es muy bonito y en otras descubres que ha sido una pérdida de tiempo. Soy mucho de proyectos colaborativos en el aula. Bueno, cooperativos porque, al final, si uno falla, hago lo posible para que repercuta ese fallo en todos los del grupo. Y a la inversa también. Ventajas de dar una asignatura como Tecnología y saber que, en el taller el trabajo individual deja de tener sentido. Bueno, he de reconocer que hay docentes de mi especialidad que no lo entienden. También los hay que aún siguen usando libros de texto, comprando un kit prefabricado para los alumnos con lo que no tienen que usar las herramientas del taller o, simplemente, obvian cualquier cosa que les exija un mínimo esfuerzo. Por suerte solo he visto poquísimos personajes de este calado en mi devenir profesional y, curiosamente, las dos en el mismo centro. Solo se pierde un centro.

Los trabajos en grupo sólo tienen su sentido en caso que estén bien diseñados y pretendan que, más allá del producto final, se estimule la colaboración entre el alumnado dentro de sus posibilidades. Es una buena herramienta de inclusión siempre que los docentes estemos controlando al milímetro qué sucede en los grupos y que, al mínimo problema de funcionamiento en los mismos (que uno asuma todo el trabajo, que otro se despiste y que, el tercero sólo se dedique a criticar) se intervenga. Algo que sólo puede hacerse en el aula bajo supervisión directa y en grupos reducidos. Los talleres de Tecnología, al menos hasta los recortes y dejadez en la reposición de herramientas y maquinarias, permitían esos grupos reducidos. Algo que no permiten, por desgracia, la mayoría de asignaturas. Si no hay desdobles o los grupos son numerosos es imposible trabajar en grupo porque, como docente no puedes saber qué pasa. Y el trabajo en grupo exige mucho más esfuerzo a los alumnos y a los docentes para llevarse a cabo. Decir… ¡haced esto en grupo! no funciona. Menos aún si no llevas una planificación exhaustiva del asunto. Yo reconozco que en ocasiones he montado proyectos grupales sin pensar y lo que puedo deciros es que ha sido, en líneas generales, un auténtico fiasco. Lo mismo que ahora lo que está tan de moda como el ABP. Ningún sentido si no se programa y gestiona correctamente. Es muy fácil hablar de cómo implementarlo pero muy difícil de llevar a cabo un proyecto con sentido pedagógico.

Otra cuestión importante de los trabajos en grupos es el nulo sentido que tienen los que se mandan para realizar fuera del horario lectivo. Además, curiosamente, en muchas ocasiones se mandan trabajos sin sentido que ni vienen con instrucciones, ni se han explicado y que sólo van a poderse hacer si los hacen los padres. Lo he dicho claro… hay trabajos que se mandan para casa que los hacen los padres. Y no pocos. Lo del volcán es el ejemplo de toda la vida. Quién no ha hecho el volcán de sus hijos o la típica fortificación medieval que algunos de Sociales se empeñan en mandar. Eso en cuanto a trabajos individuales. Lo de los trabajos colectivos fuera del aula que obligan a tener hordas en tu casa semana sí y a la otra también ya es de traca. Chavales que acaban copiando de la wikipedia y que, al final, entre whatsapp y whatsapp, historia de Instagram y charlas varias acerca de otros temas, acaban perdiendo un tiempo muy valioso que podrían dedicarlo a algo productivo. Además, para los que defienden el modelo diciendo que en un proyecto de este tipo los aprendizajes se impregnan en la memoria, que vayan a preguntar a los chavales de qué se acuerdan de los trabajos de este tipo que han ido haciendo. De nada. Una absoluta pérdida de tiempo. Eso sí, a algunos les mola el formato. Lo de antes… o no tienen ningún tipo de sentido común o no saben qué sucede en las casas. Ya se lo he explicado yo pero dudo que nadie tenga, como mínimo, sobrinos que se lo pueden explicar. Un detalle sin importancia, ¿no os resulta curioso que sean determinadas asignaturas, normalmente muy maltratadas a nivel curricular o consideradas de forma errónea marías, las que más trabajos de estos mandan? Seguro que son solo casualidades. Bueno, lo de los trabajos colaborativos de religión ya es de traca. En este caso no los sufro directamente pero también tengo amigos que los matriculan en catecismo curricular.

Mi percepción como padre y como docente es que, al final, lo que menos prima en el sentido de las tareas es el sentido de las mismas. Especialmente en las que se mandan para casa. No, no me estoy refiriendo a los deberes como tales (algo de lo que se está hablando largo y tendido y que deberíamos racionalizar). Me estoy refiriendo a los trabajos grupales. A aquello que obliga a coordinar familias, a tirar del coche de los padres y a obligar a que, cada pocos días, en la casa de uno u otro haya chavales haciendo esos trabajos maravillosos que, al final, solo van a servir para que alguien cuelgue esos pósters en la pared, los padres aprendan mucho y cuyo sentido en el proceso de aprendizaje es entre cero y ninguno. Me da la sensación que hay prácticas que deberíamos erradicar con urgencia de nuestras aulas y, curiosamente, una de ellas se realiza fuera de las mismas. Sí, estoy a favor de prohibir mandar trabajos en grupo para hacerse fuera del aula porque el asunto acaba no teniendo ningún sentido.

En todo momento en el artículo estoy hablando de trabajos en grupo. No estoy cuestionando las tareas individuales ni, muchísimo menos, la personalización de las mismas para que, de forma racional, se realicen en casa.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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