A los detractores de la cultura del esfuerzo

Entiendo que, por cuestiones ideológicas, alguien pueda decir que no debe existir cultura del esfuerzo en el ámbito educativo porque no existe la justicia social. Puedo comprender también el negacionismo del concepto y de su utilidad por los que, a lo largo de su vida, han conseguido las cosas sin esfuerzo ninguno. También puedo comprender a aquellos que, por venir el concepto últimamente de foros y personajes a los que odian profundamente, hayan realizado una caza de brujas globalizada contra el mismo y contra todos los que lo intentemos justificar.

Pues bien, yo soy un defensor tanto de la cultura como del esfuerzo. Soy además un gran fan de la acepción 2 de la RAE en ambos conceptos. Acepciones que se expresan de la siguiente forma:

Cultura: conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

Esfuerzo: empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades.

Por tanto, no entiendo que alguien pueda estar en contra de adquirir conocimientos para desarrollar el juicio crítico. Tampoco entiendo que alguien, en caso de creer en la necesidad de que nuestro alumnado desarrolle el juicio crítico esté en contra de, en caso de ser alumnado con una situación más desfavorable de partida, el mismo pueda llegar a tener ese bagaje cultural que le permita mejorar socialmente.

Insisto en la cuestión de justicia social porque sí que la considero relevante. Tengo claro que, en ocasiones, los puntos de partida son muy diferentes y que, la facilidad para conseguir determinados aprendizajes y habilidades, es diferente en función de los mismos. Pero, ¿entonces qué hacemos? ¿Impedimos al alumnado que parte de un punto de partida inferior a que adquiera la posibilidad de mejorar? Es que, en ocasiones, no entiendo el discurso de estos negacionistas que, por desgracia, pululan en las redes, tienen un nutrido clan de defensores y un considerable apoyo mediático. Y que, curiosamente, en lugar de justificar sus posicionamientos, acusan de rojipardos, malos profesionales o directamente fascistas a los que defendemos un aprendizaje mediante esfuerzo. Todo en esta vida requiere un esfuerzo. Hasta abrir una lata de anchoas.

Entiendo que sea difícil recordar que el concepto de esfuerzo (o “fuerza del trabajo”), para algunos que cuestionan la cultura del esfuerzo desde su ideología “de izquierdas” (siempre lo remarcan), es un concepto puramente marxista. El marxismo defendía que lo que vale una persona es su capacidad de trabajo. Su capacidad de producir valores de uso. Y para ello, tal y como decía Marx en El Capital, se requería esfuerzo de los futuros trabajadores para llegar a ser lo más valiosos posibles. Algo que se hacía con esfuerzo y perseverancia en la consecución de objetivos. A mayor capital cultural, mayor fuerza se tendría como trabajador.

Es bueno ser un poco leído. Lo digo sin acritud ninguna. Sé que el esfuerzo de leer determinadas obras no está al alcance de muchos. Además, supongo que los que denostan la cultura del esfuerzo tampoco acaban leyendo nada más que cosas fáciles que no les supongan ningún esfuerzo. Uno no puede ser negacionista de la cultura del esfuerzo y esforzarse. Sería muy contradictorio.

Defender la cultura del esfuerzo no es defender “la letra con sangre entra”. Defender la cultura del esfuerzo, especialmente para el alumnado más vulnerable, es defender una sociedad más justa. Es defender que nadie se debe quedar atrás por partir relegados por el contexto en el que han nacido. Es intentar que los techos de cristal se rompan. Y para ello, por desgracia, se debe exigir un trabajo. Un trabajo que, aunque sepamos que a no todos les va a costar el mismo esfuerzo y a algunos les va a costar más, debe hacerse si queremos corregir ciertos puntos de partida.

Ajustar el esfuerzo a la situación de partida es un error. Lo que debemos hacer es dotar de recursos a quienes deben conseguir hacer que ese esfuerzo, que debe efectuar tanto el alumnado como el profesorado y sus familias, tenga como contrapartida una mejora social para todos los que lo hagan.

Finalmente, de este post, me gustaría que os quedara clara una cosa: sé que va a haber alumnado con un punto de partida mucho mejor que otros pero, esta discriminación no se arregla con menos esfuerzo. Esta discriminación se arregla con un mayor trabajo y esfuerzo de los que están discriminados. Es una mierda. Lo sé. Es injusto. También lo sé. Pero es la única opción para que consigamos, tal y como planteamos algunos, existiendo el contexto económico y social que existe, una sociedad más equitativa. Teniendo también claro que debe apoyarse, con un montón de recursos, a ese alumnado más vulnerable, pero eso es algo que no va reñido con la cultura del esfuerzo.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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6 comentarios

    1. Por eso no debemos renunciar al “capital social incorporado”. Algo que solo, por desgracia, se consigue con esfuerzo. Especialmente cuando se parte de un lugar inferior. Saludos.

  1. No debería sorprender que una sociedad que importa mano de obra adulta a espuertas (independientemente de que se haga por abaratar la fuerza de trabajo o por solidaridad con los que huyen de sus países o porque no quede más remedio), inevitablemente pierda interés por la educación de su juventud. La educación es una inversión a muy largo plazo, demasiado largo para los ciclos electorales …

    1. Incluso las leyes educativas son cortoplacistas en nuestro país. Mira cuántas tenemos. Y en nada, si los resultados son los que infieren algunos, tendremos otra. Al final se van a quedar sin siglas. Lo digo por tomarme con sentido del humor algo que, lamentablemente, es muy triste.

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