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Lo que cuentan en redes sociales sobre educación… y lo que pasa realmente en sus aulas

Hay un fenómeno fascinante en educación… cuanto peor le va a alguien en el aula, mejor le funciona en redes sociales. No falla. Cuanto más se desmorona un grupo real frente a un docente, más impecable aparece ese docente en sus redes sociales. Proyectos impecables, alumnado feliz, reflexiones profundas sobre la enseñanza del siglo XXI… Una versión tan pulida de sí mismo, que si la educación fuese un escaparate, estaría en la sección premium, justo al lado de los perfumes caros e inaccesibles para el bolsillo.

Yo siempre he pensado que, la diferencia entre lo que pasa en redes y lo que pasa en un aula, es como la diferencia entre una foto profesional de comida y la comida real que te llega a casa. Una ilusión bien iluminada versus la vida tal cual. Pero en educación esto se multiplica. A veces te encuentras a alguien mostrando un proyecto tan perfecto, tan mágico, tan lleno de aprendizajes significativos, que casi te entran ganas de preguntar en qué planeta enseña para ver si puedes pedir traslado. Y, ya puestos, una nave interestelar con un mueble bar bastante completito.

Pero luego ocurre lo inevitable. El mundo docente es muy pequeño. Hablas con alguien que trabaja en su centro. No hace falta buscarlo; aparece. «¿Ah, sí? ¿Ese? Pues en clase no lo tragan.» O bien… «Todo eso que publica… ya nos gustaría verlo aquí». O el clásico… «Si enseñara la mitad de bien de lo que escribe, nos haría un favor a todos». Y tú te quedas en silencio, porque claro, la realidad desmonta las panorámicas perfectas que te han vendido por alguna de esas redes sociales por las que naufragas a menudo.

No es un caso aislado. Es un género. Una tribu entera. Gente capaz de convertir un martes caótico en un carrusel de Instagram donde todo parece fluir con la naturalidad de un documental de animales. Gente que sube frases inspiradoras mientras su grupo, según cuentan sus compañeros, lleva media hora luchando por entender la diferencia entre sumar y restar. Gente que predica innovación mientras sus alumnos cuentan los minutos para salir por la puerta. Y lo más divertido, es que esa distancia entre lo que dicen y lo que ocurre no solo es grande. Es interplanetaria.

Ojo. No estoy diciendo que todo lo que se publica sea mentira. Hay docentes brillantes que hacen cosas maravillosas y que, además, son igual de buenos dentro y fuera de las redes. Pero hay otro grupo que ha convertido su perfil en una ficción creativa. Una especie de realidad paralela donde la innovación sale a la primera, los alumnos se iluminan con cada actividad y el aula es un templo del pensamiento crítico. Luego resulta que su pensamiento crítico se limita a poner la mesa del claustro mirando al proyector.

Lo más peligroso de esta película no es que vendan humo. Es que hay quien se lo compra. Hay quien ve esa vitrina digital y piensa que eso es la norma, que si su alumnado no flota espiritualmente durante un proyecto es porque algo está haciendo mal. Y no. Lo que pasa es que en redes nadie publica cuando no funciona, cuando hay ruido, cuando la actividad se hunde, cuando dos alumnos discuten, cuando un grupo no entiende nada o cuando, simplemente, no te sale. Eso no da likes. Eso no vende. Eso no construye marca personal.

Por eso, mi consejo es sencillo. No te creas nada del todo. Ni lo perfecto ni lo catastrófico. Las redes son un teatro, y en educación hay quien lleva años actuando sin que se le mueva el maquillaje. La enseñanza real pasa en voz baja, sin filtros, sin poses y sin discursos grandilocuentes. Pasa cuando el aula te contradice y tú te adaptas. Pasa cuando lo que sale mal te enseña más que lo que sale bien. Pasa cuando dejas de comparar tu trabajo con gente que vive en un escaparate y vuelves a mirar a quienes tienes delante, que son quienes de verdad importan.

Que la innovación siga en redes, si quieren. La educación, la de verdad, sigue en las aulas. Y en las aulas no necesitamos postureo. Necesitamos honestidad. Y quizá un café más. Pero eso ya da para otro día de aporrear el teclado.

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Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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