La evaluación… o cuando la teoría se va de cañas

Hay una palabra que, desde hace un tiempo, aparece por todas partes en educación y que provoca la misma mezcla de ilusión y sudor frío que la idea del aprendizaje personalizado. Estoy hablando del concepto de «evaluación». Pero no evaluación a secas, no. Evaluación auténtica. Significativa. Formativa. Competencial. De proceso. Global. Casi dan ganas de ponerse música celestial de fondo o, en versión más innovadora, el último single de Rosalía. Si suena tan bien, ¿cómo no abrazarla? Hasta que, claro, llega el momento de hacerlo en el aula y la realidad vuelve a saludar con esa sonrisa irónica que conoce muy bien nuestras ilusiones y nuestras ojeras.

La teoría está clara. Menos exámenes, más reflexión; menos número, más feedback; más caminar, menos meta; más palabras que dígitos, más diálogo que calificación. Suena precioso. Y tiene sentido. Pero luego entras en el aula y vas a empezar esa evaluación maravillosa cuando alguien te pregunta dónde está su estuche, otro necesita ir al baño urgentemente porque no desayunó y el nervio gástrico se le ha despertado de golpe, otro está bloqueado sin saber qué hacer y otro ya ha terminado antes de que acabes de explicar. Todo legítimo, todo humano, todo educativo… y todo, por supuesto, pasando a la vez.

Así que empiezas a circular, a acompañar, a corregir en forma susurro, a lanzar preguntas que invitan a pensar sin que nadie se duerma en el intento, a hacer malabares entre quien necesita más estructura y quien pide más libertad. Y en cada paso vas pensando en esa utopía en la que todos se autorregulan, se autoevalúan y se autoiluminan sin más intervención que un gesto espiritual por tu parte. Ojalá. Pero no. Lo que hay es emoción, confusión, ruido, aciertos, tropiezos y pequeñas victorias que nadie ve más que tú y ellos. Que también es aprendizaje, aunque no venga con hashtag o puedas publicarlo en las redes sociales.

Evaluar así requiere tiempo. Requiere energía mental. Requiere una memoria emocional que ni tu nube puede almacenar. Requiere recordar que el alumno que no entrega hoy quizá ha conseguido no frustrarse por primera vez en semanas. Requiere saber que la alumna que ha sacado un nueve no lo ha tenido fácil porque detrás de ese nueve hay miedo escénico, exceso de autoexigencia y la certeza íntima de que, si bajaba a ocho, no se habría perdonado. Requiere ver que alguien que apenas escribe ha logrado planificarse dos pasos. Pequeños pasos tan valiosos que casi deberían venir con aplausos incorporados.

Y sí, de vez en cuando evalúas también «a la clásica». Porque la vida real no siempre cabe en teorías suaves. Porque hay alumnos que necesitan ese formato. Porque medir también enseña, cuando no se usa como castigo sino como herramienta. Y porque no pasa nada por admitir que la mezcla es más humana que el dogma. Ningún alumno ha perdido creatividad por responder diez preguntas claras. Algunos, de hecho, agradecen saber exactamente qué se espera de ellos. Y eso también es educación. Claridad sin rigidez, exigencia sin miedo.

Al final, evaluar no es contar aciertos ni medir competencias con una lupa mágica. Evaluar es mirar con calma lo que estás viendo todos los días. Quién avanza, quién se frena, quién está listo, quién necesita aire, quién florece poco a poco y quién va a su ritmo, aunque ese ritmo no salga en las gráficas. Evaluar es escribir mentalmente notas invisibles. Confía en sí mismo por primera vez, ha entendido que puede equivocarse sin hundirse, ha ayudado a otro sin que nadie se lo pidiera. Y no existe rúbrica para eso, pero tú lo ves. Y ellos lo sienten.

Así que sí, seguimos evaluando de verdad. No porque lo diga una corriente metodológica o una campaña bonita, sino porque es la única manera de acompañar sin perder el alma. No siempre perfecto, no siempre sublime, pero siempre honesto. Y cuando llega el final del trimestre y miras atrás, te das cuenta de que más allá de números y criterios, están las miradas que cambiaron, las manos que se atrevieron a escribir, las voces que empezaron a decir yo también puedo.

Y ahí entiendes que, aunque nadie vaya a ponerlo en un Canva, o vaya a aparecer en una presentación de esas que solo valen para vender humo, la evaluación más real es esa que ocurre mientras enseñamos, sin música épica, sin carteles, sin ceremonia. La que se construye con humanidad. La que te hace seguir volviendo mañana, incluso sabiendo que otra clase te preguntará dónde va el nombre en la hoja.

Los docentes saben evaluar muy bien. Y da igual el método que usen. Lo importante es que lo hagan de forma sencilla y clara para sus alumnos porque, en caso contrario, lo único que va a suceder es que nadie va a saber qué está evaluando ni el alumno saber cómo lo está haciendo.

Disculpadme si no he sido muy coherente hoy. Estoy cansado y, como he dicho en más de una ocasión, escribir me relaja. Y lo hago, como bien sabe la gente que me conoce, casi siempre para mí aunque agradezco mucho que os paséis por aquí.

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