La escuela como laboratorio de ingeniería social
Si uno se asoma a los currículos actuales o a los libros de texto «más modernos y más acordes con el modelo competencial» que inundan las aulas, lo que encuentra no es una hoja de ruta para el conocimiento, sino un manual de instrucciones para el ciudadano perfecto. Hemos permitido que la ingeniería social entre en la escuela por la puerta grande, y lo hemos hecho mientras mirábamos hacia otro lado, entretenidos con el último debate sobre si las tablets deben tener fundas de colores.
El objetivo de la escuela ya no es que el alumno aprenda a pensar por sí mismo, sino que aprenda a repetir las consignas del mes. Hemos sustituido el rigor académico por un catecismo ideológico que nadie ha votado, pero que todos estamos obligados a predicar si no queremos acabar en el pilón de los cancelados.
Resulta fascinante (y aterrador) ver cómo se dedica más tiempo a diseccionar la identidad del alumno que a enseñarle a diseccionar un texto de Quevedo o a entender las causas de la Revolución Francesa. Estamos priorizando las sensibilidades sobre las verdades históricas o científicas. Si la realidad incomoda al dogma del momento, se edita la realidad, se edulcora o, directamente, se elimina del temario para no ofender.
Eso no es educación; es adoctrinamiento blando. Estamos creando una generación que se sabe de memoria todos los términos del lenguaje inclusivo pero que es incapaz de resolver una ecuación de segundo grado o de localizar los Pirineos en un mapa. Y lo más triste es que lo vendemos como justicia social. No hay mayor injusticia que condenar a un chico de barrio a la precariedad intelectual mientras se le llena la cabeza de eslóganes. La ideología no paga las facturas; el conocimiento, sí.
Y en medio de este circo estamos nosotros, los docentes. Nos han convertido en comisarios políticos a base de miedo. Miedo a que una palabra mal interpretada, un ejemplo poco afortunado o un texto clásico que hoy se considera ofensivo termine en una denuncia en inspección o en un linchamiento en el grupo de WhatsApp de turno.
La libertad de cátedra está muriendo bajo la tiranía de lo políticamente correcto. Se enseña con pies de plomo y la cabeza gacha, evitando los charcos y, por tanto, evitando el pensamiento crítico. Si el profesor tiene miedo a hablar, ¿cómo vamos a pretender que el alumnado aprenda a cuestionar? Estamos diseñando un entorno donde la obediencia al dogma es el único camino seguro para no tener problemas.
La escuela debe volver a ser un lugar de libertad intelectual, no un centro de reeducación de masas. Menos dogmas de colores y más ciencia, más rigor y más clásicos. O recuperamos el aula para el saber, o terminaremos con una generación de activistas analfabetos, muy convencidos de sus consignas pero totalmente inútiles para entender la complejidad del mundo real.
Basta ya de usar a los hijos de los demás como cobayas. La escuela es para enseñar cosas que se puedan demostrar, para leer libros que te vuelen la cabeza y para aprender que el mundo no es un lugar seguro diseñado para no herir tus sentimientos. El resto, las creencias y las ideologías, que se queden de la puerta para afuera.
Tened cuidado ahí fuera. Los que os dicen que «todo es política» o que se pasan el día abogando por «dar la batalla cultural en el aula» son los mismos que quieren que la única política sea la suya.
Estos últimos artículos los he escrito al revés de lo que hacía habitualmente. Antes, primero escribía el artículo y, en ocasiones, lo convertía en hilo de X (antaño Twitter). Ahora estoy redactando primero los hilos y después, de una forma más o menos chapucera, los estoy pasando a artículo. Seguro que, en poco, volveré a cambiar la dinámica. O no. Quién sabe. El futuro no está escrito.
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