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Hoy he estado a punto de volver a Twitter

Ya sabéis que este blog, aparte de cuestiones educativas o reflexiones profesionales, también sirve para contaros ciertas cosas. Entre ellas cosas que pasan por mi cabeza. Lo sé. Mi cabeza está muy falta de amueblar pero, quizás sea por ello por lo que nunca me faltan ganas de vivir, experimentar y reconocer mis errores. No es incongruente. Es un simple planteamiento vital.

Tengo la gran suerte de tener una gran familia. Tengo un trabajo que me gusta y que, aunque vaya alardeando de ser un “mercenario de la tiza vacacional”, tanto en redes como en el blog, caigo en muchas ocasiones en la tentación de preocuparme por mi alumnado. Bueno, creo que me preocupo siempre por ellos. Es mi trabajo. Mi trabajo, al igual que el de mis compañeros, es intentar ayudar al aprendizaje. Y para eso, en muchas ocasiones, debemos abordar la faceta humana. No trabajamos con tornillos ni con métricas exactas. Ni los que queremos una capacitación y habilitación basada en conocimientos, ni los que quieren otra cosa que muchos no sabemos qué es. Seguro que lo plantean con toda la buena intención del mundo. Pero bueno, de buenas intenciones están los cementerios llenos. Algo que es un problema para determinados discursos.

Voy a retomar el título del post. Hoy, después de la agresividad de determinados personajes en la red del pajarito, me había planteado volver a Twitter para expresar mis opiniones. Poniendo, además, una foto de un cielo gris para indicar toda la gama de colores que puede existir en esa red. El problema, por desgracia, ha sido que me ha podido más la razón que el corazón. El saber que algunos solo esperan a que vuelva para empezar su ristra de insultos y descalificaciones. Con lo sano que es para los que no quieran debatir ni argumentar, callarse. O soltar su discurso para los suyos. Es que algunos no tenemos nuestros. Tenemos gente interesante con la que nos apetece charlar. Y algunos nos han quitado la posibilidad de hablar. Al ir quitando esa posibilidad, reconozco que muchos, entre ellos yo, nos hemos puesto a enviar masivamente a escaparrar a determinados personajes.

A mí no me apetece tomar una cerveza con ninguno de los firmantes del discurso rojipardo en educación. A algunos los tenía en estima pero, después de firmar lo anterior, no quiero saber nada más de ellos. No, no voy a contestarles sus mensajes ni voy a interactuar más a lo largo de mi vida con ellos. El problema es que, ¿ellos me van a dejar en paz? ¿Sus acólitos me van a dejar en paz si vuelvo a Twitter? ¿Voy a poder hablar de cuestiones educativas en hilos o comentar determinadas noticias? Tengo mucho miedo al ad hominem. Especialmente de determinados tipos y tipas que deberían ir más al bar. Joder, que le den la turra a los del bar. Yo solo pido un poco de tranquilidad y poder decir lo que creo. Equivocadamente o no. Eso ya es otra cuestión.

Es una pena que me hayan echado de Twitter. No me he ido. Me han echado. El problema es que, curiosamente, te acaban echando los del “respect” en la boca. Los de la inclusión. Los de las palmaditas en la espalda. Los que, supuestamente, son los más políticamente correctos y siempre tratan con deferencia a todo el mundo, con independencia de que piensen o no como ellos. Los que quieren un debate con argumentos y son incapaces de argumentar. Esos que solo toleran a los que piensan igual que ellos. Y, sinceramente, para ello te planteas si vale la pena.

Hoy he estado a punto de publicar el tuit. Lo tengo en borradores. No sé si algún día volverá a aparecer. No necesito hacerme publicidad. No necesito estar en Twitter para vender mis novelas de dudosa calidad. No necesito buscar amiguetes para que me contraten para dar cursos de formación. No necesito tener un club ni necesito pertenecer a una secta. Necesito, tan solo un espacio para poder charlar, debatir y discrepar. Con mayor o menor acidez y cinismo. No me preocupa el matiz. Lo que sí que me preocupa es otra cosa. Y creo no ser el único preocupado.

Echo de menos Twitter. Lo reconozco. El problema es, como me ha dicho un amiguete de esos que conocí por ahí, el para, el por y el porqué. Y son preguntas que aún no tienen respuesta clara.

Un abrazo al no-claustro de Twitter. Moláis mucho menos que el mío, pero debo reconocer que hay gente ahí maravillosa. Gente con la que compartiría -o volvería a compartir- café, cerveza y charla. Con algunos sigo compartiendo muchas cosas. Eso sí, la cama la tengo comprometida para los próximos años. Aunque no la tuviera comprometida… a los interesados en compartirla, ya os aviso que ronco. Y no poco.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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