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IA en educación: lo que sirve, lo que no y cómo empezar

Tal como dije ayer en mi cuenta de X, a diferencia de lo que pensaba en los inicios de su irrupción, en la actualidad creo que la IA tiene una potencialidad enorme en el ámbito educativo. Eso sí, ya sabéis los que me leéis habitualmente que, cuando hago ciertas afirmaciones, me gusta siempre, en esta (mi/vuestra) casa, desarrollar un poco más esa frase lapidaria que, por desgracia, en los últimos tiempos da la sensación de que sea lo único para lo único que sirve esta red social.

Fuente: https://x.com/xarxatic/status/1971603308696719365l

En esto de la educación hay modas que vienen y van. Ahora la palabra mágica es “inteligencia artificial”. Basta ponerla en el título de un congreso para que la cosa suene futurista y moderna, aunque dentro no haya más que el mismo humo de siempre con un envoltorio distinto.

Lo que pasa es que detrás de tanto ruido hay algo que sí puede ser útil. No, la IA no va a resolver todos los problemas de las aulas. No va a enseñar a leer mejor ni a multiplicar sin fallos. Eso lo seguimos haciendo los docentes. Pero sí puede echarnos una mano en cosas muy concretas. Y ahí está la diferencia. Usarla con sentido o convertirla en otra moda más.

¿Qué puede aportar la IA a los docentes?

1. Tiempo.
Todos sabemos lo que significa perder horas en papeleo, informes o en inventarse veinte variantes de un mismo ejercicio. La IA ahí funciona. Genera lo repetitivo y te devuelve tiempo. Y ese tiempo, si se usa bien, es oro.

2. Feedback inmediato.
Una de las grandes carencias de la enseñanza es que el feedback llega tarde. Cuando corriges ya es demasiado tarde. Con IA, el alumno recibe pistas al momento. No le da la respuesta, le da la posibilidad de corregir sobre la marcha. Y eso cambia mucho las cosas.

3. Ajustarse al nivel del alumnado.
En una clase tienes a quien vuela y a quien se hunde. La IA puede adaptar materiales para que ninguno se quede atrás ni se aburra. No hace milagros, pero ayuda a que las diferencias no sean abismos. Recordad que adaptar materiales, con los tiempos que hay, es algo totalmente imposible a nivel práctico.

4. Detecta señales de alerta.
A veces un suspenso no es cuestión de no saber, sino de fallar siempre en lo mismo. La IA, al analizar patrones, puede avisar antes. No sustituye al ojo del docente, pero sí le da más información para actuar a tiempo.

5. Permite una inclusión real en algunas situaciones.
Subtítulos en directo, textos adaptados, lecturas simplificadas. Cosas que antes eran impensables ahora se pueden hacer con un par de clics. Y eso significa más alumnos participando en clase, no menos.

6. Consigue una evaluación más justa.
La típica foto fija del examen de junio deja fuera todo lo demás. La IA permite seguir el proceso: ver cómo evoluciona el alumno y no solo cómo se la juega en una prueba. Eso no elimina las notas, pero sí las completa.

Ya. Parece maravilloso. Diseña situaciones de aprendizaje, las adapta, permite realizar maravillosas programaciones con poco más que un par de instrucciones bien diseñadas. Pero, por desgracia falta la segunda parte. Esa de la que, especialmente los que viven de vender IA en el ámbito educativo, pocas veces cuentan. Así pues, toca segunda parte del post.

¿Qué no va a hacer la IA?

1. No educa.
La IA no transmite pasión, no motiva, no inspira. Eso sigue siendo cosa nuestra.

2. No sustituye el criterio docente.
Los sistemas se equivocan. Mucho. Quien tiene la última palabra es el docente. Siempre.

3. No arregla desigualdades.
La IA no compensa la falta de recursos ni las diferencias sociales. Pensar eso es puro autoengaño.

4. No es neutral.
La tecnología lleva sesgos incorporados. Usarla sin espíritu crítico puede traer más problemas que soluciones.

5. No convierte en innovador a nadie.
Meter IA en clase no te convierte en revolucionario. La innovación no está en la herramienta, sino en lo que haces con ella.

Lo sé. Ahora vendrán aquellos que siempre intentan buscar un pero a todo lo que digo diciendo, por ejemplo, que no digo cómo empezar a usarla y que me quedo en cuatro cuestiones básicas. Pues, esta vez, al igual que hago en muchas ocasiones, voy a permitirme dar unas recomendaciones acerca de cómo empezar con la IA.

  • Empieza pequeño. No intentes cambiar todo a la vez. Prueba en un tema, en una actividad concreta. Mira cómo funciona y ajusta.
  • Evalúa resultados. No des por hecho que funciona. Observa si el alumnado mejora, si entienden más o si se pierden igual. Y decide en base a eso, no al hype.
  • Explícalo. Si usas IA, cuéntalo. A los alumnos, a las familias. La transparencia evita suspicacias.
  • Revisa siempre. Lo que genera la IA no es palabra de ley. Revisa, corrige, adapta. La responsabilidad sigue siendo tuya.
  • Comparte experiencias. Esto está arrancando. Lo que funciona en tu aula puede servir a otros, y viceversa. Cuanto antes nos quitemos el miedo, mejor.

La IA no es magia, ni humo, ni ángel, ni demonio. Es una herramienta. Y como casi cualquier herramienta, su valor depende de quién la use y para qué.

La pregunta no es si va a entrar en las aulas. Lo está haciendo, nos guste o no. La pregunta es si se va a potenciar su uso como juguete de gurús o como aliado real de los docentes. Si se usa para llenar congresos o para mejorar el día a día de las clases.

Yo lo tengo claro. Si sirve para ganar tiempo, detectar problemas antes y dar más oportunidades al alumnado, bienvenida sea. Pero si solo viene envuelta en marketing y frases huecas, mejor dejarla en la estantería de las modas olvidadas.

Y sigo pensando lo mismo que lo que escribí en la publicación de ayer… un docente que use bien la IA va a ganar tiempo. Un tiempo que, o bien puede dedicar a su alumnado o bien, a algo que en muchas ocasiones se olvida, a las cosas fuera del trabajo. Porque, tal y como he defendido siempre, la docencia es una profesión y no una manera de vivir. No se es docente. Se trabaja de docente.

Disfrutad de este sábado. Puede ser un buen día. Al menos que no sea porque no lo intentéis.

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