La desprofesionalización del profesorado

En educación tenemos un problema que, a diferencia de lo que sucede en otros ámbitos, ejerce una presión para desprofesionalizar al profesorado. Y está, curiosamente, basada en las buenas intenciones y en la necesidad de “cubrir” carencias del propio sistema o, simplemente, taparle las vergüenzas cara al alumnado y a sus familias.

El otro día hubo un debate en las redes sociales (una pena que, en ocasiones solo se den debates ahí), acerca de las funciones de los maestros especialistas en Audición y Lenguaje y de los especialistas en Pedagogía Terapéutica. Funciones que, a nivel normativa quedan muy claras pero que, en muchos centros educativos, acaban convirtiéndose en recursos asignados a la codocencia para que puedan “ayudar” a alumnado que va mal en lenguas o matemáticas. O, simplemente, hacer talleres de refuerzo. Y eso no es así. Eso es malgastar unos recursos y desprofesionalizar a los especialistas.

Claro que vamos con ratios muy cargadas y, en ocasiones, por (su) deber moral algunos optan por gestionar sus centros al margen de las funciones de su profesorado. Claro que los coordinadores TIC acaban arreglando ordenadores y proyectores. Claro que, en muchas ocasiones, hay profesorado que acaba limpiando su aula e, incluso en caso más extremo, montando determinadas estanterías o espacios en sus centros educativos. En mi caso, al trasladarnos el curso que viene a un nuevo centro educativo, todavía en fase de construcción, ya se habla de que los docentes debemos hacer la mudanza de cosas de nuestro centro actual al nuevo. Y ya hay quien está hablando de usar los coches particulares para hacerlo.

La verdad es que cada tarea que no nos es propia, que hacemos seguramente con toda la buena intención del mundo, para que siga funcionando el sistema educativo, nos desprofesionaliza. Hacer cosas que no marca el contrato laboral de uno o, simplemente, convertir nuestras herramientas y recursos personales en herramientas y recursos a disposición de nuestro trabajo, acaba haciendo que jamás se nos dote de esas herramientas y recursos por parte de la administración (o empresa, en caso de centros educativo privados) que necesitamos para dar clase.

Falta un conserje y no se sustituye porque hay otro conserje o algún docente que acaba haciendo su función. Falta un administrativo y lo mismo. Así no se puede mejorar la educación. Así no vamos a conseguir nunca los recursos que necesitamos. Una cosa es atender al alumnado lo mejor posible y, por motivos obvios, no desatenderlos. Y otra muy diferente es, como sucede en el caso de profesorado de baja sin cubrir, aumentar horario del resto del profesorado para que les dé clase. Lo sé. La presión, por ejemplo del alumnado de segundo de Bachillerato que va a Selectividad, es muy alta. Lo que acaba convirtiéndose en una trampa porque, por ese motivo, muchos Departamentos acaban asumiendo las horas de los profesores de baja en esos cursos hasta que vuelva o envíen sustituto.

Ser profesional incluye hacer tareas que a uno le son propias o tiene marcadas en el contrato. Vale para educación o para cualquier otro ámbito laboral. Eso sí, hacer cosas que no corresponden, bajo cualquier tipo de premisa (especialmente, como he dicho en el ámbito educativo, ser acusado de falta de empatía por no querer hacerlo), es ir en contra de los profesionales de la educación. Y, de rebote, estamos dando un mal ejemplo a nuestro alumnado.

La desprofesionalización del profesorado no consiste solo en vendernos motos pedagógicas o leyes infumables. También consiste en que, por determinados motivos, los profesionales de la educación nos dediquemos a cuestiones que no nos son propias. Eso sí, hay algunos que están encantados de la vida por “ser imprescindibles” y que cuenten con ellos “para limpiar los baños de su centro”. Otros, por desgracia, a veces caemos en ciertas trampas pero, por suerte, hemos empezado a decir que NO. Y decir que NO, en ocasiones, aparte de ser sano, nos hace mejores profesionales.

Es que si no arrimamos todos el hombro esto no se va a hacer. Pues no se hace. Y punto.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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3 comentarios

  1. El año de la pandemia se me adjudicó un grupo de “español para extranjeros” una hora a la semana. Obviamente no es la especialidad de un licenciado en Bellas Artes, pero así con toda la incoherencia, me llegó un grupo de niños diversos con niveles desde niño marroquí de centro de menores y nivel cero hasta inglesa tímida que no hace por hablar. Según la dirección fue sugerido por inspección. El sindicato me dijo que lo consultaría… Llegó la pandemia en pocas semanas y se acabó. Esa es la filosofía de atender los problemas. Saludos

    1. Gracias por contar tu experiencia. Una pena. Es, como bien dices, la filosofía de la administración y de algunas direcciones.

  2. Zapatero a tus zapatos, de acuerdo, pero no se estará apuntando a una atomización de actividades que limitará las funciones docentes y esperar que el otro lo haga, me parece también muy mezquino el contenido. En una sociedad del conocimiento y el abuso (personal) de una globalización que nos está consumiendo pero también sirve para justificar un statu quo y esperar.

    Saludos.

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