Hacia un manifiesto negro de la Escuela del siglo XXI

En educación tenemos una situación muy complicada y, bastante enrevesada por cuestiones ideológicas muy complejas. Tenemos una gestión educativa con una ideología supuestamente de izquierdas que legisla contra un determinado tipo de izquierda. Y, en ocasiones, tomando medidas que, claramente benefician a intereses neoliberales o de pura especulación educativa. Hemos de reconocer, mal nos pese a algunos, que han sido esos gobiernos de izquierdas los que crearon la subvención oficial para centros privados (léase conciertos educativos), han cerrado tropocientas líneas en centros públicos de determinadas Comunidades, diseñaron una ley educativa que permite en Cataluña seleccionar a más del 90% de la plantilla no funcionarial con plaza definitiva de los centros públicos, mantienen la religión y han complicado más la burocracia a los docentes.

Nunca ha habido tantos recortes en educación como en épocas de gobierno, supuestamente de izquierdas. Y recortes muy poco contestados por parte de los docentes ya que, una de las características que tiene la izquierda en este país, es controlar mucho mejor las calles y los Claustros. Y lo mismo, efectuado por partidos de derechas, hubiera llevado a un rechazo social mucho más importante. Lo de arder las calles siempre -y no solo en nuestro país-, salvo cuatro cafres que se apuntan a la juerga y que pasan de la ideología, es algo que solo sucede cuando no hay un gobierno de izquierdas. También en educación. Debe ser que no hay partidos de izquierdas. A lo mejor es eso y todo se reduce a la existencia de partidos de derechas cuya única diferencia es que unos hacen denominándose de izquierdas, mientras otros lo apuntalan cuando les toca el turno de gobernar.

Pero más allá de lo anterior, aplicable no solo al ámbito educativo, lo que me preocupa es que haya más docentes “con altavoz” que sigan determinadas directrices, justifiquen lo injustificable, sean incapaces de ver la realidad y pretendan, desde una manipulación burda para cualquiera que quiera verla, avalar determinadas cuestiones perjudiciales para el alumnado. Pero, al final, lo que más me preocupa es que sean incapaces de contraargumentar contra cosas que no les interese escuchar, acudiendo al concepto  de carca, trasnochado, profesaurio o cualquier otra palabra que pretenda evitar el contraponer algo elaborado. Incluso ayer tuve que escuchar de alguien, a quien aprecio mucho, que lo que hacen los docentes en el aula no es pedagogía. Pues sí, apaga y vámonos. Y eso que tenemos ideas muy parecidas acerca de cómo deberían hacerse ciertas cosas.

Debo confesar que os he estado mintiendo diciendo que estos días (finales de junio y lo que llevamos de julio) no he leído nada relacionado con la educación. No es cierto. He leído (o más bien releído) un texto que, a pesar de deber matizarse muchísimo en mi opinión y tener cosas que no comparto en absoluto, debería leerse en todas las Facultades de Educación y en el Máster del Profesorado. Se trata del Panfleto Antipedagógico de Ricardo Moreno (podéis leerlo aquí). Un texto muy controvertido donde, sin pelos en la lengua, un profesor de Matemáticas (creo que ya jubilado, porque le he perdido la pista) expone los problemas que le ve al modelo educativo que surgió tras la LOGSE. Es bueno dar al alumnado, aparte de las directrices de Mar Romera, de la de las sandías, ponerles en bucle el libro de Ken Robinson o hablarles de que solo es bueno seguir un determinado modelo pedagógico, alternativas para que se planteen qué tipo de docentes quieren ser. ¿O no iba de esto la formación del profesorado? Debe ser que, visto lo visto, solo tiene cabida hablar de los “buenos”. Y los buenos son los que dicen otros “que sí que saben que es lo bueno”.

La verdad es que resulta curioso que se critique en bloque ese texto. Más todavía que la crítica proceda por parte de determinados docentes que, supuestamente se autoetiquetan como docentes progresistas o de izquierdas. Especialmente cuando hay defensa de la Filosofía y cuestionamiento de la impartición de religión. Eso mezclado con otros párrafos en los que se dice lo mismo que están diciendo ciertos “innovadores” muy críticos con el discurso del panfleto, hace que la crítica hacia ese texto no pueda sostenerse argumentalmente salvo que a uno le remueva la conciencia ciertas cosas que está leyendo.

Con todo, se comprende que un profesor de hoy no quiera que sus alumnos pasen por lo que tuvo que pasar él, cuando le hicieron aprender de corrido el catecismo o las comarcas de toda España. La memoria se desarrollaba, pero el procedimiento era tan aburrido y las cosas aprendidas tan poco interesantes, que la aversión por la memoria que hoy padecemos es un resultado bastante explicable. Ahora bien, a la hora de elaborar su metodología, un profesor no puede caer en la tentación de exorcizar a los demonios que le atormentaron de niño. Al contrario, después de un cuidadoso examen, debe recuperar las cosas aprovechables de la enseñanza que recibió. Más fácil es, por supuesto, descalificarla sumariamente con el apelativo de “franquista”, y ahorrarse de este modo la siempre incómoda reflexión, pero si cada generación piensa que lo progresista es hacer lo contrario de lo que hicieron sus padres, no haremos más que repetir los errores de nuestros abuelos. Si los métodos para educar la memoria eran malos, habrá que buscar otros, pero suprimir la memoria por esta razón es tan absurdo como suprimir los hospitales cuando la sanidad funciona mal. Más sensato será mantener los hospitales y procurar que la sanidad funcione bien.

Estoy convencido de que la mayoría de los que critican ese texto ni tan solo lo han leído. Eso pasa incluso en publicaciones mucho más sintetizadas de los medios cuando hablan de educación. Algunos no pasan del titular y ya se ponen a perrear (si es de los suyos) o a ladrar (si es de los otros). Lo de juzgar por la tapa es algo en lo que no deberíamos caer como profesionales de la educación.

Resultaría imprescindible que, en lugar de proceder a publicar tuits, enlaces a investigaciones de amiguetes, noticias en la que en muchas ocasiones algunos no pasan del titular o se defendiera -o más bien ignorara- determinadas aberraciones educativas, se trabajara en proponer cosas o reflexionar en algo más que ese espacio tan limitado que suponen las redes sociales. Además, ello permitiría coger todo lo bueno que se dice (por profesionales de la docencia que piensan igual o diferente que nosotros), eliminaríamos el sesgo ideológico y podríamos plantearnos que, quizás, lo que tenemos es que dejar de pervertir el discurso educativo en función de unicornios o de si mandan los nuestros.

Yo, aprovechando que este verano tengo tiempo y me gusta escribir, voy a intentar (esta vez no lo prometo porque, sinceramente, estoy muy vacacional de playa, piscina, horchata, paella y tocamiento de mis partes mientras leo cosas que nada tienen que ver con mi profesión) hacer mi propio manifiesto. No lo llamaré panfleto y no irá contra nadie (o quizás vaya contra todo). Simplemente serán mis reflexiones, que intentaré sean lo más neutras posibles, acerca de qué tenemos en la Escuela del siglo XXI. Un manifiesto negro que, quizás, al final se renombre como gris porque, a diferencia de otros, yo sí que creo en que no todo debe ser blanco o negro. Hay muchas gamas de grises. Y unos grises casi tan bonitos como el color de mi cabello, aunque sé que es imposible.

Cuando he hablado de izquierda y derecha al principio del post, lo estoy haciendo en referencia a lo más mediático del concepto. Tengo muy claro que dentro de los partidos políticos y en las administraciones educativas, hay políticos muy válidos y otros que distan mucho de serlo. Y en este caso depende más de la persona que del partido en el que milite. Lo mismo en docencia. Uno no es mejor ni peor docente por votar un partido u otro. Uno es mejor o peor docente por ser mejor o peor profesional y hacer mejor o peor su función… que es la de intentar que su alumnado aprenda. Y no siempre se consigue por bueno que uno sea.

Disfrutad del día de hoy que, al ser fin de semana, algunos teniendo la playa a menos de un minuto, vamos a dejar nuestro espacio para que podáis disfrutar los que vivís lejos.

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2 months ago

Luisa Juanatey también tiene un libro muy interesante

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