El pedabusiness… sin aula, pero con mucho escenario
Hay un término que todavía no aparece en los planes de estudio, ni en las rúbricas, ni en los informes relacionados con la educación, pero que describe bastante bien una parte del ecosistema actual… el pedabusiness. La industria de la pedagogía convertida en producto, marca, espectáculo y economía de la atención.
No hablo del profesorado que investiga, experimenta, se equivoca y comparte. Hablo de otra cosa. De un circuito paralelo donde la educación es materia prima para conferencias, cursos, libros, newsletters, consultorías, certificaciones, presentaciones y selfies con fondo de auditorio. Un mercado donde el discurso pedagógico se empaqueta, se vende y se consume como si fuera un producto más de la economía del conocimiento.
El pedabusiness tiene sus propias reglas. La primera es que hay que sonar transformador. La segunda es que hay que simplificar lo complejo. La tercera es que hay que ser inspirador, no incómodo. Y, finalmente, la cuarta es que hay que ser visible. Mucho.
En este ecosistema, alguien puede subir a un escenario durante hora y media y no decir absolutamente nada útil para quien mañana entra en un aula de Infantil, Primaria o Secundaria. Y no pasa nada. Al contrario. Se le aplaude, se le graba, se le cita. Porque el pedabusiness no premia la aplicabilidad, premia la narrativa.
La educación real es lenta, contradictoria, llena de fricciones, de límites estructurales, de decisiones éticas sin respuesta clara. El pedabusiness es rápido, brillante, emocional, optimista, lleno de promesas de futuro con tipografía comic sans y degradado azul.
El docente que pisa aula necesita criterios, marcos, preguntas difíciles, límites, dilemas, herramientas conceptuales. El pedabusiness ofrece frases lapidarias, listas de tendencias, acrónimos seductores y promesas de cambio sin conflicto. Es mucho más fácil vender «transformación» que explicar que transformar implica perder cosas, asumir costes y gestionar resistencias humanas.
El pedabusiness tiene influencers, gurús, rankings implícitos, guerras de egos, bandos metodológicos, seguidores fieles y detractores acérrimos. Tiene su propia economía de la reputación. Tiene seguidores, visualizaciones, invitaciones, proyectos. Y como toda economía de la atención, favorece lo espectacular sobre lo riguroso, lo emotivo sobre lo complejo, lo simple sobre lo matizado.
Lo paradójico es que muchas de estas voces hablan de pensamiento crítico, de cultura digital, de alfabetización mediática, mientras participan de lleno en la lógica de la plataforma. El algoritmo premia la polarización, la certeza absoluta y la frase contundente. Y el pedabusiness se adapta perfectamente ya que produce discursos pedagógicos optimizados para el algoritmo.
No es que todo sea humo. Hay investigación sólida, hay reflexión profunda, hay gente honesta intentando pensar la educación en un mundo digital. El problema es que eso no siempre es rentable en términos de visibilidad. Pensar despacio no viraliza. Dudar no convierte. Matizar no genera seguidores ni dinero.
Así que el pedabusiness ofrece certezas empaquetadas. Metodologías convertidas en marcas. Libros convertidos en conferencias. Conferencias convertidas en cursos. Cursos convertidos en certificaciones. Certificaciones convertidas en credenciales simbólicas. Y todo ello circulando en un circuito donde la pedagogía es, cada vez más, un producto cultural.
Mientras tanto, el aula sigue siendo un espacio de fricción, de negociación, de tiempo lento, de relaciones humanas complejas. Un espacio donde ningún PowerPoint o Canva resuelve un conflicto con una familia, ninguna infografía gestiona un grupo heterogéneo y ningún hashtag mejora automáticamente la atención de un alumnado cansado.
Quizá el problema no sea que exista el pedabusiness. El problema es cuando confundimos el pedabusiness con la educación. Cuando el discurso sobre educar sustituye a la reflexión sobre educar. Cuando el escenario sustituye al aula. Cuando la visibilidad sustituye a la comprensión.
La pedagogía necesita voces públicas, debate, divulgación, reflexión compartida. Pero quizá también necesita sospechar de su propia conversión en industria. Porque cuando la educación se convierte en producto, corre el riesgo de optimizarse para venderse, no para pensarse.
Y educar, en el fondo, es lo contrario de un producto. Se trata de un proceso lento, conflictivo, impredecible y profundamente humano. Todo aquello que el pedabusiness no puede empaquetar en una presentación, normalmente encima de una tarima y últimamente emitida por streaming, de noventa minutos.
Finalmente, tal y como hago últimamente en todos los artículos, me gustaría matizar una cosa… no todos los que se ponen encima de una tarima son pedamongers que hacen pedabusiness. Eso sí, lamentablemente, en demasiadas ocasiones, el alcance de los pedamongers es mucho más alto porque un algoritmo y unos medios, que indican qué debe ser viral, aumentan su difusión.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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