El lado correcto de la educación

Nunca en mi vida me había planteado la necesidad de estar en bloque con determinados postulados o corrientes educativas para estar en el lado correcto de la educación. Ni se me hubiera pasado por la cabeza que, por no firmar determinados manifiestos o, simplemente, por cuestionar ciertas cosas, ya estuviera en el lado equivocado. Quizás es que para mí hay una gran gama de matices y por eso, al menos en mi caso, tengo una dificultad absoluta de casarme con ningún argumento educativo de forma exclusiva. Me va la poligamia educativa. Es uno de mis grandes defectos.

En el día de ayer me acusaron de no querer una escuela inclusiva porque no me gustaba el manifiesto que habían publicado los del colectivo DIME. Si a eso le añadimos estar en contra de los Derechos Humanos por estar en contra de la implantación del DUA, ya me estoy quedando poco a poco en el lado no correcto de la educación.  Y si, ya para rizar el rizo, añado que estoy en contra del modelo de digitalización educativo que se está planteando, que me chirría muchísimo la LOMLOE (al igual que hizo antaño la LOMCE) y que, por desgracia, no veo una formación de calidad, ni en la formación inicial del profesorado ni en la permanente, estoy seguro en el lado opuesto del correcto. O, al menos eso es lo que me dicen y me repiten todos esos que, por lo visto, sí que han elegido el lado correcto. Que, curiosamente, siempre es el suyo.

Llevo leyendo mucho sobre educación en las últimas décadas. Siempre me ha gustado estar informado de qué se cuece, de cómo se cuece y de quién cuece. Mis intereses educativos distan mucho de lo que se vende, de posturas maximalistas y de trincheras. Ser raro es lo que tiene. Y si ya lo soy en la vida real, cómo no voy a serlo en mi vida profesional. Además tengo mucha disparidad de opiniones que, se van forjando cuanto más aprendo y cuanto más experiencia adquiero en mi profesión. Por eso que algunos quieran ponerme en el lado malo por oposición a su lado “bueno” siempre me genera inquietud.

Lo de cosificar a quienes piensan diferente siempre ha sido el objetivo de algunos. Reducir la condición de cosa a las personas es una estrategia que funciona muy bien. Especialmente para aquellos que quieren imponer discursos monolíticos. También funciona en las sectas. Y en determinados posicionamientos ideológicos. Así, como mínimo, al quitar lo que hace a las personas lo que son hace que puedas crear, de forma ficticia pero mucho más fácil, lados buenos y malos de la educación. Y personas buenas y malas según tu óptica.

La mayoría no estamos en el lado “bueno” de la educación porque no tenemos lados. La mayoría intentamos, aunque se nos acuse interesadamente de equidistantes, para mantener ciertos discursos, hacerlo lo mejor posible en nuestra aula, cambiar y volver a cambiar de perspectiva para, finalmente, acabar haciendo nuestro trabajo lo mejor que sabemos y podemos.

El lado correcto de la educación es tan flexible que, por desgracia, es imposible, salvo que manipules el sentido de qué es lo correcto, permanecer en el mismo sitio. No solo en educación. Los lados, bandos y trincheras solo se han cavado para que los de siempre puedan seguir haciendo daño, quemando puentes y vender que ellos sí que han estado en el lado correcto. Eso sí, algunos siempre, pase lo que pase, están en el lado correcto. Que siempre, de forma muy extraña y mediante mil volteretas discursivas, acaba siendo el suyo.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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