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Docentes e IA: la alianza perfecta para crear desastres pedagógicos

La llegada de la IA al mundo docente ha demostrado algo que muchos sospechábamos. No hace falta que el alumnado copie para que el nivel de vergüenza ajena aumente. Ya lo hacen algunos docentes por su cuenta cada vez que abren ChatGPT (permitidme el mencionar solo una herramienta) con el entusiasmo de quien ha encontrado un atajo para todo. Y claro, luego pasa lo que pasa.

Para empezar, está esa tendencia suicida a pedirle a la IA que prepare materiales listos para usar, como si el grupo de segundo de ESO fuese igual que el de cuarto, o como si la IA supiera que en tu aula no funciona ni el proyector ni el alumnado. Después vienen las explicaciones preciosas, llenas de palabras que jamás usarías en tu vida, y que algunos copian y pegan con una alegría infantil, como si nadie fuese a notar que esa sintaxis no pertenece al mismo ser humano que, hace una hora, escribía aver en un correo interno. Sí, por desgracia hay docentes que perpetran faltas de ortografía de forma habitual. Solo hace falta leer algún correo que te llega del centro educativo donde tienes escolarizado a tus hijos o, simplemente, alguna interacción en las redes sociales.

Otro clásico es pedirle a la IA cosas imposibles, tipo «hazme un examen que mida creatividad, pensamiento crítico y que además no pueda ser resuelto por ninguna IA». Y cuando ChatGPT no logra fusionar la magia, la alquimia y los milagros, todavía hay quien se enfada, como si la culpa fuera de la herramienta y no de la fantasía pedagógica que tiene el que lo pide en la cabeza.

También triunfa mucho eso de mandar a la IA un requerimiento de veinte líneas sin estructura, sin contexto y sin sentido, y luego quejarse porque la respuesta es caótica. Qué sorpresa. Ni un ser humano entendería lo que pides, pero se lo exigimos a un modelo lingüístico porque para eso está. Y luego nos reímos del alumnado por pensar que las máquinas les harán el trabajo. Qué ironía más fina.

Pero mi favorita es otra. La del profesorado que usa textos generados por IA para formaciones, memorias, programaciones o reflexiones profesionales… y los lee en público como si fueran propios. El tono almibarado, la prosa perfecta, la profundidad sospechosamente genérica. Todo delata el origen. La parte divertida viene cuando encima presumen de haber encontrado tiempo para redactarlo. Tiempo, claro. El que se tarda en copiar y pegar. Así que, por favor, si hacéis algo con ChatGPT, no pasa nada por reconocerlo.

No podemos olvidar el fenómeno de las referencias falsas. Según tal autor…. ¿Qué autor? No existe. Nunca existió. Es una alucinación generada porque alguien no revisó nada. Y ahí está el docente, defendiéndolo con la seguridad de quien cita una ley física. Luego nos preguntamos por qué el alumnado cita cosas sin comprobarlas. Modelamos de maravilla. Con lo fácil que es pensar que si hay un texto que va a avalar tus posturas pedagógicas realizado por El Pato Lucas, quizás y solo quizás sea falso.

Otra escena habitual es la del docente que se vuelve adicto. Consulta a la IA para todo… rúbricas, correos, comentarios, ejercicios, incluso respuestas para las familias. La dependencia es tan grande que, si un día ChatGPT cae, hay departamentos didácticos que directamente colapsan. Lo triste es que algunos que predican pensamiento crítico luego creen sin pestañear cualquier cosa que les escribe una herramienta que se inventa datos a gusto del consumidor.

Y, por supuesto, está el género literario de pedirle a la IA que escriba como tú. Como si una máquina pudiera replicar un estilo que ni tú mismo sabrías definir. El resultado es un texto neutro con tu firma, que huele a plantilla y que nadie cree que hayas escrito, salvo tú, que te sientes un clon Marie Kondo porque por fin todo te sale ordenadito.

Pero la mejor parte llega cuando el alumnado empieza a entregar exactamente los mismos textos que el profesorado generó antes con ChatGPT. La copia perfecta del original. La jugada maestra. El eco pedagógico. Y entonces viene el drama, la indignación, la queja. Sí, eso de que «es que usan IA para todo». ¿De dónde habrán aprendido? Misterio insondable.

Al final, la IA no está estropeando nada. Solo está amplificando lo que ya éramos. Gente que quiere ahorrar tiempo, que quiere resultados rápidos, que quiere respuestas inmediatas sin pararse demasiado a pensar. La herramienta no tiene la culpa de nuestras prisas, nuestras inseguridades o nuestras incoherencias. Lo único que hace es reflejarlas con claridad quirúrgica.

ChatGPT no va a quitarnos el trabajo… pero sí está dejando en evidencia a quienes pretendían que la máquina hiciera su parte del trabajo por ellos.

Y eso, aunque duela admitirlo, no es una amenaza. Es un diagnóstico.

Lo sé. La IA trae cosas muy buenas en el ámbito educativo. Reconozco que yo uso la IA (no exclusivamente ChatGPT) para ciertas cosas que, al menos en mi caso, no son solo profesionales. Planifico compras, decido viajes, busco lugares para comer o, incluso, me atrevo a pedirle que me recomiende música. Y sí, la verdad es que me parece una herramienta muy útil. Otro tema, como os he dicho, es demostrar que la cagas en cada uno de sus usos porque, o bien eres un cenutrio, o bien quieres soluciones rápidas. Las soluciones rápidas no existen. Existe una IA que puede echarte una mano o ser, como he intentado explicar con ejemplos, tu peor enemiga.

Son las cinco y media de la mañana. Nada. Una vez publique este post voy a pedirle a mi IA favorita que me diga cómo puedo hacerlo para dormir mejor. El problema es que ya se lo he preguntado en numerosas ocasiones y todavía espero una respuesta que me sirva.

Podéis descargaros mi último libro en formato digital, TORREZNO 3PO: un alien en educación, desde aquí.

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