De la necesidad de memorizarlo todo a la necesidad de no memorizar nada

Creo que, en Educación, nos estamos pasando de frenada. Con tanta innovación desinnovadora y postulados de maximización de realidades inexistentes, los bandos se hacen los reyes del despropósito educativo. Me da la sensación de que, en ocasiones, el remedio es peor que la enfermedad. Que ni uno plantea seriamente qué demonios está haciendo cuando habla de innovación. No, no es la necesidad de cuestionar por el cuestionar pero, por desgracia, da la sensación que para algunos todo lo de antes estaba mal y para otros todo era maravilloso. Ni tanto ni tan calvo. Un poco de reflexión quizás nos vendría bien antes de postular las creencias en modelos maravillosos que van a solucionar todos los problemas educativos del mundo mundial.

Fuente: Manzanares

Fuente: Manzanares

Cuando uno se harta de ver artículos acerca de las escuelas del futuro cuyo máximo postulado es la necesidad del entender por encima del memorizar es que hay alguien a quien se le han traspapelado los documentos. Escuelas o, mejor dicho, modelos educativos que basan su formulación en parámetros como el aprender haciendo, el entender el proceso y, cómo no, lo innecesario que supone aprender nada mínimamente teórico por el hecho de ser fácilmente accesible mediante un golpe de ratón. Sí, ya sé que es ilógico lo anterior pero, la idea es venderlo bajo el mantra de que en los centros educativos ya les enseñaremos a cómo buscar y filtrar la información que se halla disponible desde cualquier dispositivo con conexión a internet. Y eso no es la solución a los problemas de aprendizaje de nadie.

Reconozco que odiaba, en su momento, hacer divisiones u otras operaciones matemáticas simples, memorizar determinados conceptos (especialmente aquellos históricos, geográficos o formulaciones científicas) e, incluso, la necesidad de conocer autores de nuestra literatura. Sí, como alumno, lo fácil es, por mucho que vendamos las ganas innatas de aprender en las que se basan algunos “productos” innovadores, dejarnos llevar por la inanición y el ímpetu de la necesidad del disfrute permanente y continuo. Y, por desgracia, lo anterior, no es muy productivo. Ni la flagelación permanente se convierte en algo óptimo, ni el ansia permanente de hacer cosas diferentes por el simple hecho de no estresar a nadie (excepto a los profesionales que se ven inmersos en el berenjenal) es la solución a todos los problemas educativos. Lo siento, pero alguien había de decirlo de una vez. Ya está bien de vender innovación educativa como lo que no es. Los experimentos, por mucho que nos gusten más o menos, no dejan de tener sus caras no tan amables.

Entre la necesidad de memorizarlo todo a la necesidad de no memorizar nada hay, como siempre digo, un amplio margen de maniobra. Quizás, para algunos, me falte ese espíritu innovador que se ha ido matizando con los años. Quizás, para otros, aún siga siendo demasiado partidario de llevar el aula a un complejo ecosistema alejado del libro de texto o de prácticas educativas como las que se llevan haciendo desde hace mucho tiempo. La verdad es que reconozco que, en ocasiones, siento pánico cuando escucho afirmar a uno de esos responsables de los proyectos innovadores que nos están mediatizando que “el alumno no tiene necesidad de saber por dónde pasa el Danubio y sí en entender por qué un río es básico para el medio ambiente”. La verdad es que para mí es tan básico lo primero como lo segundo y, es por ello que, a veces, me da mucho miedo cuando algunos, haciendo borrón y cuenta nueva, convierten en religión absoluta la necesidad de dejar de memorizarlo todo.

Que uno entienda cómo sucede algo no obvia la necesidad de saber hacerlo porque, si uno acude a esos postulados magnificientes de la innovación educativa, se encuentra en que se confunde, en demasía, el aprendizaje con una religión que peca de los mismos errores en los que cae el creyente al considerar inamovible su visión.

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