De cartas y contracartas

Ni la Universidad se libra de encendidas batallas virales que, al final, no van a solucionar ninguno de los problemas endémicos de la institución ni tampoco, por desgracia para su alumnado, el encarecimiento y devaluación de la gran cantidad de títulos universitarios que se expiden a peso. A diferencia de las cartas y contracartas, a mí sí que me preocupa que desde Bolonia se haya implementado el carísimo modelo de máster y que, por la vía del dinero, uno pueda estudiar lo que quiera con independencia de que su nota de Bachillerato y la Selectividad (denominada ahora EBAU), sea muy inferior a la de otros que, por cuestiones económicas, no pueden entrar en una Universidad privada.

Es que proceder a viralizar ciertos escritos en las redes sociales y acabar en prime time de los medios más generalistas, implica que hay temas tabú sobre la Universidad que no quieren tocarse. No quiere tocarse el sistema de acceso del profesorado mediante Tribunales ad hoc. No quiere tocarse el modelo de mano de obra barata que suponen los asociados. No quiere tocarse el tema de esos profesores universitarios que envían al alumnado de doctorado a dar sus clases mientras ellos se dedican a la investigación. No quiere tocarse el tema de la irrupción de pseudociencias de la mano de ciertos profesores de las Facultades de Magisterio y de Pedagogía. No quiere tocarse el modelo de evaluación universitaria con encuestas que, por desgracia, distan mucho de ser nada más que encuestas a alumnado. No quiere hablarse de la certificación por determinadas agencias de calidad que lo miden todo menos la calidad de la enseñanza que se da. Hay tanto sobre lo que debería abrirse melones y no se abren. Y ya he dicho al principio que la brutal irrupción de fondos de inversión en la creación de Universidades, cuyos títulos están homologados por el Ministerio, también es algo a analizar. Sí, lo sé, me dejo todo el tema de ANECA, tesis doctorales, papers publicados a peso y demás pero, por desgracia se me va el tiempo en esto y no para ponerme a jugar con las dos cartas que quiero comentar por encima.

En primer lugar, el 30 de diciembre pasado, se publicó la carta “Querido alumno universitario de grado: Te estamos engañando“. Un alegato en favor de la dificultad de los exámenes, de la preparación de las clases por parte del profesor universitario y el interés que tenían en asistir a clase o acudir a las tutorías. Algo que, según el autor de la carta, se ha ido perdiendo en los últimos años. Habla del gran porcentaje de alumnado que “falta” a su asignatura (se ve más que falten diez en una clase de cincuenta que cien en una clase de quinientos) y de la imposibilidad de que su alumnado calle. Sí, es algo que también hemos notado en los institutos. Imposibilidad de mantener el silencio. Y, aunque a algunos no les guste, sin silencio no puede haber aprendizaje. Repito como siempre digo, no es una cosa mía, es una cosa de la que existen numerosas evidencias muy fáciles de encontrar.

Las redes sociales también han actuado como distractores. Es un distractor que no existía antes y que obliga a replantearse ciertas cosas. ¿Prohibir su uso en espacios académicos? ¿Incorporarlas con normalidad? La verdad es que podríamos dar respuesta a ambas preguntas pero, sinceramente, después de haber probado lo segundo, mi recomendación sería una prohibición global de las mismas porque, ¿qué aporta usar TikTok para dar clase? ¿O que publiquen una historia en Instagram? Nuestro trabajo como docentes, especialmente con menores de edad (sé que no es el caso de la Universidad), consiste en proteger a nuestro alumnado. Y las redes sociales, al igual que también lo son cuando nos damos de hostias entre personas adultas en ellas o se difunden ciertas cosas peligrosas para la salud, deben regularse. Especialmente en el ámbito educativo.

¿Es bajo el nivel de los trabajos que se presentan? Pues no. No lo es. No hacen mejores trabajos de los que hacíamos en mi época pero, los buenos trabajos son igual de buenos. Lo que pasa es que hay más herramientas para hacerlos a bulto. Y que se entreguen malos trabajos es culpa de todos los que hemos dado clase en etapas anteriores. Sí, también del profesor universitario porque, al final, el trabajo en algún momento debe evaluarse en condiciones.

¿Vocabulario básico? Pues en gran parte del alumnado que accede a la Universidad, sí. Además una falta de conocimientos muy importante. ¿Teníamos mejor nivel en lectoescritura y comprensión antes? No lo sé. Lo que sí que tengo claro es que el percentil de alumnado más bueno que entra en las Universidades sigue siendo bueno. Igual que lo era antes. Ni mejor ni peor. Lo que pasa es que, al igual que nos sucede en etapas obligatorias, hay presiones en la Universidad para que se apruebe mucho más. Y eso desgasta. No digo que sea lógico, como me pasaba en algunas asignaturas de mi carrera, que aprobaran la primera convocatoria diez personas de cuatrocientas. Pero tampoco es lógico que la misma asignatura ahora la estén aprobando cincuenta y dos de cincuenta y ocho. Son datos reales de mi misma carrera y mi Universidad.

¿El nivel de lenguas extranjeras es nulo? Pues sí. El alumnado no sabe inglés. No sale Bachillerato, salvo que complemente fuera del centro (público o privado, bilingüe o no bilingüe) esa lengua. Solo hace falta tener clase en segundo de Bachillerato de esa lengua. Y preguntar quiénes son los que mejor se expresan en la misma. Preguntad si tenéis a alguien que imparta esa asignatura en ese nivel. Os dirán la realidad. Y la realidad es que el inglés, al igual que el resto de lenguas extranjeras, se explica muy mal. Por motivos de no haber escuchado nunca al profesorado que las imparte porque, si hablas con ellos, seguro que te dirán los motivos por los que hay, después de cada vez más horas y desde más pronto, ese déficit en dominio de las mismas.

Eso sí, cuestionando lo anterior, estoy totalmente de acuerdo en varias premisas que comenta al final de esa carta: la Universidad está para formar a la élite intelectual (élite intelectual que debemos procurar que no esté asociada al punto socioeconómico de partida del alumnado), debe escuchar a los profesores (a todos, no solo a los que gestionan los diferentes chiringuitos que, curiosamente, siempre acaban teniendo algún carnet en el bolsillo), se tiene que hacer sentir a los estudiantes orgullosos de ser alumnado universitario y, un tema muy importante que no se aborda lo suficiente, es el establecimiento de pasarelas entre los diferentes estudios. Y yo me dejaría algo muy importante, reducir el número de titulaciones ofertadas, estableciendo unos primeros años de conocimientos comunes.

Ya habéis visto que no estoy de acuerdo en algunos detalles de los que plantea porque, yo sí que creo que, a partir de una cierta edad, los dispositivos tecnológicos deben coexistir con otros en el aula (remarco que no para todo y no siempre). Y no, a mí no me da miedo la inteligencia artificial ni que me copien los proyectos de internet. Eso es, al final, responsabilidad del profesorado.

Una carta que, como no podía ser de otra manera, tuvo su contestación en las redes sociales educativas con la oposición frontal de muchos pedagogos, defensores de ciertas pseudociencias (o que sacan tajada con ellas) y, cómo no, con los defensores de la LOMLOE. Quizás sea casualidad pero, sinceramente, esa relación sorprende.

Y, al final, tuvo su réplica. En el día de ayer, desde un determinado partido político (no olvidemos que la lucha educativa, que debería ser técnica, por desgracia, se acaba convirtiendo en un barrizal ideológico), con la contracarta titulada “Querido/a estudiante: que no te engañen, la Universidad del pasado no era mejor“. Una carta que, entre sus puntos más curiosos, tiene los siguientes.

Empieza diciendo que el autor de la anterior era un nostálgico y se quejaba de tener 50 alumnos en clase. Pues no. No se quejaba de tener 50 alumnos en clase. Se quejaba de cómo le llegaba ese alumnado y qué hacían en su clase. Pero bueno, queda muy bien establecer premisas falsas para argumentar. Especialmente a falta de argumentos. Ya intuís que esta carta me parece lamentable pero, no lo es por la ideología que destila. Lo es por lo frágiles que son los argumentos en los que, supuestamente se basa, para desmontar la carta anterior.

Dice que en los 80 era un privilegio ir a la Universidad. En mi época no. Yo empecé en 1993. Y no existían numerus clausus en ninguna Universidad. Además, con solo un cinco y poco de media ya podías estudiar Medicina, Física, Matemáticas o Magisterio. Bueno, Medicina creo que en mi año subió hasta el 6 y poco. Así que, entonces podía estudiar todo el mundo en la pública. Pública, por cierto, barata y sin ningún máster que encareciera el poder estudiar en la Universidad. Sí, también había becas. Y alumnado que, desde una FP entraba en la Universidad. Por cierto, lo de haber destrozado la FP en nuestro país desde la LOGSE también es algo que es de traca.

El alumnado no es mejor. Ni peor. Genéticamente no hemos cambiado y ahora hay el mismo porcentaje de alumnado excelente académicamente que antes. En Secundaria se ve claramente. Otra cuestión es que el modelo educativo incentive más a ir más allá o no. Los puentes siguen sin caerse. Los aviones siguen volando. Los médicos siguen salvando vidas. Ni cualquier tiempo pasado fue mejor ni peor. Al menos en los últimos treinta años. Bueno, yo vivía mejor hace diez porque mi sueldo me daba para mucho más y tenía una asistencia sanitaria pública en condiciones.

Que el alumnado haya crecido pegado a una pantalla no implica que el aprendizaje deba mediarse por pantallas. Que uno beba cervezas en su tiempo libre, no implica que deba beber cervezas en el aula. Es algo muy fácil de entender. O debería serlo. Por cierto, decir que “el estado de la tecnología determina el comportamiento humano” es ceder a la tecnología un poder que no debería tener. Es el ser humano el que debe gestionar la tecnología y no al revés. En caso contrario sería validar algo muy peligroso.

¿Es importante decir que se utiliza tiza y pizarra para impartir clase? Pues no. Lo importante es cómo se explica porque se supone que un profesor ya tiene los conocimientos. Y en la Universidad se supone que esos conocimientos los tiene mucho más actualizados. En caso contrario, estaría engañando a su alumnado. Eso sí que es engañar.

Creer en el índice de Shangai, que valora con muchos puntos algo tan poco relevante para la docencia como es tener un premio Nobel en plantilla, es no saber qué debe evaluarse. Pero bueno, es lo que hay. Lo de leer evidencias científicas y leerse datos es algo que también da pereza en la Universidad. Y repito… en la Universidad habría de haber los mejores docentes. Añado… en esos niveles, el mejor docente debería ser el que más sabe porque se supone que el alumnado que les llega ya son la élite, a nivel cultural. O, al menos, debería serlo.

Finalmente creo que podría haberse ahorrado el tema de la “proyección psicológica de vacilaciones existenciales”. No es bueno hacer un ad hominem de manual. Menos aún, usando ciertas frases sacadas de Google, sin tener ni idea de psicología. Es que no hay por dónde cogerla.

Mira que hay cosas por cuestionar de la primera carta (que he expuesto). Pero, usar el discurso ideológico, desde un medio politizado que permite escribir a uno porque “es de los suyos” y encontrarte, curiosamente, en las redes sociales que aplauden los afines “a ese partido” sin cuestionarse nada, implica que a la gente no le interesa el debate serio sobre educación.

A mí me parece perfecto verter reflexiones en cartas abiertas. Yo lo hago. Algunas se viralizan y otras no. Al igual que hay muchas gilipolleces que algunos hacen que, curiosamente, acaban en los medios. Eso sí, la educación solo se va a arreglar tomando decisiones macro. Y las decisiones macro deben, basándose en datos y evidencias, emanar desde arriba. Yo ya os he dicho qué podíamos hacer para mejorar la Universidad. Pero, como siempre digo, mi opinión es la de alguien que, solo puntualmente ha trabajado ahí. Eso sí, hay datos que indican ciertas cosas que no pueden obviarse.

Esto no es una carta para responder a la contracarta que ha respondido a la primera carta. Es, simplemente, una reflexión en clave personal (al igual que las dos cartas anteriores) acerca de cuestiones que me chirrían. No me hagáis mucho caso.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

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