Sin pedagogos ni Facultades de Educación existirían posibilidades formativas para el alumnado. Sin docentes de aula (entiéndase como aula las etapas obligatorias), no. Es de cajón. Uno puede prescindir de Piaget, Vygotsky o de la nueva moda pedagógica de turno y, en cambio, no puede prescindir de leer, comprender, escribir y hacer operaciones básicas, entre otras cuestiones. Sin el que pone la bombilla no habría luz por las noches. Pues lo mismo en este caso. No es desprecio a nadie. Es realidad.

Estoy más que harto de ver a algunos que sin haber pisado aula en su vida dicen a otros cómo deben hacerlo. Claro está, siempre aderezado con la soberbia de que si no funciona lo que ellos dicen, la culpa es del docente que no sabe aplicar su maravilloso credo. Si el hombre del tiempo da lluvia y hace un sol del copón, la culpa es del Sol. A ver si los descreídos del asunto nos empezamos a desprender de querer ver la realidad. Que la realidad no te estropee una buena ficción. Y lo que se hace desde determinados lugares es ficción. Eso sí, siempre desde la superioridad. Y no hay nada que rechine más que un jubilado le indique a un albañil, que está trabajando a cuarenta grados a la sombra, cómo se hace el mortero y en qué proporciones debe mezclarse. Pues lo mismo sucede en el caso de loes expertos educativos de salón. Especialmente de aquellos que, amparados bajo una supuesta capa de respetabilidad universitaria, dicen qué y cómo deben actuar docentes en lugares que, salvo por los libros o por haber estudiado en sus tiempos, desconocen. Fabulan sobre aulas que no existen. Creen en alumnado que nadie ha visto. Plantean la educación como algo externo a ellos porque, por desgracia, la realidad no va con muchos de los que están por ahí.

¿Estoy renunciando a la investigación educativa con los párrafos anteriores? No. Simplemente estoy diciendo que si los pilotos aprenden a volar gracias a pilotos o ex pilotos que les han enseñado a hacerlo, los médicos a ser médicos gracias a médicos en activo o que lo han sido muchos años o, simplemente, a ser arquitectos gracias a muchos arquitectos de profesión, ¿por qué la docencia debe ser diferente? ¿Por qué son personas que desconocen el medio para el cual forman los que están formando a los futuros profesionales de la docencia? ¿Por qué no son los maestros los que forman a los maestros? ¿Por qué no son los docentes de Secundaria los que forman a sus compañeros? ¿Por qué hay tanto interés en vender que la docencia es la única profesión en que la experiencia no sirve? A mí es que unos me vendan el aprender haciendo cuando ellos no han hecho nada para aprender me preocupa. Y me genera, por desgracia, repulsión. No puedo evitarlo. No puedo evitar cada vez que oigo discursos de sillón o teorías educativas, lo alejado que están algunos de la realidad. Eso sí, no puedes discutírselo. La realidad es la que ellos saben que ha de ser. No la que tú ves a diario.

¿Cuántos pedagogos se necesitan para dar una clase de Tecnología en la ESO? ¿Cuántos filósofos de la educación teórica se necesitan para dar clase a alumnado con necesidades educativas especiales? ¿Cuántos teóricos de cómo cambiar una bombilla saben cambiar esa bombilla? Va, que ésta última pregunta tiene trampa porque, para cambiar la bombilla se necesita alguien que diseñe la bombilla, alguien que la fabrique y alguien que la ponga. Y sin ninguno de los tres, la bombilla no va a estar encendida. Es que es de cajón. ¿De verdad es tan difícil que algunos lo entiendan?

Repito… se aprende más con compañeros que con discursos pedagógicos. La educación no funciona gracias a grandes teorías maravillosas. La educación funciona en el día a día. Con muchas mejoras necesarias. Mejoras para las que nunca se ha contado con los docentes de a pie. En nuestro país, unos cuantos cientos de miles. Despreciados por unos, ignorados por otros y rechazados por todas esa comunidad acientífica que puebla determinados lugares. No sé si es más triste el desprecio de determinadas administraciones que el desprecio de los que están (de)formándonos. No sé qué es peor. Bueno, sí lo sé pero, ahí, como digo siempre, entra mi visión subjetiva e intrasferible.

No hay, como me dijo ayer un amigo, nada peor que tener al enemigo en casa. No hay nada peor que el fuego supestamente «amigo». Hay qué joderse.

Muchos pedagogos y «expertos» en didáctica nos pueden insultar a diario. Pueden menospreciar nuestro trabajo. Pueden repetirnos el mantra de que la culpa de que no funcione lo que ellos venden que funciona es que no sabemos aplicarlo. Pues, sinceramente, enviar a alguien a la mierda es gratis. Ya estoy muy mayor para no poder hacerlo tranquilamente.

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