Anatomía de un docente infalible… según él mismo
Hay un perfil que todos hemos visto -o sufrido- en las redes sociales educativas. No tiene nombre concreto porque, en realidad, es un arquetipo. Publica a diario. Opina de todo. Y, curiosamente, siempre desde una posición de superioridad moral, pedagógica y, si se tercia, hasta intelectual.
Es el docente que ha decidido que el resto del profesorado lo hace mal. Pero no mal en matices o aspectos concretos. Mal en bloque. Mal estructural. Mal casi por definición.
Según su relato, sus compañeros de claustro son poco menos que fósiles pedagógicos desactualizados, desmotivados, carentes de empatía y, por supuesto, profundamente incompetentes en didáctica. Todos. Sin excepción. Bueno, todos menos él, claro.
Porque él sí sabe. Sabe de metodologías activas, de evaluación formativa, de inclusión, de neuroeducación, de tecnología, de motivación… y, si le dejas, hasta de cómo debería organizarse el sistema educativo a nivel continental. No hay grietas en su discurso. No hay dudas. No hay matices. Solo certezas.
Y ese es, precisamente, el primer problema.
La educación es compleja. Profundamente compleja. Trabajamos con personas, en contextos variables, con condicionantes sociales, económicos y emocionales que escapan a cualquier receta mágica. Quien reduce todo eso a una narrativa de «yo lo hago bien y el resto mal» no está simplificando. Está distorsionando.
Pero el personaje en cuestión no vive de la complejidad. Vive del aplauso. Su perfil en redes sociales es una sucesión de sentencias categóricas, experiencias personales convertidas en verdades universales y críticas constantes a «los otros». Nunca hay autocrítica. Nunca hay reconocimiento de error. Nunca hay un «esto no me ha funcionado».
Porque, aparentemente, todo le funciona. Su alumnado está siempre motivado, implicado y feliz. Sus clases son modélicas. Sus propuestas, innovadoras. Sus resultados, impecables. Y si algo falla, la culpa es del sistema… o de sus compañeros, que no están «a su nivel».
Lo más llamativo no es la construcción del personaje, sino la impunidad con la que se mueve. Ha encontrado en las redes un espacio donde el contexto desaparece y donde nadie le exige evidencias más allá de su propio relato. Y ahí, en ese ecosistema, es fácil convertirse en referente. A base de repetir el mismo discurso, de señalar constantemente a los demás y de proyectar una imagen de excelencia permanente, termina generando una comunidad que no busca debatir, sino reafirmar.
Porque es más cómodo pensar que el problema son «los otros» que asumir que el sistema y los docentes que lo integramos, somos imperfectos.
Especialmente preocupante es su cruzada contra el profesorado de Secundaria. Según él, carecen de formación didáctica y de empatía. Una afirmación tan rotunda como irresponsable. No porque no haya margen de mejora (lo hay, y mucho), sino porque ignora deliberadamente la diversidad de perfiles, la experiencia acumulada y las condiciones reales en las que trabajan miles de docentes. Reducir a todo un colectivo a una caricatura dice más de quien lo hace que de quienes la reciben.
Este tipo de perfiles no ayudan a mejorar la educación. Al contrario. Generan ruido, polarización y una sensación constante de culpa en parte del profesorado que, sin ser perfecto, sí está comprometido con su trabajo.
La crítica es necesaria. Imprescindible, de hecho. Pero la crítica sin matices, sin contexto y sin autocrítica no es crítica… es propaganda. Propaganda personal.
Quizás el mayor problema no sea que existan estos perfiles -siempre los ha habido, aunque antes con menos altavoz-, sino que cada vez tienen más impacto. Y eso debería hacernos reflexionar sobre qué tipo de discurso estamos amplificando. Porque, al final, la educación no mejora con egos inflados ni con relatos de perfección. Mejora con profesionales que dudan, que prueban, que fallan, que comparten… y que, sobre todo, entienden que no tienen todas las respuestas. Justo lo contrario de nuestro protagonista.
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