Cómo se puede ganar dinero en educación con la IA… sin necesidad de tener ni pajolera idea de educación

Voy a escribir esto con el segundo café al lado y cierto cansancio acumulado. No del bueno. Del que se te queda cuando llevas tiempo observando el panorama educativo digital y tienes la sensación de que algo se nos está yendo un poco de las manos. No por la IA. La IA es solo una herramienta. El problema, como casi siempre, somos nosotros.

Porque sí, vamos a decirlo sin dramatismos pero sin rodeos… hoy en día se puede ganar dinero en educación con la inteligencia artificial sin tener ni pajolera idea de educación. Y no es ciencia ficción. Está pasando. A diario. Con likes, con ventas y con discursos muy bien envueltos.

Quien haya pasado un tiempo en un centro educativo sabe que la educación real es caótica, imperfecta, humana. Llena de contradicciones, de decisiones difíciles y de contextos que no caben en una plantilla de Canva o cualquier otra infografía perpetrada directamente con la herramienta de IA más molona de los últimos tiempos.

Sin embargo, el sistema lleva años premiando justo lo contrario: documentos impecables, palabras grandilocuentes, estructuras rígidas y toneladas de mercadotecnia. Y ahí la IA juega en casa. Juega en un contexto en el que se premia el escaparatismo.

Le pides una situación de aprendizaje, una programación didáctica o un curso «innovador» y te lo entrega con un lacito. Con todos los palabros que tocan. Con referencias. Con evaluación competencial. Con todo lo que se espera… sobre el papel.

Que detrás no haya aula, ni experiencia, ni reflexión pedagógica real, parece que da igual.

Con un modelo de «experto educativo» que nunca fue docente en aulas de etapas obligatorias. Y aquí es donde uno empieza debería empezar a arquear la ceja.

Personas que nunca han dado clase, nunca han pasado por un claustro y nunca han preparado una oposición venden cursos para docentes, libros educativos, packs de situaciones de aprendizaje o materiales «imprescindibles para tu programación».

Todo generado con IA. Todo presentado como propio. Todo con un precio. Porque si no se cobra, parece que no vale.

Y no, no hablo de usar la IA como apoyo (eso lo hacemos muchos). Hablo de construir una identidad profesional falsa, de ponerse una etiqueta que no toca y de aprovecharse de quienes sí están dentro del sistema y van justos de tiempo, energía o paciencia.

Luego está la otra pata del asunto… las redes sociales.

Canales automatizados de YouTube. Cuentas de TikTok con voz sintética. Instagram lleno de carruseles educativos clónicos. Hilos en X que suenan profundos hasta que te paras a leerlos despacio.

Todo perfectamente programado. Todo optimizado. Todo pensado para crecer.

Y cuando creces, llega la monetización. Porque el objetivo nunca fue compartir, reflexionar o mejorar la educación. El objetivo era escalar.

A veces da la sensación de que hablamos más de funnels que de alumnado, más de leads que de aprendizaje, más de marca personal que de personas. Y sí, ya veis que también sé hablar como esos vendedores.

Lo que de verdad incomoda no es la tecnología, sino la ligereza moral con la que algunos están jugando a este juego. Vender como propio lo que ha generado una máquina. Hacer negocio rápido en educación sin entender sus implicaciones. Convertir un ámbito profundamente humano en una línea más de ingresos pasivos. La ética, por desgracia, parece que sea esa gran ausente.

La educación no es un nicho cualquiera. Trabaja con personas, con procesos largos, con errores, con contextos frágiles. No debería tratarse como una oportunidad de «sacar pasta» aprovechando la moda del momento.

Pero aquí estamos.

¿Hay otra forma? Claro que sí…

La IA puede ser una aliada brutal si se usa con cabeza. Como apoyo al trabajo docente, como herramienta para ahorrar tiempo y como ayuda para pensar mejor (no para pensar menos). Reconociendo su uso. Poniendo criterio. Aportando experiencia. Y, sobre todo, no engañando a nadie.

Quizá el problema no sea que la IA escriba bien, sino que algunos escriben (y venden) sin hacerse demasiadas preguntas. Y la educación, mal que nos pese, sigue necesitando gente que se las haga. Aunque no dé tantos likes. Aunque no escale tan rápido. Aunque no salga en un carrusel con fondo degradado.

He escrito esto cuestionando a los que venden pero, al final, tanta culpa tiene el que compra como el que vende porque, si tras todo lo que he comentado en el artículo de hoy no hubiera personas que compraran esas cosas, el negocio se caería por falta de demanda. Lo que pasa es que por ahora el negocio educativo basado en la IA no deja de crecer y no hay visos de que lo haga en un corto plazo.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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