Cuando el arte no importa un carajo si no lleva la firma adecuada

Hace unos días me topé con un documental sobre Artemisia Gentileschi que me dejó la misma sonrisa amarga que se te queda cuando miras la trastienda de cualquier mercado especulativo. En el mismo contaban cómo un cuadro concreto pasó años arrumbado, ninguneado y catalogado por los iluminados de la crítica de arte como un lienzo menor, vulgar, sin apenas valor estético ni económico. Nadie daba nada por él. Era una obra invisible, despachada con la condescendencia habitual de los expertos de catálogo.

Pero saltó la sorpresa en el laboratorio. Los restauradores rascaron la pátina, hicieron los análisis de pigmento pertinentes y concluyeron lo que la mercadotecnia del arte estaba esperando. Concluyeron la pintura no era de un tallerista de tercera, sino que había salido del pincel de Artemisia Gentileschi.

En cuestión de veinticuatro horas, la magia del algoritmo cultural hizo su trabajo. El mismo lienzo que antes era una medianía aburrida pasó a ser reverenciado como una obra maestra de una intensidad dramática sobrecogedora, una pieza imprescindible para entender el arte y una joya de culto ante la que los devotos se agolpan hoy con cara de circunstancia y voz en susurro.

El cuadro no había cambiado en absoluto. Las pinceladas eran exactamente las mismas que la semana anterior, los pigmentos no habían mutado y la luz de la escena seguía estando en el mismo sitio. Lo único que había cambiado era la firma.

Para mí es la demostración perfecta de una de las ironías más sangrantes y ridículas de la condición humana. Nos da exactamente igual la calidad intrínseca de lo que tenemos delante; solo nos importa quién coño lo firma.

Pasa en la pintura, pasa en la literatura, pasa en la música y pasa, por supuesto, en la opinión pública cotidiana.

Un texto brillante, lúcido y destructor escrito por un autor anónimo o por un tipo sin padrinos en una plataforma modesta será ignorado o despachado con un encogimiento de hombros. Pero coge exactamente ese mismo texto, ponle debajo la firma de un premio Nobel venido a menos, de un tertuliano con medio millón de seguidores o de un gurú de la tribu adecuada, y automáticamente se convertirá en una reflexión magistral que disecciona nuestra época.

Hemos sustituido el criterio propio por la etiqueta. La capacidad de juzgar una obra por su peso, por su técnica, por su fondo o por la emoción que transmite ha sido aplastada por el fetiche del nombre. La firma no evalúa el arte. Lo valida socialmente para que la masa sepa qué tiene que aplaudir y qué debe pisotear sin necesidad de gastar una sola neurona analizando el contenido.

Lo más sarcástico del asunto es que esa firma gloriosa que transforma la paja en oro rara vez se consigue por la excelencia de la obra en sí. En el mundo de la cultura, del arte y de las letras, el reconocimiento es, en un porcentaje obsceno, una cuestión de alianzas de pasillo, de estar en la trinchera política correcta en el momento adecuado, de modas del mercado o de tragedias personales que la industria decide convertir en mercancía rentable décadas después.

Artemisia fue una pintora formidable, con una fuerza y un manejo de la luz prodigiosos, pero la histórica fascinación que despierta hoy en ciertos círculos no responde solo a su trazo. Responde a que su figura encaja a la perfección en el relato que el mercado cultural de hoy necesita vender. Y el lienzo que ayer no valía nada hoy cuesta millones no porque haya mejorado, sino porque ha pasado el filtro del relato corporativo.

Si la firma pertenece a los nuestros o a los que están de moda, el fallo técnico es genialidad incomprendida. Si pertenece a un desconocido o a alguien de la acera de enfrente, la misma solución técnica es mediocridad absoluta.

Nos han adiestrado para ser espectadores cobardes. Necesitamos que un catálogo, una solapa de editorial o una casilla de verificación nos digan qué debemos admirar para no meter la pata en la conversación de la cena.

A mí me da exactamente igual si un párrafo lo ha escrito un académico de la Lengua o un vecino de mi calle mientras me remueva las tripas y me diga una verdad como un puño. Me importa un carajo si un cuadro lo pintó un icono consagrado o un tipo en su garaje si la escena me deja sin aliento.

Aprender a juzgar las cosas por lo que son y no por el sello que llevan troquelado es el primer paso para dejar de ser peones manipulables en este mercado de vanidades. Todo lo demás es fe ciega, postureo de galería y la necesidad patética de rendir culto al becerro de oro de turno.

Y sí, hoy me he permitido algunos tacos en el artículo porque, al igual que uno no tiene que pedir perdón por opinar diferente, tampoco creo que deba pedir permiso por hacerlo de una u otra forma.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

¿Te ha gustado el artículo? Apoya mi trabajo invitándome a un café.

Support me on Ko-fi

Descubre más desde XarxaTIC

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *