La policía de la vocación docente

A escasos días de que arranque de nuevo el curso escolar, vuelve a sonar en las tertulias, en los discursos de la administración y en las sobremesas la palabra mágica… vocación. Se pronuncia siempre con un tono impostado de solemnidad mística, como si dedicarse a la enseñanza fuera un sacerdocio laico en el que la entrega abnegada, el silencio ante la precariedad y el sacrificio personal vinieran de serie en el nombramiento.

Voy a ser claro y conciso. La apelación constante a la vocación se ha convertido en el chantaje emocional perfecto para enmascarar el abuso laboral, la falta de inversión y la desidia de la administración.

Durante décadas, parte de la sociedad le ha colgado al profesorado una losa infame. Me estoy refiriendo a idea de que, como trabajas en un servicio público esencial, estás obligado a tragar con todo. Si te quejas de las ratios infumables, te falta empatía. Si protestas por la burocracia inútil que te quita el sueño a las dos de la mañana, no piensas en los chavales. Si te niegas a regalar cientos de horas de tu tiempo libre para suplir lo que la Consejería no financia, es que no sientes los colores.

El mecanismo está muy bien diseñado. Se culpabiliza moralmente al trabajador para que sea él quien, a costa de su propia salud física y mental, tape con su esfuerzo gratuito las vías de agua de un sistema educativo averiado.

Pero lo más sangrante de este mito no es cómo lo utilizan las altas esferas desde arriba o algunos que, por desgracia tienen unas condiciones laborales mucho más lamentables que las de un docente, sino cómo se ejecuta desde dentro. Resulta demoledor observar a esos compañeros que actúan como auténticos comisarios del espíritu misionero, fiscalizando de reojo a quien ha llegado a la docencia buscando estabilidad, conciliación o un sueldo digno.

En cualquier otra profesión -en arquitectura, abogacía, ingeniería o enfermería- nadie cuestiona la valía de un trabajador por haber elegido su oficio buscando conciliar o tener la vida resuelta. Se le exige ser impecable, dominar su materia, ser riguroso y cumplir con su cometido. Punto. Nadie le pide que profese una fe ciega por la empresa ni que se inmole en el altar del corporativismo.

En la enseñanza, sin embargo, se ha instalado la inquisición del purismo. Si no sientes una revelación divina cada mañana, si no estás dispuesto a quemarte a lo bonzo por el centro o si, simplemente, concibes esto como un trabajo respetable que termina cuando suena el timbre, la policía de la vocación te cuelga el sello de mercenario.

Es una postura tramposa y profundamente dañina. Para ser un docente excelente no hace falta tener un arrebato místico ni regalar tu vida privada. Basta con dominar lo que enseñas, tratar con respeto y firmeza al alumnado, preparar bien tu trabajo y cumplir con honestidad. Permitir que el compañero mártir juzgue la dignidad del compañero profesional solo sirve para dividir a la plantilla y hacerle el juego a una administración que se frota las manos mientras nos fiscalizamos entre nosotros.

Se ha instalado la norma perversa de que el buen profesor es aquel que se lleva los exámenes a la cena del domingo, el que responde correos a las diez de la noche, el que compra material de su propio bolsillo y el que sostiene en soledad problemáticas sociales complejas que deberían atender profesionales especializados.

Eso no es vocación. Eso es explotación sibilina. Es utilizar la decencia de los trabajadores como mano de obra barata para mantener en marcha un escaparate que en la nota de prensa queda impecable, pero que por dentro se sostiene sobre nervios destrozados.

La docencia es un oficio digno, técnico y complejo. Exigir jornadas que se ciñan a lo firmado no es vagancia. Exigir que los trámites administrativos los haga personal de gestión no es desinterés. Exigir límites claros para no enfermar no es falta de compromiso. Es la única forma sensata de proteger la escuela y la propia supervivencia.

A la policía de la vocación que patrulla en aulas, despachos, medios de comunicación y redes sociales hay que empezar a responderles sin culpa. La vocación aporta la entrega profesional, pero el respeto, los recursos y los límites los exige la dignidad. Ojalá algún día dejemos de permitir el chantaje moral y pidamos mucha más defensa de la salud y de los derechos de los trabajadores. De todos. No solo de los docentes aunque el artículo se centre en uno de los colectivos a los que se les exige, por culpa de un sacerdocio mal entendido, una vocación que no demuestra nada a nivel profesional.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

¿Te ha gustado el artículo? Apoya mi trabajo invitándome a un café.

Support me on Ko-fi

Descubre más desde XarxaTIC

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *