Mi mampara de la ducha y la innovación educativa
La semana pasada compré en una tienda, cuyo nombre no voy a mencionar, un producto de limpieza baratísimo. De esos que apenas lucen en la estantería y que no tienen campañas de publicidad con música de ciencia ficción en la televisión ni en los medios. Llevaba meses probando de todo para quitar la capa de cal que tenía incrustada la mampara de la ducha. Me había gastado un dinero indecente en espráis milagrosos de marca cara, esponjas mágicas de última generación e incluso en la batería completa de remedios caseros (vinagre blanco, bicarbonato, limón y horas de frota). Resultado… la cal seguía allí, riéndose en mi cara.
Fue aplicar este líquido de dos euros, pasar un paño y ver cómo la mampara se quedaba reluciente en pocos minutos. Transparente. Como el primer día.
Se me quedó una cara de tonto monumental. Y, como no puedo evitar llevarme la deformación profesional a cualquier rincón de la vida, me vino de golpe la imagen del aula. Cuánto tiempo y cuántos millones perdemos en la educación buscando recetas espectaculares cuando lo único que necesitamos es dar con la tecla sencilla que funciona.
En el ámbito educativo nos pasa exactamente lo mismo que a mí con la dichosa mampara. Llevamos más de una década comprando todos los productos de limpieza caros y sofisticados que nos vende la industria de la innovación pedagógica. Nos han vendido desde pantallas gigantes y tabletas para todos, gastando fortunas en chatarra tecnológica que no mejora la educación. Nos dijeron que el problema eran las asignaturas tradicionales y nos inventamos proyectos interdisciplinares infames, metodologías con siglas en inglés y cosas incomprensibles que solo han servido para tener unos resultados cada vez peores. Nos aseguraron que la solución a la falta de atención era gamificar hasta el recreo, y nos hemos gastado carretadas de dinero en cursos de formación para aprender a convertir la lección de historia en un videojuego de saldo.
Hemos probado el vinagre, el bicarbonato y los espráis de cien euros por bote. Y mientras tanto, la cal -la falta de comprensión lectora, el déficit de atención, la incapacidad para concentrarse o la pérdida de hábitos de estudio- sigue bien pegada al cristal del sistema.
Lo que nos demuestra el episodio de la mampara es una verdad incómoda para algunos. Para resolver un problema persistente no se necesita la solución más espectacular ni la más cara, sino la que de verdad quita la porquería.
En educación, dar con la tecla casi nunca tiene que ver con sumarse a la última moda que promocionan en los medios, las redes o en los congresos de fin de semana. Dar con la tecla suele ser algo mucho más humilde, prosaico y barato. Son cosas tan sencillas como usar explicaciones claras y estructuradas, entender que la única forma de fijar el aprendizaje es la repetición constante, la lectura reposada en papel y la resolución de problemas o, el usar el sentido común, manteniendo unas normas de convivencia claras, exigir respeto al docente y no disfrazar la falta de esfuerzo bajo argumentos inverosímiles. Y evaluar, claro está, si la cal se ha ido.
Cuando un docente, después de años de ensayo y error, da con la estrategia que a él le funciona en su materia y con sus alumnos, lo revolucionario no es cambiarla al año siguiente porque ha salido un nuevo boletín oficial. Lo revolucionario es mantenerla.
El gran drama de la escuela actual es que la administración y algunos de sus gurús de cabecera sufren de hiperactividad consumista. No pueden soportar que una metodología sencilla, barata y tradicional funcione, porque si la solución es barata y requiere constancia, se les acaba el negocio de la formación continua y las subvenciones a proyectos piloto. Necesitan venderte el bote nuevo, con un producto diferente, cada septiembre.
Ni todos los productos que salen en los medios valen para algo, ni la pedagogía de verdad necesita envoltorios de lujo. Cuando encuentres la herramienta que le quita la cal a tu aula, agárrate a ella, perfecciónala y pasa de los anuncios. La educación no se mejora gastando más en pirotecnia, sino teniendo la valentía de mantener lo que funciona.
Sé que algunos me preguntaréis qué producto ha sido el que he usado. No es lo relevante. Bueno, lo sería si me dedicara a vender ciertas cosas en este blog. Ahora, por cierto, lo que tengo que buscar es un producto para que me limpie la cal que se me ha incrustado, de forma permanente, en esa taza del váter en la que algunos pasan mucho tiempo. Deseadme suerte.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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