Tres medidas de choque para mejorar la formación inicial del profesorado

Llevamos décadas aguantando la misma tragicomedia de salón. Cada vez que la educación se asoma al abismo del colapso, la casta académica de la torre de marfil, normalmente colaborando con la propia administración educativa, organiza un congreso con catering pagado para concluir lo de siempre… que la culpa es de los docentes de a pie porque les falta empatía digital, sensibilidad ecosocial o tres seminarios más sobre situaciones de aprendizaje.

El diagnóstico del aula es infinitamente más sencillo, sangriento y real. La formación inicial del profesorado es una estafa institucionalizada diseñada para alimentar chiringuitos departamentales, colocar a teóricos inútiles y enviar al aula a miles de jóvenes desarmados que se estrellan contra la realidad el primer día.

Si alguien en este país tuviera el valor político de acometer una reforma de la formación docente sin pedir perdón a los decanos ni buscar la aprobación de determinados poderes fácticos, bastaría con tomar tres decisiones de puro sentido común.

La primera decisión sería la muerte y cierre del Grado en Pedagogía.

Hay que decirlo sin la cobardía habitual. El Grado en Pedagogía es un cascarón vacío que no sirve absolutamente para nada. Cuatro años de grado tirados a la basura memorizando cadáveres teóricos, tragando jerga traducida con calzador del inglés y escuchando a profesores de laboratorio hablar de un aula ideal que jamás ha existido. Cuatro años pagados por las familias para fabricar profesionales cuya única función en la vida es empapelar al profesor de aula con aplicadores infames y rúbricas absurdas.

Mi propuesta sería extinguir la carrera de Pedagogía. Sustituirla por un Curso de Especialización público, barato y de un solo año (60 ECTS) enfocado única y exclusivamente a quienes ya tienen el grado de Maestro o la quieren acceder a Secundaria teniendo un grado en matemáticas, filología, historia, etc.

Un año práctico, afilado y sin literatura barata. Un año con detección real de problemas de aprendizaje, gestión de aula conflictiva, lectura de informes neuropsicológicos y conocimiento normativo. Se acaba el negocio de los cuatro años, las familias se ahorran una pasta y los centros reciben profesionales orientados a resolver problemas en lugar de inventarlos. Y no lo olvidemos. Otro de los chiringuitos que se acaba es el impuesto revolucionario del máster del profesorado de Secundaria. Un win win en toda regla.

Mi segunda decisión (o propuesta) sería usar la regla del 75/15 en el grado de Magisterio.

En ninguna profesión seria se tolera la estafa que aceptamos en Magisterio. Si un cirujano no permitiría que le enseñara su oficio alguien que jamás ha tocado un bisturí, ¿por qué narices aceptamos que la Didáctica en la Universidad la impartan personajes que saltaron del Grado al Máster, de la Tesis a la plaza departamental sin haber pisado un colegio en su vida?

Mi propuesta sería exigir por ley que, como mínimo, el 75 % del profesorado que imparte clases en las facultades de Magisterio acredite al menos 15 años de docencia aula real en colegios.

Quien no haya sudado la tiza durante tres lustros, quien no haya pisado un patio con barro, gestionado familias desquiciadas, lidiado con la diversidad sin la red del departamento y terminado afónico a quinta hora de un viernes, no tiene absolutamente nada que enseñar sobre cómo se da clase. Menos endogamia de papers que no lee nadie para coleccionar acreditaciones y más maestros de verdad enseñando a los maestros del futuro.

Y, finalmente, tomaría la decisión de fumigar a los pedabobos y quemar las tesis/investigaciones basura.

Por cierto, que nadie se confunda ni salga a rasgarse las vestiduras. Esto no implica dejar de hacer investigación educativa. Faltaría más. La investigación sobre cómo aprendemos es imprescindible, pero sobre cosas útiles, no sobre la morralla infame que se lleva produciendo de forma habitual en las últimas décadas (o, para ser honestos, desde siempre).

Basta con echar un vistazo al catálogo de tesis doctorales y proyectos de investigación en educación para sentir vergüenza ajena. Toneladas de papel dedicadas a investigar chorradas teóricas, sesgos ideológicos disfrazados de ciencia, validación de aplicaciones digitales de amiguetes y endogamia universitaria cuyo único objetivo es que un titular de departamento sume un sexenio de investigación. Papers inútiles que no ha leído nadie y que no sirven para solucionar un solo problema real dentro del aula.

La investigación educativa tiene que bajarse del pedestal, dejar de fabricar humo y ponerse a investigar lo que importa. Y lo que importa es qué metodologías de lectoescritura funcionan realmente con datos empíricos, cómo afecta la sobreexposición a pantallas al cerebro en desarrollo o qué estrategias de memoria y estudio mejoran el rendimiento en contextos de vulnerabilidad. Menos filosofía de salón y más evidencias.

A los futuros docentes se les enseña a repetir consignas. Si en la facultad un estudiante pide contenidos, memoria o examen, le encasquetan el cartel de profesaurio; si denuncia que regalar el aprobado es una estafa de clase que condena al hijo de las familias más vulnerables a la precariedad de por vida, lo etiquetan de rojipardo o facha. Pero cuando algunos docentes de aula se hartan y retratan la vaciedad de los predicadores llamándolos por su nombre, pedabobos, a algunos les entra la piel fina de papel de fumar y lloriquean pidiendo respeto institucional. Un respeto que, curiosamente, ellos jamás tienen por los demás.

Cerrar carreras inútiles, echar a los teóricos sin aula, exigir quince años de barro a quien pretenda enseñar a dar clase y meter el bisturí en la fábrica de papers. Ese es el plan. Pero claro, esto significaría tocar los despachos universitarios y el negocio de los que viven de venderle humo al sistema. Y en este país se prefiere sacrificar el futuro de millones de alumnos antes que tocar el sillón de un catedrático.

Finalmente me gustaría decir algo. No todos los docentes universitarios son malos docentes. Hay la misma proporción de buenos y malos que en cualquier otra profesión (incluyendo la docencia en etapas obligatorias). Otro tema es que, viendo lo que está sucediendo, toca tomar medidas pensando en lo más importante. Y lo más importante es que alguien que entra en un aula esté lo mejor formado posible y que la investigación educativa sirva de algo.

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