El profesor que cometió el delito de intentar enseñar Historia

El despertador sonó a las seis de la mañana en el piso de Alberto. Cuarenta y dos años, profesor de Geografía e Historia en un instituto del cinturón industrial de Barcelona, y con la piel gris del que lleva demasiado tiempo alimentándose de café de máquina y resignación.

Se miró al espejo, suspiró y metió en su mochila desgastada lo único que la administración aún no le había requisado. Metió tres rotuladores semisecos y un resto de dignidad que ya no servía ni para pagar la hipoteca.

A las ocho en punto cruzó la puerta del centro. En el vestíbulo, junto al corcho de los partes de expulsión que la directiva obligaba a esconder para no estropear la convivencia, un cartel recién impreso en papel brillante anunciaba el eslogan del mes… «Aquí no impartimos materias, facilitamos experiencias de felicidad socioemocional».

Al lado del cartel estaba Sergio.

Sergio tenía veinticuatro años, el pelo perfectamente engominado y una plaza recién estrenada gracias a dominar la jerga de la consejería mejor que la tabla del siete. Sostenía el móvil con un palo de luz anular y vestía una sudadera donde ponía Less Content, More Love.

-¡Hombre, Alberto! -lo saludó Sergio, girando el foco tres milímetros para encuadrarlo-. Saluda a los diez mil seguidores que tengo en TikTok. Estoy grabando el reto #UnDíaConUnDocenteAnalógico. La gente se parte con la estética vintage y es algo que seguramente se va a viralizar.

Alberto se detuvo en seco.

-Sergio, bájame esa mierda de la cara. Y deja de enfocar a los chavales en el pasillo, que luego nos comemos nosotros la denuncia de protección de datos.

-Pero qué rancio eres, tío. Hay que trabajar la marca personal. Dar la chapa con el Feudalismo es una pérdida de tiempo. La pasta i el reconocimiento están en la red. Si esta tarde me entra un patrocinio de la app de rúbricas DUA, el mes que viene pido la baja por estrés y me dedico al coaching pedagógico. El instituto solo es el plató, Alberto. Hay que saber rentabilizar la tiza.

Alberto apretó los dientes, se sirvió un torrefacto café amargo que le supo a ceniza y tiró hacia su clase de tercero de la ESO.

El aula era una trinchera. Treinta y dos alumnos distribuidos en una masa caótica. En la segunda fila, un chaval con la mirada perdida seguía en directo a un tipo de veinte años desde Andorra que explicaba cómo ganar ocho mil euros a la semana comprando criptomonedas mientras insultaba a la gente que trabajaba ocho horas al día. En el fondo, dos alumnas ensayaban un baile de seis segundos frente a la pantalla del teléfono. El resto sintonizaba la habitual frecuencia de apatía profunda propia de quienes llevan desde los seis años chutándose dopamina en vena.

Alberto dio tres golpes contra la mesa.

-Página noventa y dos. Las causas de la Revolución Industrial. Abrid el libro.

El chaval de la segunda fila ni pestañeó.

-Profe, menuda chapa. Si esto ya me lo hace la inteligencia artificial en tres segundos. Además, la hermana de mi colega se saca tres mil pavos subiendo colaboraciones de productos de belleza. Estudiar Historia es de perdedores.

-Guarda el teléfono o te pongo un parte.

-Ojo, profe, que eso es acoso -saltó una alumna desde el rincón-. Te grabo, se lo mando a mi madre y mañana tienes aquí a la inspección por alterar mi bienestar emocional.

Alberto tragó saliva. Sintió un vacío helado en el estómago. Intentó recordar la biblioteca de la facultad, la pasión por la cultura, la idea de que la escuela pública era la última herramienta para que el hijo de un obrero pudiera competir con el hijo de un médico. Una ilusión absurda que duró exactamente lo que tardó en abrirse la puerta del aula.

Entró la directora, escoltada por la inspectora de zona, una mujer impecable que no había pisado una clase con alumnos desde el siglo pasado.

La inspectora miró la pizarra. Había un esquema limpio, con fechas, causas y consecuencias. Su rictus se endureció como si hubiese pillado a un delincuente en pleno delito.

-Profesor -dijo la inspectora con una voz suave que escondía una guillotina-, ¿dónde está el trabajo cooperativo? ¿Dónde veo la perspectiva de género aplicada a la máquina de vapor? ¿Por qué los alumnos no están gamificando el contenido con las tablets de la consejería?

-Están intentando aprender a leer un texto histórico y a pensar, inspectora. Sin base de contenidos no hay nada que gamificar.

La inspectora emitió una risita condescendiente.

-El contenido académico es un concepto reaccionario, Alberto. Aquí evaluamos competencias transversales. He revisado su acta del primer trimestre y tiene un doce por ciento de suspensos. Eso es inaceptable. Nuestro objetivo institucional es el fracaso cero.

-Si no saben redactar un párrafo ni ubicar el siglo XIX, no pueden aprobar -dijo Alberto, bajando el tono pero manteniendo el pulso.

-No están suspensos, están en proceso de maduración autónoma -le espetó la directora clavándole una mirada fulminante-. Recuerde su evaluación docente, Alberto. Rellene las rúbricas de quince páginas, aplique la adaptación e inserte un notable a todos. Necesitamos cuadrar la estadística comarcal antes del viernes.

A las tres de la tarde, Alberto recogía sus cosas en la sala de profesores. Al fondo, Sergio terminaba de grabar su último reel.

-¡Y eso es todo, amantes de la innovación! -decía Sergio a la cámara con tono estridente-. Si queréis el PDF con mi método para aprobar a todo el mundo sin corregir un solo examen, tenéis el enlace en mi bio. ¡A fluir y a amar la escuela!

Alberto salió al patio trasero. Hacía un calor frío. Se apoyó junto a los contenedores de reciclaje -repletos de borradores de adaptaciones curriculares que nadie leería jamás- y encendió un cigarrillo con la mano temblorosa.

Sacó el móvil. En la pantalla, un periódico digital abría en portada… «Récord histórico de titulados en Secundaria gracias al éxito de las metodologías emocionales».

Alberto soltó una bocanada de humo, miró el hormigón gris del patio y sintió la certeza absoluta del que se sabe derrotado. Tiró la colilla, la aplastó con la suela del zapato y, saliendo por la puerta, caminó hacia la parada del autobús. Mañana le tocaba explicar el movimiento obrero. O, con más probabilidad, disculparse por haber pedido a sus alumnos que abrieran un libro.

Recordad que todo lo que he escrito hoy es ficción educativa. Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.

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2 comentarios

  1. Jordi, ho claves!
    Sóc catedràtic d’història d’ Institut ja jubilat, tanmateix segueixo amb interès tot allò relacionat amb l’ Ensenyament perquè tinc una colla d’ amics a les trinxeres encara. Les teves reflexions són un esperó per continuar creient en què el sistema té solució!

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