Docentes de postureo, OnlyFans y el negocio de usar el aula como trampolín
Enseñar a un adolescente de quince años a analizar una oración subordinada, resolver un sistema de ecuaciones o comprender las causas de la Revolución Francesa siempre ha sido una tarea compleja. Pero hoy en día se ha convertido directamente en una misión suicida. Y no por culpa de las metodologías, de las dichosas programaciones o del enésimo invento de la consejería de turno, sino por algo mucho más perverso. Estoy hablando de la degradación moral de la propia profesión y la victoria aplastante de la tabla de multiplicar del dinero fácil.
¿Cómo le explicas a un chaval en el aula que tiene que esforzarse, memorizar, hacer codos y quemarse las pestañas durante una década para aspirar a un futuro con mínimas garantías? No puedes. Porque mientras le cuentas esa milonga decimonónica sobre la movilidad social y el valor del conocimiento, el chaval está debajo del pupitre mirando la pantalla del móvil. Y lo que encuentra ahí no es solo al streamer de turno de 22 años ganando cuarenta mil euros al mes por jugar a la consola o a alguno, que haciendo burpees dice que los estudios no sirven de nada. Lo peor de todo es que en esa pantalla encuentra a los propios docentes.
Asistimos al bochornoso espectáculo de una nueva hornada de docentes que ven la enseñanza no como un servicio digno o una profesión seria, sino como un mero trampolín mediático. Jóvenes recién aterrizados en el sistema que entran en el instituto con el palo selfie bajo el brazo, obsesionados con grabar vlogs de «un día conmigo en el aula», hacer bailes para TikTok desde la sala de profesores o vender guías infames en Instagram para montarse su chiringuito digital.
Su objetivo real jamás ha sido enseñar ni transmitir conocimiento. Su objetivo es engordar una marca personal para, en cuanto puedan, dar el pelotazo y salir corriendo del aula.
Ahí están los ejemplos que la prensa y los algoritmos aplauden con cinismo. La docente que cuelga la tiza para abrirse una cuenta en OnlyFans presumiendo de que se saca en un mes lo que la consejería le hubiera pagado en toda la vida de docente, o el maestro supuestamente expulsado de su centro por exponer e instrumentalizar la imagen de su propio alumnado en redes sociales, que hoy se pega la vida padre facturando a costa de vender su outfit o sus viajes y riéndose a mandíbula doliente del sistema que lo sancionó.
El mensaje que estos mercaderes de la tiza envían a los alumnos es demoledor. Les insinúan que estudiar es de primos, la cultura es una pérdida de tiempo y el aula es solo un decorado barato para monetizar tu vida, tu ego o tu cuerpo.
El choque con la realidad es sencillamente brutal y la escuela se ha quedado desarmada. El sistema educativo sigue operando sobre una promesa que saltó por los aires hace años. Los referentes de nuestros alumnos ya no son científicos, ni ingenieros, ni escritores, ni los docentes honestos que se dejan la piel cada mañana sin buscar el aplauso del like. Los referentes son los cazadores de dopamina rápida que han descubierto que la zafiedad, el morbo y la exposición pública pagan ingresos de cirujano multiplicados por cien.
Lo más sangrante de esta historia es el espejismo. Por cada perfil que lo rompe en redes sociales o se llena los bolsillos en plataformas de contenido para adultos, hay cientos de miles de jóvenes que van a quedar arruinados intelectual y laboralmente por haber creído que la vida real funcionaba a golpe de algoritmo. Les estamos vendiendo una lotería tóxica donde el premio gordo se lo llevan cuatro listos, normalmente sin escrúpulos y dispuestos a todo, mientras que la pedrea es el analfabetismo funcional para el resto.
En el mismo momento en que sucede esto, la administración mira para otro lado con su cinismo habitual, metiendo más competencias digitales y pidiéndole al docente riguroso que se convierta en un animador de ludoteca capaz de competir en ritmo con un vídeo de quince segundos.
Es hora de hablar sin contemplaciones. Ni el aula es un plató de televisión para docentes con ansias de figurar, ni la educación es un contenido patrocinado para aspirantes a influencer. Un docente no está ahí para competir con TikTok u OnlyFans. El aula es el espacio del rigor, de la pausa, del pensamiento abstracto y del respeto. Si la sociedad ha decidido premiar la vacuidad y castigar la cultura real, la escuela no tiene que disfrazarse de circo para caer simpática.
Competir contra los millones fáciles de las redes es imposible. Pero permitir que los propios docentes usen sus aulas como rampa de despegue para sus negocios privados es la rendición definitiva del sistema.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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