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11 razones imprescindibles para seguirme en X

Esta noche he tenido una revelación. Llevo años cometiendo el gravísimo error de escribir para docentes con sentido crítico, gente que se deja los cuernos en su trabajo y se lee los artículos del blog enteros. ¡Menudo negocio de mierda!

He estado mirando las cuentas de los gurús del mindfulness pedagógico, los perfiles de los consultores de innovación disruptiva que no han pisado un aula en su vida y las redes de los políticos que gestionan el tinglado, y se me ha caído la banda de los ojos. Yo también quiero millones de seguidores en X o, en caso de los políticos, tener tanto desparpajo y ganas de que me regalen entradas para un campeonato de curling.

Quiero que las marcas de tabletas chinas me paguen los viajes, quiero dar ponencias de quince minutos paseándome por escenarios con luces de neón y quiero que en la administración educativa me pongan moqueta roja al pasar. He decidido vender mi alma al algoritmo. La intenté vender publicando un libro cuestionando muchas cosas, de forma muy soez, y lo único que se le ocurrió al «melenas», gracias a algunos que supuestamente eran «amigos», fue intentar acabar conmigo. Eso sí, antes de que acabaran conmigo, preferí irme, respetarme y empezar a tratarme de nuevo de lo mío.

Para alcanzar la dominación global en redes y hacerme multimillonario en likes a costa de la credulidad ajena, he diseñado esta estrategia imbatible de 11 puntos. Podéis empezar a seguirme en X (o en Facebook), así diréis que me seguíais antes de vender la dignidad.

Prometo publicar infografías de colores pastel todas las santas mañanas. Se acabaron las verdades incómodas. A partir de hoy, solo subiré monigotes sonrientes con lemas como «El aula no es un espacio, es un abrazo» o «No evaluamos conocimientos, abrazamos emociones». Retuit masivo asegurado por parte de muchos.

Subiré hilos infames de 30 tuits metiendo la palabra «Disrupción» hasta en la sopa. Abro hilo sobre las 15 metodologías con nombre en inglés que la escuela tradicional te ocultó (el número 8 te hará llorar de resiliencia). Algoritmo puro, directo a la yugular del postureo.

Firmaré una tregua eterna con el President y las administraciones educativas. Si el político de turno se hace la foto de rigor con un robot de plástico que no funciona en un colegio recién pintado, le pondré… ¡Enhorabuena por la visión de futuro, Molt Honorable! Hay que ir labrándose amigos para que me inviten a eventos o me nombren para un alto cargo (esta vez sí que quiero, como mínimo una Dirección General o ya, directamente, ser el próximo máximo responsable) de la administración educativa.

Abrazaré la Inteligencia Artificial hasta para ir al lavabo. Crearé un bot que genere automáticamente tutoriales sobre «Cómo enseñar historia mediante prompts de ChatGPT a niños que aún no saben ni sumar». Si no gamificas el cerebro de un chaval de seis años, eres un cavernícola.

Defenderé la abolición del esfuerzo, la memoria y la exigencia. Reprobar a un alumno es un acto de clasismo intolerable. A partir de ahora, si alguien se niega a abrir el cuaderno en todo el curso, le daremos una medalla por «explorar con valentía los límites de la inacción creativa». Mis métricas entre el alumnado (de los demás) van a reventar la red.

Alabaré los programas informáticos infames de la administración. Si la plataforma oficial de gestión (ITACA, Séneca o el engendro que toque) se cae un viernes de evaluación a las tres de la tarde, escribiré… «Gracias a la Consejería por regalarnos este espacio de pausa y desconexión digital obligatoria». Pura actitud positiva.

Llamaré tecnófobo a cualquiera que ose abrir un libro en papel. ¿Leer tres páginas seguidas sin una pantalla parpadeando al lado? Qué siglo XIX, por favor. Si no estás scrolleando en TikTok mientras estudias la Edad Media, no estás conectado con el siglo XXI.

Crearé mi propio método pedagógico con nombre en inglés e infumable. Bienvenidos al Mindful-Gami-Learning 4.0. No tengo ni la más remota idea de qué significa, pero suena a curso de formación de 3.000 euros el fin de semana y a miles de impresiones en mi perfil.

Subiré selfies desde la playa en verano dando consejos de desconexión emocional. Nada atrae más que decirle a la gente desde una hamaca cómo debe gestionar el estrés burocrático que yo mismo les ayudo a aumentar desde las redes. Si a ello le sumamos fotos al lado de un lambo alquilado y una foto de mi tableta de chocolate, son cientos de miles de seguidores en nada.

Me haré el mejor amigo de la policía pedagógica. Responderé con corazoncitos a todos los que redactan informes de doscientas páginas sobre rúbricas socioemocionales. Prometo no volver a llamar a su trabajo papeleo basura.

Organizaré sorteos de humo digital. Puedo sortear tres licencias para una app que dibuja mapas conceptuales automáticos mientras duermes. Para participar… da RT, menciona a tres compañeros quemados y jura fidelidad a la pedagogía.

Y si por lo que sea esta estafa no funciona… seguiré escribiendo lo mismo de siempre. Porque, seamos francos, ni sé vender humo, ni aguanto la hipocresía de los gurús, ni me voy a callar una sola de las miserias de la administración.

Así que la pelota está en vuestro tejado. Si queréis ver cómo me convierto en un influencer edulcorado o, por el contrario, queréis presenciar cómo reviento el circo desde dentro con la misma mala leche de siempre, dadle al botón de seguirme en X o alguna de las otras redes sociales en las que estoy, que aparecen al final de cada artículo. Prometo no defraudaros desde mi nuevo yate.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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2 comentarios

  1. Estimado Jordi:
    Se hace necesaria una reflexión sobre la cantidad de suspensos en las Oposiciones de Primaria debido a las faltas de ortografía de los aspirantes, muchos de ellos ya maestros de nuestros hijos. Hacía tiempo que escuchaba burradas del tipo “ortografía natural”, en referencia a escritos ininteligibles producidos por niños de Primero de la ESO.
    Pero no son las faltas de ortografía en docentes lo más preocupante, sino las faltas de expresión escrita: signos de puntuación, faltas de coherencia, cohesión o adecuación, etc.
    Buena parte de esto habría que achacárselo a la RAE, institución que fue “laxa” al permitir errores de signos de puntuación en mensajes de correo electrónico, de whatsapp o de SMS: eso de permitir un solo signo de interrogación o exclamación, no penalizar las tildes, etc.
    Sobre los otros tipos de faltas de ortografía o de expresión escrita puede tener la culpa el excesivo uso de la tecnología, aunque hay acciones que me hacen dudar, como la ausencia de vocativos en muchos comienzos de mensajes. Si en países como Francia se ha vuelto al dictado, ¿por qué no se plantea en España?
    En estos últimos días he leído y escuchado auténticas barbaridades sobre la no importancia de las faltas de ortografía o de no saber redactar bien. Es triste todo esto y ha tenido que salir a algún juez a la palestra para defender la buena expresión escrita, cuando algunas víctimas del semianalfabetismo que están quejando de las estrictas correcciones.
    Más de lo mismo: ¿fomentan las nuevas tecnologías el semianalfabetismo? Yo creo que no: falla un sistema educativo que ha sido destrozado por los happyflowers de la Educación emocional. Yo jamás sufrí el dicho de “la letra con sangre entra”, pero sí leía y redactaba lo que mis profesores me pedían sin rechistar y sin quejarme de que fuera aburrido.

  2. Salut i bona calor!
    Estaria bé veure’t en la faceta que descrius.
    D’imaginació no et deu faltar i de facilitat de paraula per explicar coses, portes temps demostrant-la.
    Ànims amb el camí que decideixis.
    Et seguiré llegint ja que em fas reflexionar i replantejar coses de la meva pràctica i del meu esquema mental.
    Moltes gràcies.

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