A mis haters profesionales

Llevo años destapando las miserias de este sistema y, curiosamente, el argumento recurrente de los que se sienten aludidos nunca es técnico. No vienen a rebatirme con datos, ni con artículos científicos, ni con estudios de campo. No. Vienen con la vieja cantinela de siempre. Me dicen que estoy echando mierda sobre la pública, que soy un hater o, simplemente, que busco notoriedad. Es un manual de instrucciones de lo más básico, diseñado por quienes confunden la crítica con el insulto porque, en el fondo, saben que no tienen argumentos para defender lo indefendible.

Y aquí es donde les duele especialmente, donde les escuece de verdad y les hace perder los papeles. Además les molesta que este blog que estáis leyendo jamás haya sido comprado. No me he vendido jamás, no tengo detrás a ningún partido político que me dicte el argumentario, ni a ninguna editorial que me pague por vender humo, ni a ninguna consultora tecnológica de la que sacar comisión por recomendar sus productos. No saco ni un céntimo de esto. Y eso, en este ecosistema de pesebres y subvenciones, es lo que realmente les revienta el hígado.

Un inciso… que haya estado en la administración (zona gris) y durante un par de años en un cargo, supuestamente importante, con un gobierno de un determinado color, no me hace votarles en las próximas elecciones ni ha impedido que los criticara abiertamente en la toma de ciertas decisiones. Eso sí, como buen funcionario, esas críticas, mientras he estado ahí, las hacía veladamente en el blog y abiertamente en determinados lugares. Bueno, he estado con dos gobiernos diferentes. Y los primeros, al igual que los segundos, por no tener su carnet en el bolsillo y mostrarlo alegremente, me han tratado igual de bien cuando me necesitaban e igual de mal cuando ya había solucionado todos los problemas para los que me ficharon.

Las críticas brutales de mis últimos artículos sobre lo que está sucediendo en los tribunales de oposición no son gratuitas, por mucho que la policía pedagógica intente meter ruido para desviar la atención. No es un ataque por diversión. Es, simplemente, mostrar las vergüenzas de una parte del sistema que parece que jamás pueda tocarse.

Parece que la profesionalidad de los docentes sea un dogma de fe incuestionable sobre el que está prohibido debatir. Pues lo siento, pero no. En la enseñanza hay profesionales excelentes, que se dejan la piel en la baldosa y que tienen una cultura y un rigor encomiables. Pero también hay malos profesionales, vagos, incompetentes e inmaduros. Como en todas partes. Como en la medicina, en la abogacía o en la albañilería.

La diferencia es que si un médico comete una negligencia, se le denuncia. En cambio si un docente comete un atentado lingüístico en un examen de oposición o necesita que su madre le lleve de la mano a reclamar, parte del corporativismo rancio sale en manada a protegerlo bajo la manta del victimismo. El hecho de que yo no critique otros ámbitos profesionales no implica que no pueda hacerse. Implica que el ámbito que yo conozco al dedillo, es la educación. Y por eso hablo de lo mío.

Denunciar la falta de nivel o la infantilización no es atacar a la escuela pública. Es la única forma de limpiarle la cara frente a los que quieren convertirla en una guardería asistencial. Se lo pregunto a menudo a los que se ofenden… si tan mal les parece que señale dónde chirría el engranaje, ¿cuál es vuestra alternativa? ¿El silencio? ¿La complicidad? ¿Hacer como que aquí no pasa nada mientras el barco se hunde y los títulos se regalan por decreto? Si no somos capaces de verbalizar qué es lo que falla, ¿alguien me puede explicar qué soluciones vamos a encontrar?

La mejora educativa no se construye desde el buenismo ni desde la autocomplacencia. Se construye desde el diagnóstico crudo. Jamás he dicho nada que no creyera firmemente para la mejora del sistema educativo, sin censura previa y sin importarme si mis palabras molestaban a alguien. Si para ser un buen docente hay que comulgar con ruedas de molino y callar ante la mediocridad, conmigo que no cuenten.

Seguid ladrando, seguid intentando silenciar la disidencia con vuestras etiquetas de saldo y vuestras rabietas en las redes. Cada insulto que recibo es una confirmación de que estoy pisando el callo correcto. Ni me vendo, ni me callo, ni estoy aquí por el dinero. Estoy aquí por el rigor de la escuela pública, esa que algunos decís defender en las pancartas mientras justificáis que se vacíe de conocimiento por dentro.

La dignidad no se compra con subvenciones, con afiliarse a una determinada «secta» educativa, ni con palmaditas en la espalda de la administración. Se gana día a día, hablando claro y mirando de frente a la realidad. Menos ataque al mensajero y muchísimo más respeto a la profesión docente, a sus buenos profesionales (que son la mayoría) y al alumnado.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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Un comentario

  1. Aunque tengas «odiadores» también tienes cientos de docentes que leemos tus artículos, reflexionamos tus opiniones , las aplaudimos y las divulgamos.

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