Usar un PowerPoint no es dar clase… es presentar
Se ha instalado en las aulas y en las jornadas de formación una de las mayores estafas intelectuales del siglo XXI. Me estoy refiriendo a la pantallitis ilustrada. Parece que para ponerse delante de un grupo humano ya no hace falta dominar una materia, estructurar un discurso ni poseer la capacidad de sostener la atención ajena a base de conocimiento y oratoria. Basta con encender un proyector (ahora una pizarra digital), bajar las persianas, apagar las luces para que el personal se adormile en la penumbra y empezar a leer diapositivas como si fuéramos niños de primaria ensayando la cartilla de lectura. Conviene decir una obviedad incómoda. Usar un PowerPoint no es dar clase… es presentar. Y son dos cosas totalmente distintas.
El uso sistemático de presentaciones en un aula o en una jornada formativa no es un intento de explicar nada. Es, en la mayoría de los casos, un escudo de cobardía pedagógica. Es el escondite perfecto para el ponente o el docente que no se ha preparado la clase, no domina lo que está explicando y necesita un guion luminoso que le vaya recordando qué demonios tiene que decir a continuación. Convertir el proceso de enseñanza-aprendizaje en un pase de diapositivas con viñetas estériles, fuentes de diseño y gráficos de colores es vaciar la transmisión del conocimiento de toda su densidad intelectual. La tarima se ha sustituido por un mando a distancia de pasar pantallas, y el pensamiento crítico ha sido devorado por el impacto visual de baja intensidad.
Estas herramientas nacieron donde tenían que nacer y sirven para lo que sirven. Sirven para presentar productos en sesiones empresariales, vender humo en reuniones de marketing, cuadrar balances financieros ante un consejo de administración que mira el reloj y resumir objetivos trimestrales en veinte minutos de prisa corporativa. Ese es su hábitat natural. Llevar esa dinámica Fordista de cadena de montaje de información empaquetada al ecosistema de la educación es un insulto al sentido común. El aula no es una oficina de Silicon Valley, ni los alumnos son clientes a los que hay que encasquetarles un producto financiero mediante un gráfico circular.
Las presentaciones de diapositivas deberían estar fulminantemente desterradas de cualquier espacio que pretenda llamarse educativo. Hacen un flaco favor al proceso de aprendizaje porque acostumbran al cerebro a una desconexión pasiva. Frente al PowerPoint, el alumno no procesa. Simplemente contempla un desfile de impactos que se evaporan en cuanto se apaga el proyector. Se elimina la magia de la improvisación guiada, el hilo argumental que se construye en directo sobre la pizarra y la necesidad de que el alumno tome apuntes reales estructurando la información en su propia cabeza. El PowerPoint te lo da todo mascado, empaquetado y listo para olvidar en el próximo examen. Es la comida rápida de la pedagogía.
La verdadera docencia se ejerce mirándose a los ojos, midiendo los silencios, modulando la voz y teniendo el valor de sostener una clase únicamente con la palabra, el espacio y, como mucho, un trozo de tiza o un rotulador para fijar las ideas fuerza en la pizarra. Cuando un docente domina su materia de verdad, no necesita veinticinco diapositivas para justificar su presencia en el aula. Le basta con su cabeza y su capacidad para contagiar la fascinación por el conocimiento. Lo otro, lo de ir pasando pantallas mientras se recita lo que el alumno ya puede leer perfectamente por sí mismo, es pura desidia intelectual.
Deberíamos de dejar de camuflar la pereza metodológica bajo el paraguas de la modernización tecnológica. Una clase magistral de verdad es un acto de artesanía intelectual. Un PowerPoint es una plantilla para optimizar el tiempo de los ejecutivos agresivos. Si lo único que ofrece un docente es un documento proyectado que se podría enviar por correo electrónico cinco minutos antes de empezar, sobra el docente, sobra el aula y sobra la clase.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
Descubre más desde XarxaTIC
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
