Cuando la excelencia se mide en tesis doctorales, pero las aulas de etapas obligatorias van por libre

Hay universidades que presumen del número de tesis doctorales que se defienden cada año como si eso fuera sinónimo automático de calidad. Cuantas más tesis, más excelencia. Cuantos más doctorandos, más prestigio. Cuanta más producción científica, más impacto. Al menos eso dicen los rankings. Y oye, si un ranking lo afirma, ¿quién se atreve a dudar?

Pero luego miras lo que pasa en las aulas -en esas donde docentes y alumnado se encuentran cada día- y te das cuenta de que hay una desconexión tan evidente que da hasta vergüenza ajena. Se supone que toda esa producción investigadora debería servir para mejorar la educación real, la que sucede entre pupitres, no en los PDFs de un repositorio digital.

Porque sí, se escriben tesis sobre cómo aprende el alumnado, sobre qué metodologías funcionan mejor, sobre cómo evaluar para que tenga sentido, sobre la inclusión que debería llegar a todos. Y sin embargo… en demasiados centros la inclusión sigue siendo un cartel. La evaluación, un trámite. La metodología, un eslogan. El aprendizaje, un algoritmo que escupe medias.

Miles de páginas, conclusiones refinadas, teorías impecables… pero en la práctica, el profesorado continúa buscando soluciones en el pasillo, improvisando con lo que tiene, preguntando a quien tiene al lado porque nadie le ha explicado cómo aterrizar nada de lo que se publica.

Y ahí está el quid de la cuestión… una tesis puede ser excelente y totalmente inútil. Puede merecer cum laude… y no cambiar la vida de ni un solo estudiante.

Lo triste es que muchas no están pensadas para hacerlo Porque el sistema que las promueve no premia el impacto real, sino la cantidad. Una cantidad medida por cuántos artículos, cuántas citas, cuántos congresos, cuántas métricas.

El conocimiento educativo convertido en contabilidad académica.

Quizá haya llegado el momento de aceptar algo incómodo. Y eso incómodo es que la educación no mejora a golpe de papers si esos papers no salen del despacho donde se escribieron. No basta con producir saber… hay que traducirlo. Hay que acompañarlo. Hay que convertirlo en práctica.

Hace falta investigación que baje al barro. Investigación que acompañe, que escuche, que se equivoque en clase antes de publicar la hipótesis. Investigación donde las necesidades de alumnado y docentes no sean un anexo, sino el punto de partida.

Si la universidad presume de excelencia y la escuela presume de supervivencia, alguien se está perdiendo por el camino.

Ni más tesis garantizan más calidad educativa. Ni menos tesis aseguran que todo vaya mal.

Lo que necesitamos es conexión. Menos clima de cátedra y más clima de aula. Menos auditoría, más aprendizaje. Menos investigación para engordar currículos y más investigación para enriquecer resultados de nuestro alumnado.

Un sistema educativo que se mide más por cuántos doctores produce que por cuánto aprenden sus estudiantes, es un sistema que confunde éxito con números y progreso con apariencias.

Y la educación, aunque algunos todavía no se hayan enterado, no se mejora firmando actas de defensa doctoral, sino defendiendo cada mañana el derecho a aprender de quienes están en clase.

Todo lo que publico está basado en inputs que recibo o cosas que leo. En este caso la inspiración me ha venido acerca del debate en la existencia de más o menos universidades y titularidad de las mismas. Y, sabéis qué es lo que me ha chirriado… que se use el número de tesis doctorales como medida de calidad universitaria. Así que, como habéis visto, me he permitido trasladarlo a cosas que conozco un poco.

Podéis descargaros mi último libro en formato digital, TORREZNO 3PO: un alien en educación, desde aquí.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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2 comentarios

  1. Soy profe de secundaria pero antes en la universidad, soy de los que de arriba, de la intelectualidad (efectivamente, soy doctor) se ha bajado al barro, a mancharse y seguir investigando (es mi yo, la investigación) desde abajo, y que me he encontrado? Barro, no; mier…, si, quien la ha puesto ahí? Pues siento decirlo, los docentes. Los profes de secundaria siguen creyendo que son fuente de saber y que tiene que demostrarlo en clase. El CAP no los preparo, er apuro tramite, yo les obligaría a hacer el máster donde hay conocimientos de psicología, de pedagogía, se sociología y antropología….herramientas necesarias para enseñar a aprender, que esa es nuestra función, enseñar a aprender. El gran problema, los docentes, la ley está bien, llegó con muchos años de retraso pero el retraso e su aplicación es CULPA de los profesores. Los alumnos son muy buenos, he comprobado que tienen una gran capacidad de adaptación, al contrario que sus profes, se adaptan al sistema que los profes le ofrecen, del siglo XIX, en vez de los profes adaptarse al sistema del siglo XXI.

  2. Estimado Jordi,
    pertenezco a esa Universidad que te da «vergüenza ajena» por nuestras prácticas de tesis doctorales alejadas de la realidad del aula, es más, me dedico a dirigir proyectos de investigación y tesis doctorales en una Facultad de Educación, y, por tanto, según tu análisis, a engordar los repositorios de las Universidades de pdf inútiles.
    Bien, creo que esos «galones» me permiten humildemente contestar a tu post.
    Primero, defiendo que «muchos de esos profesionales de la escuela real no quieren hacer tesis doctorales». Me encantaria, no, mejor dicho, pagaría para que profesores y maestros de las aulas reales se acercaran a la Universidad y se decidieran a hacer tesis doctorales que surgieran de sus problemas y preocupaciones reales y los investigaran, y los analizaran, y diseñaran y evaluaran propuestas, métodos, programas,. etc. Desgraciadamente no es lo que me suelo encontrar, salvo honrosas excepciones de maestras y maestros excelentes, comprometidos, observadores, etc. Lo que me suelo encontrar cuando animo a profesoras o a maestras con las que convivo a hacer sus tesis sobre sus aulas es: No tengo tiempo, no me compensa, mi horario acaba a las 14 horas o a las 15 horas, no estoy dispuesta a sacrificar meses de verano o puentes en una tesis, eso para que me sirve, etc. etc. Es más, recientemente he animado a dos profesoras de dos IES muy críticas con el sistema pedagógico y con la Pedagogía a venir a la Facultad, a investigar desde sus aulas, a plantear un estudio para recoger evidencias de lo que están viendo en las aulas…¿su respuesta? Todavía las estoy esperando. Entonces, como dice el refranero español: quien quiera peces que se moje el culo.
    Segundo, defiendo que «muchas tesis doctorales y muchos investigadoras universitarias usan a la escuela como banco de datos para reclutar participantes y muestras, pero luego se olvidan de ella». Es cierto que desde las escuelas, cuando a veces solicito su colaboración en algún estudio, me dicen que tuvieron una o dos o hasta tres malas experiencias con otras compañeras que llegaron, recogieron datos y se fueron. Una escuela de usar y tirar. Malas Prácticas. Ni un mensaje más, ni un informe de resultados, ni una reunión para trasladar conclusiones del estudio. estudios para conseguir una acreditación a catedrática y nada más. La escuela no les importa. La educación no les importa. Pero luego, a esas mismas investigadoras son los CEPS o las escuelas quienes las contratan para darles cursos, `por ejemplo. A lo mejor habría que visibilizarlo.
    Tercero, defiendo que «los profesionales de la educación de las escuelas reales no leen ciencia educativa ni van a congresos científicos». Claro, Jordi, ¿dónde están los resultados de esas tesis doctorales? En los artículos científicos. ¿Quienes los leen? ¿tiene el profesorado cultura de leer en esas revistas? ¿saben que existen? ¿cuáles son sus fuentes formativas? ¿los post de los sindicatos? ¿las webs profesionales? ¿Y a qué encuentros científicos asisten los maestros, las profesoras? Recientemente he tenido la oportunidad de asistir a unas jornadas que se supone que eran «cientificas» organizadas por una asociación profesional de profesores de instituto. ¿Qué se expuso alli? Ni una sola investigación reciente. Ni un solo estudio real. Solo opiniones, valoraciones, cortas y pegas de aqui y de alla, experiencias personales de caso único, pero ninguno de los ponentes investigaba en la realidad de las aulas ni tenía resultados científicos producto de un estudio suyo reciente. Divulgadores, nada más. No científicos. ¿Quién tiene la responsabilidad de los ponentes a los que invitais a vuestras Jornadas formativas? ¿Está la escuela valorando la ciencia educativa o las modas educativas?

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