Manual definitivo para fingir ser un innovador en educación
Innovar está de moda; si no innovas, no existes y, si no repites la palabra «transformación» en cada conversación o en tus redes sociales, casi podríamos decir que no eres ni docente. El problema es que innovar de verdad exige pensar, observar, probar, equivocarse, volver a probar y, sobre todo, aceptar que hay cosas que pueden salir mal. Y eso desgasta. Agota. Quita tiempo para la foto.
Por suerte, existe un camino mucho más cómodo… parecer innovador sin cambiar absolutamente nada. La innovación como espectáculo, como ilusión escénica, como maquillaje pedagógico. La revolución educativa en modo selfie.
El primer paso es dominar el lenguaje. Tu clase magistral de toda la vida puede convertirse en «aprendizaje activo guiado». Copiar apuntes lo puedes llamar «transferencia autónoma». Hacer preguntas en voz alta puedes convertirla en «gamificación leve». Si alguna vez dudas de cómo bautizar algo, usa un anglicismo al azar y sonará moderno, aunque no tenga relación alguna con lo que haces. Porque aquí la clave no es enseñar mejor, sino sonar como si supieras algo que los demás aún no han descubierto.
Luego vienen las redes sociales. Sin publicaciones, la innovación no existe. Haz fotos de alumnado concentrado, aunque solo sea un instante aislado entre 45 minutos de caos silencioso o ruido generalizado. Es irrelevante lo que pasó antes o después; lo que importa es lo que se publica. La apariencia del aprendizaje vale más que el propio aprendizaje.
Y, por supuesto, la tecnología debe aparecer en tu discurso con la misma frecuencia con la que aparece en tu aula… o incluso más. Puedes proyectar un PDF y llamarlo «entorno digital de aprendizaje». Poner un código QR ya te coloca un paso por encima. Y si dices «gamificación», aunque lo único que hayas hecho sea dar puntos o monigotes sin criterio, automáticamente perteneces al futuro.
No olvides que juntar cuatro mesas es sinónimo de «trabajo cooperativo con roles definidos», aunque nadie tenga claro qué rol cumple ni por qué se han sentado así. Si se pasan el tiempo hablando de sus cosas, tú finge que es «socialización inteligente».
Cuando algo no funcione -y no funcionará- la culpa nunca es del planteamiento. Culpa al alumnado, a las familias, al sistema, a la luna o a las envidias de tus compañeros. Lo importante es que tu innovación permanezca intachable. La realidad siempre es la parte defectuosa.
Eso sí, ten cuidado con quien se atreva a pedirte que expliques qué mejoras has conseguido. Si te preguntan por evidencias, responde firme que la innovación no se puede medir con parámetros antiguos y que quien cuestiona tu metodología es una persona que se resiste al cambio. Esa frase te sirve como escudo ante cualquier argumento basado en hechos y no en expectativas.
Cuando ya domines el postureo básico, puedes pasar al nivel avanzado. Aquí empieza lo realmente potente.
El primer truco maestro consiste en inventar tu propia metodología. Coge tres ideas ajenas, mézclalas sin criterio, cámbiales el nombre y añade unas siglas. Si tiene siglas, suena científico. Si nadie entiende qué significan, aún mejor. El misterio vende.
El segundo truco es organizar un evento educativo donde la innovación sea el centro de todas las conversaciones… excepto de las aulas. Un escenario bonito, un logo moderno y una buena selección de fotógrafos con móvil de última generación, amiguetes de postureo, son mucho más relevantes que el contenido. Una jornada puede cambiar el mundo, siempre que el mundo se resuma en tu cuenta de Instagram o TikTok.
El tercero es autoproclamarte agente del cambio. Cambia la distribución de las mesas una vez al mes y ya puedes decir que rompes paradigmas. Si te invitan a dar una charla en algún sitio, aunque solo sea para hablar de lo bien que te salen las fotos, automáticamente eres referente. Y si te dan un aplauso, ya eres visionario.
El truco final consiste en coleccionar seguidores, adhesiones y palmaditas virtuales de gente que opina exactamente como tú. Cualquier otra persona que se atreva a disentir no es crítica… es tóxica. Y así, con tu burbuja bien sellada, podrás vivir convencido de que eres imprescindible para el progreso de la humanidad escolar.
Porque al final, seamos sinceros… innovar de verdad es duro. Significa observar, escuchar, corregir, pedir ayuda, asumir fallos, cambiar lo que no funciona y, sobre todo, pensar en lo que realmente necesita el alumnado, no en lo que queda mejor en la foto. Esa innovación no siempre da likes.
Fingir, en cambio, da muchos. Y es mucho más fácil. No requiere evidencias, ni resultados, ni honestidad. Solo un buen vocabulario y un móvil con cámara decente.
La diferencia entre quien innova y quien finge es simple… el primero se pregunta qué mejora el aprendizaje del alumnado; el segundo se pregunta cómo saldrá en la foto.
Nada. No me hagáis mucho caso que, por desgracia, me he levantado en formato gurú. Y, por suerte, a mí después del primer café del día se me va la tontería. O, a veces, puede ser que no y me pasa como aquellos que, demostrando que son cuatro gatos, intentan dar lecciones al resto. Espero que hoy no sea de esos días. Bueno, ya os digo yo que no lo será. Tengo muchas cosas que hacer. Entre ellas, una de las más importantes… tomarme el segundo café del día porque ya habéis visto que con el primero no se me ha ido la tontería.
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Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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