¿Explica mejor las fracciones un docente de izquierdas o uno de derechas?

Vivimos tiempos curiosos. Para algunos personajes del autodenominado “ecosistema progresista” (ver artículo de ayer), todo lo que huela a rigor, esfuerzo o disciplina es automáticamente fascismo. Si un profesor pide silencio, ultraderecha. Si exige que se lean libros, ultraderecha. Si corrige faltas de ortografía, ultraderecha. En su cabeza no existe el gris. En su cabeza solo existe la batalla cultural permanente. Y claro, con ese marco mental, una pregunta inevitable es, por ejemplo, qué pasa con las matemáticas.

¿Explica mejor un docente de izquierdas las fracciones? ¿Se resuelven con más precisión las fracciones si las enseña un votante de derechas? ¿O deberíamos convocar un comité para decidir qué orientación política favorece la comprensión del álgebra? Porque, puestos a etiquetar, podríamos concluir que las matemáticas inclusivas deberían permitir que 2+2 fueran 5 si así se siente el alumnado. Lo contrario, claro, sería reaccionario.

El disparate llega cuando estos cruzados del progresismo educativo se inventan enemigos imaginarios para justificar su discurso. Y en el proceso convierten en ideología lo que nunca debió serlo: la enseñanza de contenidos básicos. Según ellos, defender la importancia de que un adolescente resuelva una ecuación sin la calculadora del móvil es una posición política extrema. Enseñar a redactar sin emojis, otro acto de la ultraderecha. Pedir disciplina, un crimen contra la diversidad.

Pero los números, por suerte, no votan. Las fracciones no leen a Gramsci ni a Rousseau. El teorema de Pitágoras no se siente interpelado por la coeducación. Y la estadística no distingue entre izquierdas y derechas, aunque pueda aplicarse para demostrar cómo baja el nivel académico cuando se confunde buenismo con progreso.

Lo que importa no es si el docente es de izquierdas o de derechas, sino si sabe enseñar, si prepara las clases, si consigue que el alumnado comprenda. Lo demás es puro teatro ideológico para distraer del verdadero problema. Y el verdadero problema es que demasiados alumnos acaban la secundaria sin manejar lo básico. Pero claro, eso no queda tan bien en un titular como gritar que “los reaccionarios acechan la escuela”.

Resulta casi enternecedor ver cómo algunos de estos autoproclamados guardianes del progreso han acabado enredados en su propia caricatura. Mientras dedican horas a denunciar conspiraciones de ultraderecha, algunos en su propio círculo escriben tuits en horario laboral en lugar de dar clase, plagian investigaciones, conviven con denuncias de acoso o acumulan bolos dejando a su alumnado tirado. Pero, eso sí, siempre vigilando al enemigo externo para no mirarse el propio ombligo.

Y mientras tanto, en la realidad que no aparece en sus libelos, hay docentes que enseñan de verdad. Docentes que no miran el color político para explicar una fracción, sino la forma más clara de que todos la entiendan. Docentes que no necesitan inventar fantasmas para justificar el desastre, porque bastante tienen con intentar que sus alumnos diferencien entre una metáfora y una multiplicación.

Así que, volviendo a la pregunta inicial acerca de si explica mejor las fracciones un docente de izquierdas o uno de derechas. La respuesta es simple y devastadora. Las explica mejor el que sabe. El que tiene conocimientos, oficio y vocación. El que se toma en serio su trabajo. Todo lo demás son carcajadas pedagógicas de quienes confunden la política con la pizarra.

Ríete, o llora muy fuerte. Porque ver a alguien llamando fascista a un profesor por pedir que se aprendan las tablas de multiplicar es tragicomedia. Tragicomedia involuntaria, sí, pero tragicomedia al fin y al cabo.

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Un comentario

  1. Gràcies per aquest escrit, Jordi.
    Esperem que els docents que parlen de tot sense contingut s’adonin que l,escola és un espai per aprendre continguts amb valors, que per aprendre únicament valors ja hi ha els esplais i agrupaments escoltes.

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