El reino de los guardianes de la virtud pedagógica

Érase una vez un reino rodeado de murallas altas, con torres de marfil y salones llenos de espejos. Allí vivían los autoproclamados guardianes de la virtud pedagógica. Personajes que se presentaban como salvadores de la enseñanza, aunque su magia era más humo que realidad. Se paseaban por la plaza del castillo con aire solemne, señalando a cualquiera que pronunciara palabras prohibidas como “disciplina”, “esfuerzo” o “silencio”. En su particular evangelio, esas palabras eran sinónimos de herejía.

En los balcones del palacio gritaban a los cuatro vientos contra los villanos imaginarios que, según ellos, acechaban las aulas. Cada día descubrían un nuevo enemigo: el maestro que corregía faltas de ortografía, el que pedía a sus alumnos que leyeran en voz alta, el que insistía en que el cálculo mental era necesario. Todos ellos eran señalados como reaccionarios. Y, mientras tanto, lo curioso es que ninguno de los pregoneros parecía dispuesto a mirarse en su propio espejo.

Si alguien hubiera osado acercar una lupa mágica al interior del castillo, las carcajadas habrían resonado en todo el reino. Allí había magos que presumían de grandes grimorios, pero que no eran más que copias de pergaminos antiguos. Había escribas que pasaban más horas redactando proclamas en el tablón del mercado que atendiendo a los aprendices que esperaban en sus talleres. Y había incluso parejas que, como por arte de encantamiento, aparecían siempre juntas en la misma torre, compartiendo la misma sala y consiguiendo los mismos honores al mismo tiempo. Una casualidad tan perfecta que ni los juglares del reino se atrevían a cantarla sin que se les escapara la risa.

Los prodigios no terminaban ahí. Entre los pasillos también se encontraba la sabia que contrató a su propia descendencia para que le pintara retratos oficiales disfrazados de obras pedagógicas. O el ilusionista mayor del castillo, famoso en todo el reino por su habilidad única. La habilidad de liberarse de estar liberado. Nadie sabía muy bien cómo lo hacía, pero siempre estaba libre de la carga que decía soportar. Un Houdini de palacio, digno de ser recordado en las crónicas.

Y, aun así, eran ellos los que subían a los balcones a repartir carnés de pureza. Señalaban a los demás como enemigos de la educación mientras acumulaban trucos que ni el mejor prestidigitador podría igualar. Cuando alguien se atrevía a reírse de sus incoherencias, la respuesta era inmediata. Lo acusaban de villano, de enemigo del reino, de traidor a la causa. El dedo acusador siempre funcionaba mejor que el espejo.

Mientras tanto, lo verdaderamente importante quedaba olvidado en las mazmorras. Porque el reino no necesitaba más pregones ni más ceremonias. Lo que necesitaba era que los aprendices aprendieran. Que supieran leer los pergaminos sin trabarse, que escribieran cartas sin romper la gramática, que resolvieran problemas sencillos sin invocar siempre al artefacto mágico de bolsillo. Lo que necesitaba era maestros que tuvieran tiempo y condiciones para enseñar de verdad. Pero esas cosas, tan sencillas y a la vez tan cruciales, no daban brillo ni llenaban los salones del castillo.

Y así el espectáculo continuaba. Mientras los bufones del humo inventaban villanos, organizaban banquetes y escribían sermones cada vez más largos, en las aulas del reino los aprendices se marchaban sin haber comprendido lo esencial. Nadie parecía preocupado, porque siempre había una nueva conspiración que gritar en la plaza. Una nueva forma de distraer al pueblo.

El resultado era tan grotesco que las carcajadas eran inevitables. Quien escuchaba desde fuera veía un circo en lugar de un reino. Los pregoneros creían estar salvando la educación, pero lo único que conseguían era convertirla en una comedia involuntaria. Y lo más irónico de todo era que, cuanto más humo lanzaban al aire, más evidente se hacía la verdad. Y la verdad era que lo importante seguía ausente.

Ningún castillo se sostiene sobre trucos baratos. Ningún reino mejora con magos de humo, con sabias que pintan retratos familiares o con ilusionistas que se liberan de estar liberados. La educación se sostiene con lo básico. Con aprendices que aprenden, maestros que enseñan y un poco menos de teatro en los balcones.

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