Son ya muchos años, y más aún con la difusión tan rápida que permite internet, en los que estamos viendo inundados por grandes disertaciones desde diversos púlpitos acerca de las bondades e, incluso maravillas, que nos permiten determinadas herramientas y/o metodologías educativas. Mucho defensor de las TIC que habla acerca de las bondades de las mismas para mejorar el aprendizaje y, como no, grandes detractores de su uso que hablan acerca de lo nefasto que es su uso por lo que conlleva. Este curso nos hemos visto bombardeados por varias soluciones mágicas para solucionar todos los problemas educativos que ha conllevado la pandemia y, de rebote, mejorar el aprendizaje de nuestros alumnos en un modelo muy líquido. Estrategias educativas COVID que han dado para ríos de tinta digital amén de múltiples jornadas educativas virtuales y, algunas investigaciones “sesudas” realizadas mayormente desde el ámbito universitario.

No me creo nada. Sí, a estas alturas de la película, no me creo ninguna investigación educativa ni ningún resultado, más o menos objetivo, que pueda extraerse de centros donde se esté aplicando una determinada metodología. No me interesan los resultados obtenidos desde fuera del aula y, aún menos los obtenidos en centros educativos (o aulas de los centros) con alumnos filtrados previamente. Un agrupamiento homogéneo sin grupo de control no valida nada. Una investigación médica, pongamos por ejemplo, no tiene ninguna validez sin el grupo cero. ¿Alguien se imagina que se pruebe una vacuna en un grupo de personas sin establecer, dentro de las mismas, un grupo de ellas que no la reciban para establecer si la misma funciona? ¿Alguien se plantea la posibilidad de buscar una cura para el COVID sin tener en cuenta los diferentes genotipos? ¿Alguien realmente se cree que la AEMPS ( Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios) va a ser capaz de dotar de validez a un medicamento sin haberse comprobado su utilidad y la inexistencia de efectos secundarios? Sí, seguro que algunos se lo creen pero lamento informarles de que, salvo teorías de la conspiración, eso no es así. Y no es así ni apresurando la necesidad de sacar al mercado una vacuna como está sucediendo en la actualidad.

Por tanto, ¿por qué a nadie se le ocurre hacer lo mismo en el ámbito educativo? ¿Por qué no cogemos un grupo de control, con metodología tradicional y alumnado heterogéneo de un contexto determinado y, como contraposición al mismo, otro grupo de alumnos a los que aplicamos la metodología X o usamos la herramienta Y? Para hacer mejor la prueba, ¿por qué no hacemos que el mismo docente sea quién dé clase en el grupo de control y en el grupo donde aplicamos la nueva metodología? ¿Qué pasaría si, al final del curso, comparamos los resultados de ambos grupos? Pues quizás que obtendríamos un análisis bastante más serio que la mayoría de investigaciones que se están llevando a cabo. Un análisis basado en realidades y no en ficciones que, por desgracia, se llevan muchos años postulando y que nadie ha sabido -o querido- demostrar.

El problema para no hacer lo anterior no es de falta de recursos ni de docentes preparados para dar clase con esa doble metodología (tradicional y X) o herramienta. El problema fundamental es que quizás se demostraría que la mayoría de metodologías y herramientas que se venden como maravillosas en grupos nada heterogéneos, demostraría ser un auténtico timo y, a lo mejor, se le acababa el chiringuito a más de uno. Pero, ¿y si alguna no lo es? ¿Alguien se imagina lo que sería saber qué funciona en el aula y qué no? O, ¿es que no interesa saberlo?

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Acerca del Autor

Jordi Martí

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