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El concepto de innovación, aplicado al ámbito educativo, está ya demasiado desprestigiado por el mal uso que muchos hacen del mismo. Aún así, la innovación se hace algo necesario para mejorar el aprendizaje de nuestros alumnos. Y no me estoy refiriendo a la innovación mediática, ni a aquella que, demasiados están vendiendo. Me estoy centrando en aquellas cosas que, a veces sin ninguna repercusión en los medios o en las redes sociales, se están haciendo en el aula con herramientas de siempre o con las más modernas que hay en el mercado. No es la herramienta y, yendo más lejos, empiezo a estas alturas de la película a dudar que sea la metodología.

Fuente: Fotolia CC

Hay docentes que son capaces de innovar con las manos en los bolsillos, otros contando historias, algunos con libro de texto, los más con el simple hecho de adaptarse, a las exigencias de los que tienen delante. No hay una regla básica para innovar en el aula. Quizás lo que nos falta es reducir la innovación a lo que pueda ser útil en cada momento. Ni las herramientas, ni la metodología, definen que algo sea eficaz. Además, ¿no os dais cuenta que muchos se están centrando en lo espectacular de lo que están haciendo en lugar de buscar lo sencillo? Sí, hacer sumas en un folio o sacar a los chavales a la pizarra es infinitamente mejor que hacerlo en un iPad. Y voy a ir más lejos… enseñar a sumar con palos, manzanas o, el producto de la huerta de la zona, es de lo más eficaz. No lo digo por decir. Todos los docentes con los que hablo del tema me lo confirman. Bueno, no debo estar hablando con los innovadores de las redes o de los medios. Debo estar acudiendo al hortelano de ese pequeño huerto en el que los secretos, transmitidos de padres a hijos, se van adaptando a las necesidades (o a los elementos de los que uno disponga). Eso sí, sin hacer una planificación futura en la que no se tenga en cuenta qué les funcionó a sus padres y abuelos.

Al final, ¿cuál es la función de un docente? ¿Dar espectáculo u obtener resultados, quizás no espectaculares pero resultados al fin y al cabo, con sus alumnos? ¿Innovar por innovar u olvidarse del concepto para dar clase lo mejor posible? ¿Jugar con la última herramienta o usar la que mejor se adapte en cada ocasión? ¿Insistir en adaptar los alumnos a la metodología o cambiar la metodología según la tipología de los alumnos? ¿Regodearse continuamente en los pequeños éxitos o aprender del fracaso? ¿Usar el libro de texto o negarse a su uso para sustituirlo por nefastos materiales de elaboración propia? Mis respuestas las tengo bastante claras. Y, seamos sinceros, la innovación que necesitan nuestros alumnos va a depender de la respuesta que el docente (o que las personas que gestionan la educación) le den a las siguientes cuestiones porque, lo que uno no puede olvidar en ningún momento, es cuál es el objetivo último del asunto…

Cada uno que haga en su aula lo que le apetezca, pero solo estará innovando cuando sepa que, más allá de la herramienta, la metodología o las ocurrencias personales, sus alumnos están aprendiendo. Hasta entonces estaremos hablando de otra cosa.

En los últimos tiempos estamos asistiendo a un desembarco de teorías pedagógicas, prácticas metodológicas infalibles, amimefuncionismos varios o, simplemente, un conjunto de trolas homeopáticas que, por desgracia, son imposibles de refutar ante la imposibilidad de que el personal ponga al nivel que se merece la opinión de alguien, por muy docente que sea, con la bibliografía e investigaciones que se están realizando. No creo tampoco que todo deba estar tan dirigido en el ámbito educativo como lo está en el médico. Quizás, el problema que tenemos es que los resultados de lo que se está haciendo, no se ven a corto plazo. A lo mejor conviene desprendernos un poco de ciertas alergias a la lectura científica que esté en desacuerdo con nuestros planteamientos ideológicos o con nuestra, siempre visión sesgada de nuestra aula, nuestra metodología o, simplemente, nuestra manera de sobrevivir en el día a día.

Fuente: ShutterStock

El magufismo consiste en una mezcla de magia y creencia en OVNIS. Si hay alguno que cree en cualquiera de las dos cosas anteriores, en la posibilidad de convertir el agua en vino o, simplemente, en que cuando estaba de vacaciones le sodomizaron un par de angelicales áliens, por favor, que se abstenga de continuar leyendo. No puedo luchar contra esas supersticiones. Lo mismo que es imposible luchar contra la creencia de algunos que metiéndose ozono por el ojete va a reducir de peso. Milagros a Lurdes. Bueno, ya si eso, a la parroquia más cercana, a las sesiones de budú del piso de al lado o, simplemente, al consumo compulsivo de libros de autoayuda.

No es malo buscar consuelo en una determinada práctica pedagógica. No es malo para el docente pero, quizás sí lo sea para nuestros alumnos porque, al final, el aprendizaje nunca puede medirse a corto plazo ni con herramientas tan cuantitativas como nos gustaría. Si fuera tan fácil, ya habría salido un método con valoraciones cuantitativas tan exactas que fuera capaz de predecir todas las alternativas que pueden darse en el aula, personalizarse para todos los alumnos y permitir que, al final, todos los alumnos llegaran a su límite cognitivo. Bueno, eso para los que se crean el tema de los límites cognitivos. Un detalle que he mencionado al principio del artículo… el amimefuncionismo no sirve como vara de medir nada. Algo puede haber funcionado bien porque se han dado muchas casualidades para que haya funcionado pero, si no es replicable en un futuro con independencia de los alumnos que tengamos delante, no puede establecerse como valor absoluto. En educación, por desgracia, hay muy pocas cosas que pueden establecerse como valor absoluto.

Hay detalles también curiosos en la concepción de la docencia. Creo que debe ser la única profesión que conozco en la que se considera que la experiencia es un lastre y se plantea que, al final, para ser buen profesional debes haber acabado de aterrizar en la profesión. Pues va a ser que se desmonta el asunto cuando ves determinados docentes que acaban de entrar con prácticas muy cuestionables, con grupos que se les van de las manos y con una crítica mordaz a todos los “viejos”. Esos que, curiosamente, a veces consiguen mantener la atención sin usar Kahoots ni ningún tipo de herramienta externa. Claro que sí… mantener la atención de los alumnos según algunos es imposible. ¡Viva la falta de conocimientos científicos! Lo de los quince minutos (o cinco) que proponen algunos es totalmente falso. Y no, no voy a poneros los enlaces aquí porque hay miles por la red. Ya que todo está en Google, para los que no se lo crean, que hagan un esfuerzo. No va a ser dároslo todo masticado. Que la ESO ya la habéis superado 😉

Otro detalle es el tema del aprendizaje de la lectura. ¿Cuándo debe aprender a leer un niño? ¿Es malo empezar a leer pronto? ¿Provoca o aumenta el grado de dislexia hacerlo? Pues va a ser que no. Cada niño tiene su evolución natural y solo nos deberíamos preocupar cuando, al llegar a los ocho años, el niño aún no tiene esa habilidad de lectura. Hasta entonces, a su ritmo. Y nada de métodos milagrosos o aprendizaje global de lectura (mediante relación palabras-sonidos). El aprendizaje global puede llevar a consecuencias nefastas para el niño. No lo digo yo. Lo dice la Asociación de Pediatría Americana. Ya, seguro que están comprados por alguna farmacéutica o por alguna empresa destinada a vender libros de aprendizaje de lectura silábicos. Es lo que tiene buscar excusas para no creerse lo que nos dice la ciencia.

El tema magufo recurrente sería la felicidad de nuestros alumnos. Una felicidad que, por cierto, ni es medible ni cuantificable a corto plazo. Yo puedo ser puntualmente feliz porque ha ganado mi equipo de fútbol un determinado partido pero, al acabar la liga, la pierde en el último minutos. Por tanto, ¿qué es más importante para mí? ¿La pérdida de un determinado partido o el ganar la liga? Creo que está bastante claro. Pues lo mismo para nuestros chavales. ¿Qué es más importante? ¿Un fracaso puntual o el eliminar todo tipo de fracasos antes de que se llegue al mundo adulto? Hay estudios psicológicos muy interesantes sobre el tema. Además, muy relacionado con lo anterior está el concepto de “convertir en juego” o en “diversión” todo lo que se está realizando. A veces, quizás sería bueno entender que hay veces que aprender no es divertido y que, quizás, el fin último sea superior a ese estado temporal puntual que algunos tanto defienden. Enseñar a fracasar es uno de los objetivos básicos de los docentes. Y no, no es malo que el alumno puntualmente fracase, aprenda de sus errores y siga adelante. La vida no es un camino de rosas con baldosines amarillos muy bien engarzados. Es algo mucho más complejo. Eso sí, no confundamos lo anterior con sadismo. Es que algunos entienden lo que les sale de sus partes. Así no puede debatirse en absoluto.

También podríamos hablar de determinadas prácticas pedagógicas que solo tienen como aval a sus propios usuarios (ya docentes convencidos). ¿Os imagináis que los únicos que avalen una determinada práctica sean los acólitos? ¿Os imagináis que la única manera de refrendar la misma sea haciendo ellos mismos sus encuestas, cocinarlas y basarse en libros escritos por los gurús de la misma? ¿Lo veis serio? Y ya cuando alguien se atreve a cuestionar la falta de evidencia te saltan con… “es que no aportas nada constructivo”. O el típico… “demuestra que no funciona”. Lo mismo que ese tipo que dice que cura el ébola con cloro. Qué vaya a probarlo a alguno de esos países que aún tienen la epidemia. Si tanto cree en lo que dice y lo que vende…

Resulta preocupante la falta de conocimiento científico y pedagógico de muchos docentes. Quizás es que, al final, hay mucho por hacer en el aula y se tiene poco tiempo para reflexionar acerca de las prácticas que uno está usando con sus alumnos. Ya sé que, a veces, uno tiene un poco de (…) y no le gusta hablar de lo que puede ser cuestionable en lo que hace pero, sabéis qué, a la hora de avanzar en educación, mejorar las prácticas educativas y poder pretender que nuestros alumnos aprendan mejor en un futuro, va a depender de mucha investigación (tanto cuantitativa como cualitativa realizada por organismos independientes) y gran humildad. Algo que, por lo visto, les falta a algunos en las redes o en la defensa a ultranza de su manera de hacer las cosas. Todo es mucho más complejo que las opiniones personales, supuestos casos de éxito o, simplemente, buena voluntad.

No creo que sea tan complicado montar un equipo interdisciplinar entre investigadores y docentes para analizar cómo podemos mejorar la educación pero, por lo visto, interesa mucho más llamar a dos periodistas de La Sexta, a un vidente y al nominado al Nobel de los Nobeles. La educación, por desgracia, siempre a la improvisación, a las ideas brillantes de alguno (equivocadas o no) y al intento de buen hacer de la mayoría de docentes que están en el aula.

Por cierto, no me he querido referir al tema de la neuroeducación porque el concepto, por desgracia, ya está plagado de magufería por él mismo. Y no lo digo yo. Lo dice gente que sabe del tema.

Dar clase es duro. A estas alturas de curso todos los que se dedican a la docencia con alumnos, en cualquier tipología de centros educativos, están agotados hasta la extenuación. No es fácil lidiar anualmente con decenas o cientos de chavales. Menos aún el ver como van pasando los años y uno cada vez se queda más justo de fuerzas mientras que, sus alumnos, cada curso que pasa tienen la misma edad. Es un trabajo exigente. No solo psicológicamente. Es un trabajo que también desgasta físicamente. Claro que se nos puede criticar que no estemos al aire libre poniendo ladrillos y que lo nuestro no tiene nada que ver. Pues va a ser que, al final, también acabamos agotados. Y no poco. Lo de las salas de profesores estos días es para llorar. Pies arrastrándose, muecas para disimular las sonrisas que teníamos al principio del curso, ingente cantidad de papeles a hacer o corregir. Prisas. Estrés. Mucho beneficio para los que han montado las máquinas de café en los centros educativos. Cansancio a niveles incuantificables. Y no es una excepción. Lo excepcional es que haya alguien que, siendo docente de aula, no esté cansado a estas alturas. Muy excepcional.

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Yo este curso no he sido tutor pero veo el trabajo fantástico que realizan mis compañeros que lo son. No se me ocurre ninguna manera de felicitar a los docentes que han conseguido, dentro de sus posibilidades (tanto el grupo como los recursos marcan qué se puede hacer), que los alumnos hayan aprendido. No solo eso. Han conseguido hacer su trabajo en unas condiciones cada vez más duras. Y no lo digo solo por el aumento lectivo de los últimos años ni por las ratios cada vez más altas. Es mucho más de lo anterior. Infraestructuras que se caen a trozos en la mayoría de centros públicos, calefacción que no ha funcionado, conectividad que ni está ni se la espera, alumnos con diferentes tipos de problemáticas sin ningún tipo de ayuda en el aula y, un largo etcétera de cosas que seguro sabéis bien todos aquellos que estáis en el aula. Cosas que, lamentablemente, en demasiadas ocasiones, no hemos podido resolver y que nos ha dejado una sensación muy desagradable porque, aunque algunos no se lo crean (especialmente si no trabajan en el aula), los docentes nos hacemos coparticipes de las situaciones de nuestros alumnos. No solo de las puramente académicas. Son mucho más que un número como el que nos considera el Ministerio o la Consejería de turno a los docentes. Situaciones muy complicadas que no podemos solucionar porque no disponemos de herramientas para ello.

Estoy harto de que se ningunee nuestro trabajo por parte de algunos. Que se mediatice o se den premios educativos a quien lleva tiempo sin pisar el aula o nunca la ha pisado. Que se manipulen determinados conceptos para decir que los docentes somos unos vagos o que, por no hacer tal o cual “innovación”, somos peores que los que sí las venden en los medios. Vamos a ser claros… dar clase es un reto. Dar clase es una profesión como cualquier otra con ciertas diferencias, debidas fundamentalmente al factor humano. Claro que hay en los centros educativos docentes que no dan un palo al agua o personajes que consideran los centros educativos como su cortijo particular pero, no dejemos que esas excepciones nos impidan ver el buen trabajo que están haciendo la mayoría de nuestras compañeras y compañeros “de la tiza” (entiéndase el entrecomillado).

Gracias. Quizás no sea habitual que nos las den pero, aprovecho desde este humilde espacio, para dar las gracias a todos los docentes que se han dejado la piel en este curso. Y han sido muchos miles. Muchísimos. Gracias a estos profesionales como la copa de un pino hay esperanza. Y visto lo visto en estos veinte años en los que he compartido espacio con muchos, he hablado con muchos otros y he conocido cosas que se han hecho, creo que tenemos partido. A ver si ahora nos empiezan a ayudar porque, al final, lo de la nula valoración del colectivo por parte de la administración a la que sirve, hace que el desánimo se haga patente. No debería permitirse porque la educación es cosa de todos y tiene en sus docentes de aula, un colectivo del que me siento orgulloso de formar parte, sus aliados más importantes.

Gracias compis. Yo sí que os las quiero dar. Sé lo mucho que os lo estáis trabajando.

De esos días en los que un dron se empeña en no volar cuando tienes la presentación en un par de semanas. De esos días en los que te das cuenta que no tienes ni pajolera idea de usar un croma y que Puigdemont (el robot que participa en una obra de teatro, bautizado así por los alumnos) se declara en rebeldía y no quiere hacer lo que le dices en la programación. De esos días en los que también tienes a ese grupo que ha dejado de entender cómo funcionaba Scratch y, lo que es más importante, de la máquina del café sale algo parecido a café pero sin que se le parezca los más mínimo. Pues bien, ayer tuve uno de esos días. Días que, pasados los años, cada vez te cuestan más de remontar y que te dejan agotado tanto física como psicológicamente. Sumadle a eso el cansancio acumulado de todos los docentes a estas alturas de curso (¿os dais cuenta que cada vez nos cansamos antes o es solo una percepción personal?) y ya tenéis un cóctel para irte a acodar el la horchatería más cercana mientras miras el movimiento de la pajita y esperas ver deshacer esos granitos de hielo. Sí, tomo horchata mixta que consiste en una mezcla de líquida más granizada.

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No me considero un mal docente. Tampoco uno de esos extraordinarios que, da la sensación que todo lo que toquen se convierta en milagro. La verdad es que soy uno más del montón. Con días buenos, malos y, de esos en los que solo miras el reloj para ver cuando acaba tu jornada laboral. Me da la sensación que ayer la vena de la yugular se hinchó más de la cuenta pero hay momentos en los que eso sucede y, no hay técnica de mindfulness que lo soluciones. Un detalle, lo de ir soltando tacos en tu lengua materna e, incluso en inglés (que aunque me niegue a tener ningún certificado para que no me obliguen a dar mi asignatura en esa lengua, lo domino algo) tampoco soluciona nada. Ni en días como ayer relaja un pijo. Nada, que hay días en los que todo se empeña en salir mal. Y cuando empiezas mal la cosa puede acabar peor.

Si sumo a lo del aula lo de fuera de ella ya es para soltar la lagrimilla. La burocracia que supone organizar unas Jornadas, los temas personales que a diario deben salir (léase cuestiones domésticas varias) y algunos otros detalles macabros, que no voy a contaros porque estamos en la previa de hoy y tampoco quiero deprimiros antes de entrar a vuestra primera clase o llegar a vuestro curro, resulta que ayer se confabularon para convertir un día que no amaneció mal en un día en el que me sentí una mierda como profesional. No es el primero ni va a ser el último en que me sienta así pero, normalmente, hay una cierta compensación entre una clase que te sale mal y otra en la que mejoras. Pues va a ser que ayer la sensación de hacerlo mal no me dejó hasta que cogí el coche para largarme a casa. Y ni entonces porque, en el viaje, solo rumiaba cómo podía arreglar las cosas para mañana. Qué sensación más desagradable. Os lo prometo.

Quizás sería más feliz haciendo ganchillo que dando clase pero seguro que, al final, también la cagaría en algún momento al dar la puntada. Además me gusta mi trabajo y creo que, hasta que no me toque la lotería (la esperanza nunca se pierde) o tenga algún tipo de exceso con la horchata que me haga aceptar alguna de esas propuestas que cada cierto tiempo me hacen para largarme del aula, continuaré en la misma. Eso espero.

Buenos días y perdonad el tono del post de hoy, pero es que ayer fue uno de esos días…

Valga recordar que no me gustan las listas. No me gustan ni las que hago yo o las que, por determinados motivos, me mencionan como algo que disto mucho de ser. Tampoco pretendo dictar doctrina en ésta ni me gustaría que se interpretara como lo que no es. Intentaré matizar y mucho pero, por desgracia, ya sé que algunos se pasan por aquí buscando el mínimo atisbo para criticar lo que digo con independencia de lo que se dice. Es lo que tiene, en los últimos tiempos, priorizar la ideología de uno, la pertenencia a un determinado club educativo o, la simple reconversión y mediatización de la docencia hacia una Operación Triunfo sin gente que sabe cantar. Qué le vamos a hacer. Tocará lidiar con ello otra vez más. Y, por suerte, cada vez me importa menos aunque, ahora que no me lee nadie, aprovecho para decir que me lo paso bien viendo cómo reaccionan determinadas personas a lo que digo. Sshhht, no lo repitáis los que hoy os paséis por aquí.

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Hoy toca un artículo con sorpresa. Una primera parte destinada a exponer los motivos, todos ellos justificables, para largarse del aula y, asociado al mismo, las justificaciones más surrealistas para hacerlo. Sí, todos sabemos que últimamente hay algunos que deben justificarse diariamente para satisfacer su conciencia. Con la fácil que es no buscar justificación en cada momento y decir que me he largado del aula porque me apetece hacerlo. Que no es malo. Ni muchísimo menos.

Pero vamos a ello… ¿cuáles son, a mi entender, los 7 motivos más populares para largarse del aula?

El primero y, por ello el más respetable (todos lo son, aunque las justificaciones en algunos casos distan de serlo) es porque guste más otro tipo de actividad que dar clase. Se pone en la balanza una cosa y otra para, finalmente, decantarse por otra profesión más o menos relacionada con la docencia directa. No es malo. Conozco excelentes novelistas, dramaturgos, ingenieros e, incluso, un gran amigo mío que abandonó el aula y se dedica a la talla de madera, que son felices en su nueva faceta. Además son bellísimas personas en la mayoría de casos. Un motivo más que razonable, como todos, para abandonarla.

También hay personas a las que no les gusta dar clase y, por ello, a veces buscan la manera de dejar de dar docencia directa al alumnado. No son desertores de la tiza. Son simplemente profesionales que recalan en una asesoría educativa y procuran mantenerse ahí de forma perpetua. Vuelvo a repetirlo. Nunca es malo tomar una decisión de este calado porque, a nivel laboral, todo el mundo tiene derecho a dedicarse a lo que le gusta. Y si a uno no le gusta dar clase, qué mejor que buscar la mejor alternativa posible para él. Otra cuestión es cómo lo hace pero el artículo no va de maneras de hacer y sólo del hecho.

¿Y a los que se les queda pequeña el aula? También hay quienes deciden abandonar el aula porque se les queda pequeña para grandes proyectos que tienen en mente. Mejor eso que continuar en el aula, detrayendo tiempo de los alumnos para su verdadera necesidad vital.

Me gustaría seguir con los sindicalistas que, desde un sindicato, quieren mejorar las condiciones de sus compañeros. Liberarse para la función sindical es muy noble y, aunque en algunos casos haya auténticos vividores, hay muchos que sí se preocupan por sus compañeros. No son todos los que nos gustarían pero sí son más de los que, a veces, pensamos. Conozco excelentes sindicalistas que, puntualmente, han decidido abandonar el aula para ofrecer otro tipo de servicio. Relacionado con lo anterior están los que ocupan cargos políticos. No es malo querer defender las ideas desde la política. Y, en muchos casos, dicha defensa obliga a abandonar el aula por falta de capacidad de compaginar ambas cosas. No todos los políticos son corruptos aunque nos lo vendan así. Siendo docentes deberíamos saber que el generalizar siempre es malo.

Otro motivo es el psicológico. Hay personas que no les sienta bien dar clase y se ven obligados a abandonar su profesión. La docencia, a veces, puede ser muy dura y, en ocasiones, provoca que algunos, al igual que sucede en todas las profesiones, tenga más malos momentos que buenos con depresiones continuas. Entonces es lógico su abandono. No todo el mundo sirve para dar clase, al igual que no todo el mundo sirve para trabajar en un taller mecánico o, para viajar por todo el mundo vendiendo determinadas cosas.

Lamentablemente también hay docentes con enfermedades largas, entre graves y muy graves, que no pueden desarrollar su función. Ése es otro motivo para abandonar el aula.

Iba a continuar hasta 10 para hacer el número redondo pero, como dicen que el 7 trae suerte y creo que he desglosado las principales causas, me detengo aquí dejando abiertos los comentarios por si os apetece aportar algo que se haya quedado en el tintero. Eso sí, no os dejo sin la segunda parte del post porque ahora vienen las justificaciones más surrealistas para hacerlo.

En primer lugar, en el top de justificaciones surrealistas, están las de aquel que justifica su abandono del aula porque le encanta dar clase. Ya, lo sé. Es totalmente absurdo decir que me gustan las patatas fritas y pedir una hamburguesa con patatas fritas para comerte la hamburguesa dejándote las patatas que la acompañan pero, en ocasiones, sucede.

También nos encontramos al típico que abandona el aula puntualmente y siempre dice que va a volver. Al final, nunca acaba haciéndolo. Con lo fácil que sería decir me gusta más estar de asesor, haciendo bolos o, simplemente, ejerciendo de relaciones públicas que repetir a cada momento sus ganas de volver… Curiosamente, en este caso, cuando se le acaba la comisión para irse a hacer otras cosas fuera del aula siempre empalma con otra comisión que le permite continuar lejos del aula.

¿Y la excusa del bajo sueldo e incentivos? ¿No habéis oído nunca a alguien que ha abandonado el aula porque le pagan poco y se va a un trabajo en el que cobra lo mismo y tiene peores condiciones laborales. Yo conozco a alguno y, a veces les pregunto en confianza por qué no dicen que no les gusta dar clase. No es tan difícil. Entendedme, no estoy diciendo que no debamos cobrar más ni mejorar nuestros incentivos. Cualquier trabajador tiene (tenemos) el derecho a exigirlo. También el deber de hacerlo.

En este caso he hecho el top 3 del asunto porque, al final, las tres engloban lo más surrealista que te puedes encontrar como excusa de algunos que, vuelvo a repetir, lícitamente, han decidido abandonar el aula y la docencia directa a alumnos.

Un artículo que os dejo abierto para que comentéis, destripéis y deis libremente vuestra opinión (como en todos los que escribo) que, por cierto, no debe ser coincidente con la mía. Nunca he pretendido tener razón. Quizás, la tenga en pocas ocasiones pero, al final, si no hay un debate argumentado va a dar la sensación que algunos me la dan de forma inconsciente 😉