Mi lengua materna y paterna es el catalán. Aunque ahora resida cerca de Valencia, en un municipio plagado de gente fantástica, cuya lengua de intercambio es mayoritariamente el castellano, eso no implica que la lengua con la que me comunico mejor sea el catalán. Ni tampoco obsta a que dé las clases en mi centro mezclando varias lenguas. Incluso, en ocasiones, introduzco conceptos en inglés. Sí, soy así de raro. Pero es que para mí la lengua es un elemento de comunicación. Un elemento que, por suerte en mi caso, es más variado que mi lengua materna. Para aquellos a los que les cueste entender lo anterior: escribo y hablo a la perfección en varias lenguas. Y me siento orgulloso de ello.

En este blog escribo en castellano. No por nada. No por querer llegar a más gente que haciéndolo en otro. Si así fuera, escribiría en inglés. Lengua que, por cierto, también domino. En ocasiones muy concretas sí que uso el catalán, tanto por aquí como en Twitter, pero no es lo habitual. Y no es por despreciar mi lengua. Es porque, al poder hacerlo en diferentes lenguas, elijo libremente la que voy a utilizar. Ni diglosia ni pepinillos en vinagre. Es simplemente una cuestión de libertad. Ni escribir en castellano hace que lo que digo sea mejor ni peor. Tampoco lo haría el escribir en catalán, gallego o euskera. Es que para mí siempre lo importante ha sido la luna y jamás el dedo con el que se señala la misma. Por eso, a diferencia de otros, me interesa más qué se dice que quién lo dice. Soy así de raro.

Ayer escribí un hilo en Twitter acerca de una Fundación que da la sensación que gestione la educación catalana. Lo hice en castellano. Al igual que la mayoría de mis tuits. No por nada. Simplemente por el hecho de haberlo convertido en una costumbre. Y, de forma escalonada al principio, aunque actuando como manada a posteriori, empezaron a aparecer una serie de especímenes a los que no les interesaba nada de lo que decía, por estar escrito el hilo en castellano. Con descalificaciones de ser «mejor o peor catalán» por ese hecho. Menos del asesinato de Pompeu Fabra me acusaron de todo lo inimaginable. Eso sí, para ellos lo importante era la lengua y no lo que se decía. A ver si va a ser que lo importante no es los argumentos y sí el que esgrima los mismos. A ver si un argumento va a ser mejor si se hace en una lengua o se emite desde un determinado medio de comunicación. A ver si lo importante no es que algunos roben y sí que lo hagan teniendo un determinado apellido, haciéndolo en una determinada lengua o perteneciendo a un determinado partido. A ver si va a ser que, a falta de argumentos, algunos se agarran a clavos ardiendo para no tener que plantearse ciertas cosas. Quién sabe.

No em preocupa que determinats cretins disposin de Twitter. El que em preocupa és que, per culpa d’aquests cretins, cada cop hi hagi més gent que acabi pensant que tots els catalans ho som. Per sort, ni són majoria, ni ho són els que tenen el mateix tipus de discurs en sentit contrari. I això, com a mínim i tanmateix que sembli que els imbècils són més nombrosos perquè criden molt, ens hauria de tranquilitzar. Al ser pocs, necessiten disposar d’una minoria de cleca cridanera que els hi faci l’acompanyament. I això és tot.

Os prometo que esto de que algunos me cuestionen la lengua con la que escribo no lo vi venir. Y menos por parte de gente que no sabe la diferencia entre el «per què» y el «perquè», o personajes que usan de argumento para impelirme escribir en catalán que estoy hablando de la educación catalana, cuando ellos tienen su Twitter plagado de referencias a la política madrileña en catalán. Eso ya es de «traca i mocador».

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