Mi respuesta a los matemáticos de los exámenes
El viernes escribí un hilo en X (enlace), relacionado con un artículo en este blog (enlace), en el que dentro del mismo se mencionaba una cuestión numérica acerca de la cantidad de exámenes que se dice, especialmente en las redes, para dar cuenta de la importancia que supone la docencia. Lo sé. Supeditar el volumen de correcciones a la calidad profesional o a la mejora educativa tiene mucho de tramposo. Por eso, ante la avalancha de docentes que dicen lo que corrigen pero, especialmente ante los insultos recibidos por algunos porque no saben gestionar sus argumentaciones de otra manera, voy a responder aquí.
El tuit específico del hilo de marras es el siguiente…

Como os he dicho… se ha armado un revuelo monumental en las redes a cuenta de mi último análisis, y la reacción de una parte del gallinero tuitero no ha hecho más que confirmar, punto por punto, el diagnóstico de mi tesis. Al tocar el dogma del sufrimiento y cuestionar las matemáticas creativas de quienes afirman corregir miles exámenes al año, ha saltado la banca del corporativismo más rancio. He recibido desde desgloses febriles de contabilidad analógica hasta el insulto ramplón de quienes, parapetados tras un avatar, me acusan de «no haber pisado un aula en mi vida». Conviene, por tanto, encender la luz, exigir comprensión lectora básica -esa que luego pedimos al alumnado- y recordar cuatro verdades incómodas a quienes confunden la docencia con una competición de poner ladrillos.
Vaya por delante una recomendación higiénica para la jauría digital. Os pido que os leáis el hilo entero antes de empezar a salivar sobre el teclado. Responder como resortes al primer impacto visual sin digerir el argumento completo es el síntoma definitivo de esa devaluación cultural que tanto nos escuece admitir. Quedarse en la literalidad de la cifra es no entender que el problema no es el minutero del reloj, sino la necesidad patológica de exhibir las llagas en la plaza pública para mendigar una validación que el sistema nos niega. E insisto, lo menos importante es el número de exámenes que uno corrija. Y si conviene rectificar y decir que hay docentes que corrigen más de mil exámenes, rectifico. No es relevante. Como si uno revisa cientos de libretas cada semana. No es relevante para lo que pretendía decir.
A los guardianes de la pureza escolar que intentan desacreditarme aludiendo a que ahora mismo ejerzo de «desertor de la tiza» -por segunda vez en tiempos muy limitados (y esta segunda por motivos extraprofesionales) en mis casi treinta años de profesión-, les sugiero que revisen sus fuentes. Que hoy ocupe otras funciones no borra las tres décadas de experiencia acumulada que arrastro a mis espaldas. He gestionado miles de alumnos, he lidiado con la burocracia de todos los colores y me he curtido en aulas verdaderamente complicadas, de esas donde la tiza quema y los eufemismos pedagógicos se disuelven en los primeros cinco minutos. Precisamente porque he estado ahí, sé de lo que hablo. Y precisamente por eso, me resulta ridículo que tipos que acaban de aterrizar en las aulas o docentes de entorno idílico pretendan darme lecciones de lo que significa pisar el barro. Bueno, que lo hagan pero ya os digo yo que no me sienta nada mal porque conozco perfectamente qué he hecho cuando he estado dentro y cuando he estado fuera.
Me resulta desolador ver a profesionales de la enseñanza atrapados en la mentalidad de un peón del siglo XIX, midiendo su valía y su dignidad laboral por el volumen de escombros acumulados. «Yo corrijo más», «yo sufro más», «yo duermo menos». Esa obsesión por demostrar quién es el esclavo más eficiente de la plantación administrativa es de una estrechez mental alarmante. La dignidad de un oficio, el respeto de la sociedad y las mejoras laborales se consiguen negociando convenios, plantando cara a las ratios en las negociaciones y exigiendo recursos duros; no dando pena en internet ni compitiendo por ver quién es el mártir del mes. Se da una imagen lastimosa del colectivo. Y las lágrimas se pueden soltar desde cualquier profesión y lo único que hace este modelo lacrimógeno es generar enemigos. No se trata de generar enemigos. Se trata de sumar afinidades.
Por otra parte, el debate encarnizado sobre el conteo de folios corregidos ha sacado a la luz un problema de enfoque que nadie parece querer asumir. Estoy hablando de la saturación del modelo. El examen tradicional es un instrumento útil, riguroso y perfectamente válido para medir el conocimiento; no se trata en absoluto de demonizarlo ni de comprar las ocurrencias pedagógicas de moda. Lo que resulta insostenible es reducir la evaluación a una cadena de montaje fordista, basando la supuesta calidad de la enseñanza en una montaña industrial de papel corregido a pulso y en la fiscalización obsesiva de las libretas.
Plantear que corregir miles de exámenes de forma masiva es la mejor o la única manera de evaluar el aprendizaje no demuestra rigor; demuestra que hemos colapsado el sentido común. Deberíamos replantearnos seriamente si convertir el examen en una herramienta de estajanovismo es lo que mejor mide cómo lo estamos haciendo en las aulas, o si simplemente estamos ahogando el criterio y el tiempo del profesor en un océano de inercia analógica.
La jornada laboral de un docente en este país está estipulada por ley en 37,5 horas semanales. Todo lo que se decida regalar voluntariamente más allá de esa frontera, ya sea por mala organización, por saturación de un modelo que deberíamos revisar o por puro narcisismo vocacional, es responsabilidad de cada uno, no una medalla que deba colgarse. Dejemos de intentar dar pena a una sociedad que trabaja en la privada en condiciones leoninas. Digamos las necesidades qué tenemos y propongamos mejoras para nuestro colectivo en cuestiones imprescindibles. Sí. También la de los salarios porque no hay negociación que no deba incluirla. En docencia y en cualquier otra profesión.
Este texto, incoherente y no sé si demasiado bronco, es la respuesta unificada a los ofendidos de plantilla y a los matemáticos de la hipérbole. La escuela no se defiende llorando por las esquinas digitales ni jugando a contabilidades de explotación para justificar el sueldo; se defiende con dignidad laboral, exigencia intelectual y realismo operativo.
Si queremos respeto, debemos de dejar de actuar como mártires y empezar a comportarnos como trabajadores cualificados. La tiza se dignifica con la cabeza alta, no con el lamento crónico en el muro de las lamentaciones interactivo.
No es malo denunciar las condiciones laborales. Debe hacerse. Pero, de ahí a lo que estoy viendo en las redes, con proliferación de la denuncia de flechas en el cuerpo de uno y de parrillas donde morir, no lo veo. Lo de San Sebastián y San Lorenzo debería ir por otro lado.
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