El circo de la evaluación invertida o cómo convertir a los docentes en camareros de Tripadvisor
Cuando creías que el circo de la pedagogía progre e irresponsable había tocado techo en este país, siempre aparece un nuevo reportaje entusiasta en los medios públicos para demostrarte que el pozo de la ingenuidad no tiene fondo.
La última moda que nos venden con música épica y caritas de felicidad es la llamada «evaluación invertida». En centros como la Escola Montnegre nos presentan como una revolución democratizadora el hecho de que chavales de Educación Primaria evalúen a sus propios maestros, opinen sobre si las clases son lo suficientemente divertidas y juzguen si el docente les ayuda en su sagrado derecho a ser felices» en el aula (enlace).
A los defensores de todas las chorradas educativas les parecerá una idea genial. A cualquiera que conserve dos neuronas de sentido común y sepa lo que es la madurez cognitiva de un menor en etapa obligatoria, le parece sencillamente una gilipollez monumental.
El principio pedagógico fundamental sobre el que se sostiene la educación formal es la asimetría. Y no, la asimetría no es opresión, ni autoritarismo, ni tiranía. La asimetría es la constatación elemental de que el docente sabe, tiene la responsabilidad legal y pedagógica de enseñar, y el alumno está en el centro para aprender, disciplinarse y adquirir las competencias que le permitirán desenvolverse en la vida real.
Pretender que un niño de diez o doce años evalúe el desempeño profesional de un adulto titulado, con experiencia y especialización a sus espaldas, es pervertir de raíz el acto educativo.
¿Qué capacidad de criterio técnico tiene un menor en etapa obligatoria para juzgar si una secuencia didáctica está bien diseñada, si la progresión de los contenidos de Mates o Lengua es la adecuada o si el nivel de exigencia en la comprensión lectora es el que marca la ley? Ninguna. Cero.
Lo que el alumno va a valorar -porque es lo único que por desarrollo madurativo puede medir- es si el maestro le cae simpático, si pone exámenes difíciles, si le manda deberes o si le deja jugar en clase. Convertir la evaluación docente en un concurso de popularidad de patio de colegio es degradar la profesión hasta límites ridículos.
Pero la cima del despropósito llega cuando, en este tipo de encuestas, se le pide a los niños que evalúen si las clases les ayudan a ser felices. Es esa pedagogía de diseño, impregnada de mister Wonderful y autoayuda barata, que confunde la escuela con un centro de ocio y tiempo libre.
La misión fundamental de la escuela no es hacer feliz al alumnado en el sentido hedónico e inmediato que entienden los niños. La misión de la escuela es enseñar, instruir, estructurar el pensamiento crítico, dotar de herramientas culturales sólidas y preparar para el esfuerzo y la frustración. Aprender cosas complejas, como la sintaxis, las ecuaciones, la tabla periódica o la comprensión de textos históricos, exige esfuerzo, repetición, aburrimiento a ratos y superar la incomodidad de no entender algo a la primera. El aprendizaje real genera tensión cognitiva.
Si supeditamos la labor docente a que el niño sonría a todas horas y nos evalúe según su nivel de entretenimiento instantáneo, el resultado es el que ya padecemos. Me estoy refiriendo a la devaluación salvaje de los contenidos, el miedo del profesor a exigir para no ser mal evaluado y la transformación de las aulas en guarderías gigantes donde lo importante es que nadie se estrese.
Esta «evaluación invertida» no es una idea inocente ni revolucionaria. Es, en realidad, la traslación pura y dura del modelo consumista de satisfacción del cliente al ámbito educativo. El alumno (y por extensión la familia) deja de ser un sujeto en formación para convertirse en un cliente que valora el servicio recibido como si estuviera puntuando un hotel en Booking o una hamburguesería en Tripadvisor. El profesor no me hace feliz. El profesor me hace trabajar demasiado. El profesor me aburre.
¿Alguien se imagina a un cirujano sometiendo la técnica de una operación a la evaluación de un paciente anestesiado? ¿O a un tribunal juzgando el código penal según el grado de satisfacción del acusado?
Someter el rigor profesional a la aprobación de quien está en proceso de formación produce un efecto nefasto en los claustros. El docente que exige, que corrige con rigor, que pone límites y que no regala los aprobados pasa a ser visto como el malo, mientras que el vendedor de humo que se pasa la mañana haciendo dinámicas de plastilina se lleva las cinco estrellas del cliente.
Defender la escuela exige recuperar el respeto por el conocimiento y la dignidad de la función docente.
Escuchar al alumnado, acompañarlo en sus dudas, crear un ambiente de respeto en el aula y atender sus necesidades formativas es una cosa. Convertirlos en los auditores pedagógicos del profesorado y someter la enseñanza al rasero de la felicidad de parque temático es una irresponsabilidad gigantesca.
A los medios públicos les encanta vender estas milongas porque lucen mucho en los reportajes de la televisión. Pero a pie de aula, la realidad es tozuda. Y, salvo aquellos centros en los que se debería meter mano por hacer este tipo de chorradas, que ocupan tiempo y esfuerzo, tanto de sus docentes como de su alumnado, les pediría que pensaran más en preparar a su alumnado para que supiera salir de Primaria sabiendo leer, comprender un texto y realizar las operaciones matemáticas básicas porque, normalmente coinciden este tipo de experimentos realizados en determinados centros educativos, con alumnado que sale de los mismos con déficits impresionantes en lo básico.
Soy un firme partidario de la evaluación de TODO el sistema educativo, incluyendo lo que pasa dentro de las aulas. Y que, en función de dicha evaluación, se tomen medidas para solucionar los problemas que detecten. Pero una evaluación seria tiene poco que ver con encuestas de autosatisfacción a menores. Para evaluar la actividad docente debe contarse con expertos que conozcan algo. No puede pillarse a aquellos que están en pleno proceso de formación. E insisto, claro que debe escucharse al alumnado, pero es algo que debe hacerse a diario. Algo que hacen muy bien la mayoría de docentes de este país.
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