Infiltrado en una reunión del colectivo «educativo» Más Inclusivo Hoy Que Ayer

La reunión empezó puntual, que es como empiezan siempre las reuniones en las que nadie va a cumplir con lo que en teoría debería estar haciendo a esa hora. Alguien recordó, por inercia, que aquello era un espacio seguro, horizontal y profundamente inclusivo. Nadie preguntó para quién. No hacía falta. Todos lo sabían.

-Bien -dijo la voz que siempre abre-, hoy tenemos que decidir a quién señalamos.

No «qué debatimos», ni «qué analizamos», ni «qué está pasando». A quién. La precisión del verbo ahorraba tiempo y evitaba malentendidos. Señalar no implicaba mencionar nombres, por supuesto. Bastaba con alusiones, etiquetas cromáticas y una narrativa clara. Y diferenciar muy bien entre los nuestros y los otros.

-Esta semana toca defender a los lilas -apuntó alguien-. Los rojos ya están cubiertos, de forma indirecta, por otro comunicado.

Se habló entonces de cómo enfocar el texto que publicaría alguno en determinados medios esa semana. No demasiado concreto, para no pillarse los dedos. Mucha palabra grande, muchos valores incuestionables y ninguna referencia incómoda a datos que no encajaran. La realidad, como siempre, podía esperar. O reinterpretarse. O directamente no mencionarse.

-Lo importante es que encaje -dijo otra voz-. Aunque tengamos que obviar algunas cosas.

Nadie pidió que se especificara cuáles. La omisión selectiva era una competencia adquirida.

La conversación derivó, con naturalidad, hacia las oportunidades. No las educativas, claro. Las otras. Las que permiten seguir hablando de compromiso mientras se factura por evangelizarlo.

-La semana que viene hay unas jornadas -comentó alguien-. Pagan en efectivo. Poco, pero rápido.

Se evaluó la logística con eficiencia admirable. Quién podía dejar el aula cubierta. Quién podía «reorganizar actividades». Quién, directamente, podía desaparecer unos días sin que se notara demasiado. El alumnado apareció en la conversación como una variable molesta, pero manejable. Siempre lo era.

-Total, el contenido ya está -dijo alguien-. Que lean el documento.

Documento que, por supuesto, aún no existía, pero cuya redacción no preocupaba a nadie. Se haría como siempre: tono neutro, consenso automático y una voz tan colectiva que nadie tendría que responder por nada. Y ahora, con la IA, de una manera muchísimo más sencilla que antes.

Luego vino el apartado de vigilancia. No se le llamó así, claro. Se habló de «seguimiento de discursos hostiles».

-Hay que leerlo todo -dijo una voz especialmente aplicada-. Aunque no nos guste.
-Mejor que lo lea alguien que no firme -respondió otra-. Y que pase capturas.

Las capturas servirían para decidir el tono del comunicado. También para saber quién debía criticar y quién debía republicar «con matices». El reparto de papeles era crucial. Unos indignados, otros reflexivos, otros silenciosamente superiores. Todo muy orgánico. Todo muy coordinado, aunque la palabra estaba prohibida.

-Importante no parecer un bloque -recordó alguien-. Diversidad de voces.

Diversidad de voces diciendo lo mismo, desde luego, pero con estilos distintos. La pluralidad era estética.

Antes de cerrar, alguien preguntó si no sería buena idea dedicar un momento a hablar del aprendizaje, del aula o del alumnado. Hubo un silencio breve, incómodo, como cuando alguien se equivoca de sala.

-Eso ya está implícito -zanjó la voz que siempre zanja.

Se levantó la sesión con la sensación habitual de trabajo bien hecho. No porque se hubiera pensado nada nuevo, sino porque todo había encajado de nuevo. El discurso, las omisiones, las oportunidades, las lealtades. Afuera, la educación seguía ocurriendo como podía. Adentro, el relato estaba a salvo.

Es ficción, por supuesto. Una sátira educativa sin ninguna intención. Me gustaría insistir en ello… y en que cualquier parecido con la realidad sería pura coincidencia.

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